Reserva de Derechos
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Ciudad de México Año VII Número LXXV Enero 2019

 

Ante un espejo
Adán Echeverría

El agua ha hidratado su piel y el jabón le ayudó a retirar el exceso de grasa que le daba brillantez. Se siente opaca, traslúcida. Mira su reflejo e intenta reconocer el rostro descolorido, sin luz ni ánimo para seguir esta carrera que le ha arrebatado los años. Al atardecer se deshará de las imágenes de sí misma. Ahora prefiere concentrarse en esa piel sin brillo. Quiere ser real y sin engaños, como en el nacimiento. Volver a sentir un vestigio de inocencia, aunque sean los últimos instantes.

Sabe que llegarán. Que su Gustavo no podrá defenderla, ni interponer el cuerpo ante esa bala que, igual lo sabe, viene marcada para ella. Para Silvia y esos rostros que ha sido bajo las pelucas y el maquillaje. En cualquier país, atravesando fronteras, o en el engaño que le brindaba la oportunidad de saberse viva.

Gustavo tuvo su propia bala, muy justa y certera, y se desmoronó como una montaña hasta los pies de Silvia. Los borbotones de sangre no dejaban de salirle del cuello. Ella miró los ojos de su amante oscurecerse. Crecer el disco de sus pupilas por ese terror ante la muerte que planeaba y movía su manto por encima de las cabezas de ambos, él como cuerpo detenido en el asfalto, ella de rodillas mojándose las botas en la sangre, queriendo reconocerse en los ojos de ese rostro bello que no tuvo tiempo para llorar, que no tuvo oportunidad de arropar con besos de despedida.

Tuvo que huir porque él se lo exigió. Corrió por la ciudad con las luces mercuriales marcándole el paso. El sudor le pica los ojos a Silvia, y las puntas del miedo van pinchándole la espalda para que no se detenga. Gustavo está en los relojes y en el insomnio, en el dolor de los músculos en tensión. Está detenido en el asfalto formando una cruz de carne, señalando un punto exacto en el mapamundi que dice: acá es, no sigan tras ella, acá encontrarán el tesoro.

Silvia quiere convencerse que Gustavo no murió esa noche, mientras los minutos de ausencia llegan plenos a morderla. Los cuervos van deteniendo su vuelo en el ventanal por donde mira las calles oscurecerse.

Su hombre estaba vivo, aún latía en sus venas, en cada espasmo, en cada mirada que se desliza buscando un lugar para olvidarse de todo. Con dedos finos Silvia recorre los recovecos de su anatomía. Centímetro y centímetro de piel y violencias escurren por el agujero del drenaje. Se quita el maquillaje como piel antigua. Sentada en el banquillo del tocador, la memoria juega su última partida.

Ahí está el rostro de su padre y aquel tufo de alcohol que le rodeaba su cuerpo de niña. Ella, desde su colchón, daba la espalda a los bultos que se retorcían con furia y manoteaban al otro lado del cuarto sucio y mal iluminado.

Se le quedaron grabados los gritos de su madre, y aún ocultaba el rostro bajo las almohadas, odiando los monstruos cada anochecer.

Esa es Silvia de pie y recargada en un poste, a la espera de clientes. Mira el avanzar lento de ojos que calculan su carne de niña y soban sus pechos diminutos. Pasan automóviles en cámara lenta, como los recuerdos y aromas de la calle. Se observa fatigada, y con desgano da chupadas a ese cigarrillo. Apenas unos meses que ha dejado atrás a la pandilla de la infancia, y las balas zumban en sus oídos.

Entran ruidos de la ciudad hasta su habitación. El sol es una silueta detrás de las nubes que anuncian el chaparrón para la tarde. Silvia enciende la luz eléctrica y mira la blancura del cuarto. Las paredes, el piso y el techo como un augurio impuesto en el cuidado de su húmeda piel luego del baño. Silvia es blanca como el cuarto de este hotel. Intenta reconocerse bajo las capas enteras de otras identidades que ha tenido. Probándose su rostro original se mira con detenimiento.

-Me gustan tus ojitos de perrita abandonada, de paloma enfurecida -le había dicho Gustavo mientras le pasaba el cabello tras las orejas.
- Suelta, qué te crees - ella rezongaba con disimulado fingimiento y arrugaba la nariz.
El monótono bisbiseo de los insectos del agua atraviesa el umbral de la ventana para volar cerca de los oídos. Las balas zumban mientras escapa por las calles de la mano de Gustavo. Van colgados de la adrenalina.
- Ya no podremos dejarnos -pensó muchas veces al reposar con su hombre, en la oscuridad del callejón que habían habilitado para pasar las noches. ¿Cuántos años han transcurrido? Silvia no lo puede recordar. Al huir de casa, sobrevivió unida a esos mocosos delincuentes con quienes todo era ritual y juego. Fallar era inapropiado. Sólo la muerte indicaba el fracaso. Y en ese arriesgarlo todo se les iban los días. Tanto Silvia como Gustavo conocían las reglas, no había que rajarse ahora.

Con el rostro pintado de negro asaltaban ancianos y mujeres que solitarias pasean por las calles, al salir de las oficinas, rumbo a casa. Era divertido. Desamparados bajo las luces mercuriales dormían sobre las bancas de los jardines públicos. Robaban tienditas de videojuegos, escuelas, dulcerías. Hasta terminar en la Correccional con el rostro manchado de sangre. Silvia reconoce cada cicatriz sobre su cuerpo mientras va pasando los dedos a su desnudez y el espejo le recrea un mapa mental.

Aquellos chicos callejeros fueron sus hermanos desde que huyó de casa. Mamá había muerto, a qué quedarse. ¿A ser la sirvienta del gordo ebrio? Su pestilencia rozando las mejillas. Era mejor la calle. Pero los chicos crecen. Se han ido. Se los ha tragado el mar de la indiferencia. En su mente, Silvia sigue fiel a su esquina. No quiere huir más. Sentada frente al espejo contempla sus manos. Los poros abiertos en la piel que le ha dejado el agua calientita de la regadera.
Siendo callejera conoció a Gustavo con sus ideas de salir a la luz.

Robar no sólo por droga, robar para irse de ese mundo. Construir su propia vida. Servir de mulas o burritos, darse a notar. Demostrar que no puede haber remordimiento. Y así, mostrándose en las calles, ya sólo eran dos, Silvia y Gustavo para ser correspondidos por los narcos y ayudar al Imperio, sirviendo junto a las escuelas o en las discotecas. Distribuir la droga o esconderla, curarla, entregarla a quien la necesite. Imperio de violencia contenida, donde la voz de la metralla y el coraje de arriesgarlo todo son lo único que importa.

De nuevo el silencio viene a corromperla en esta habitación blanca e iluminada con la luz eléctrica. Afuera los borbotones de agua inundan el aire. Silvia se mira en silencio con las manos en el tocador. Las manos de Gustavo le acarician el cuello. Ella se deja tocar por ese fantasma. Por la sensación de niebla que sube por las pantorrillas.
?¡Ya basta! ?. Se levanta sacudiendo la memoria, empujando fuera las manos del fantasma, y camina hacia la ventana del cuarto. Deja entrar la brisa húmeda de este día nublado. Tímidas gotas la mojan. Es una mujer más en una ventana de este edificio, de todos los edificios, de cualquier ciudad. Eran los edificios oscuros ante sus gestos de niña, ¿cuántas mujeres en una ventana? ¿Cuántos rostros huyendo de sí mismos? Gustavo huyendo de los judiciales. Ella y él huyendo de sus antiguos hermanos de la alcantarilla que por lana, ahora quieren acabar con ellos y cobrar la recompensa que los capos han circulado: vivos o muertos. Han puesto precio a su cabeza por no entregar la última ganancia. Por creer que lo pueden todo: huir hasta las nubes, encumbrarse. Huyeron con el producto de una venta, y la traición no se perdona ni entre criminales.

Gustavo ya no está en el apartamento. Queda su sangre en esta ciudad donde al fin ella detuvo la carrera. Se quedó tirado en la calle mirando el cuerpo de Silvia hacerse pequeñito mientras se alejaba. ¿Habrá grabado esa imagen mientras su último aliento se escapaba? ¿Tendrá memoria la muerte?
Esperar nunca ha sido tan fácil como ahora. Al cumplirse el plazo el avión abrirá sus puertas, los asesinos recorrerán las calles hasta el escondite donde ella, tranquila y sin maquillaje, espera frente al tocador. Subirán por las escaleras hasta hallarla sentada en el departamento, con los trozos del espejo regados por el piso. Primero pensó en apuntar la pistola sobre la puerta y llevarse al primero que entrara. Luego decidió que al mirarlos se pegaría un balazo con el cañón dentro de la boca. Pero ha tirado las balas por la ventana. Quiere estar desnuda y con la cara limpia. Dejarse morir sin oponer resistencia. Alcanzar a su Gustavo.

La lluvia cae. Con ella se lavan las historias de la ciudad. Todos se guarecen. Se cierran las ventanas de los edificios. Las demás mujeres en sus ventanas se guardan de la noche. En este cuarto ella sólo espera.

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