Reserva de Derechos
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Ciudad de México Año VII Número LXXIV Diciembre 2018

 

Oráculo
José Luis Barrera

Tal vez mañana empaque las batallas perdidas y torne mis pasos a buscar molinos de viento, endosándole al porvenir mis restos derrotados.

Yo, que llevo tanto siglo XX bajo las suelas de mis zapatos, llego al siglo definitivo con la rabia de quien prefirió luchar que ser derrotado sin entusiasmo, con los recelos y animadversiones propias de un misántropo amargado por empeñarse en conocer la naturaleza humana.

El dolor rebotará como eco en mis decadencias y en mis fastos; y los exorcismos de la despedida quedarán para otros tiempos, en la víspera de mi propio juicio final. Aún no me despido, aún no quiero renunciar al hedonismo y a la contrición.

Voy a resguardar mis años ochentas en la espuerta de un viejo y decadente torero que ya no salta al ruedo por fama sino por poco dinero. Anquilosaré al destino con manías de viejo para que no quiera jugarme tretas al final del camino.

Estoy intentando perder la cordura, que a tantos ancestros ha devorado, para no acabar amortajado con el traje y la corbata de las duras faenas del individuo socialmente productivo que a duras penas he logrado ser. Ya me queda menos tiempo que cuando era un pequeño inconsciente y feliz, pero espero estar sólo el tiempo suficiente para revertir mi estancia “monda y lironda” en este plano material.

Ya se fueron las victorias acompañadas de fortaleza física, de aquí en adelante bastaran los triunfos más profundos y elementales del ser humano (vencerse a sí mismo de conceptos para hacer de la integridad la barca que ha de cruzar el río de los muertos). Ya despedí a la entereza para darle paso a la voluntad.

No he de decirles adiós a los muchachos, compañeros de mi vida. No he de despedirme aún del deleite de ver muchachas hermosas en el Club de los Pensionados, ni he de olvidarme del Cártel de los Azulejos y mucho menos de Linda McCuarro. No es tiempo de hacer el breve resumen que antecede a la muerte, es momento de hacer grandes crónicas de cada momento de mi vida.

Pero tampoco he de decir que me queda mucho tiempo por andar: no lo creo y no lo deseo, no quiero que la muerte llegue a recoger los desechos del que otrora fuera, quiero recibirla con las pocas fuerzas que puede uno tener cuando los años se arremolinan y darle un fuerte abrazo y una cordial bienvenida.

Ya es tiempo de ir haciendo maletas, para poder elegir con tiempo el ligero equipaje que he de llevar a mis vacaciones perennes: tenerlo listo no es renunciar a vivir, pero la vida estorba mucho cuando uno muere. Y no quiero impedir su avance y alargar de manera inútil aquello que ya no podrá ser.

No he de anunciar mi muerte como el chantajista que a diario nos restriega su amargura en Facebook y anuncia su salida de la redes sociales, porque “ya todo se acabó”. El día que me vaya, poco a poco se irán enterando aquellos que le interese la esquela, mientras tanto seguirán viendo mis textos. Aún me quedan Memorias dipsómanas por repartir, aún no se ha acabado nada, y quedo conectado a la voluntad y a los instintos por el tiempo que sea estrictamente necesario.

Por lo pronto, ahí les dejo las batallas perdidas en algún mercado de pulgas, para que las regateen al máximo. Yo buscaré con algún anticuario la receta perfecta para morir feliz y a tiempo, sin dejar nada inconcluso y sin tener que esperar sin nada que hacer. Por lo pronto aquí estoy redactando mi testamento más preciado, el de mi existencia, hasta que el oráculo le avise a las moiras que ya no debo estar. Hasta entonces, seguiré buscando molinos de viento y seguiré coleccionando el poco siglo XXI que me toque vivir.

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