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Ciudad de México Año VII Número LXXV Enero 2019

 

1919: la muerte de Rosa Luxemburgo y de la Revolución alemana
Loki Petersen

El once de noviembre de 1918 concluyó la Primera Guerra Mundial, con Alemania obligada a aceptar su derrota, aun cuando no había perdido ninguna batalla, lo cual dejó un sentimiento amargo entre los alemanes. Y éstos pasaron repentinamente de ser gobernados por una monarquía, a serlo por una república. El Kaiser Wilhelm II abdicó y huyó de sus responsabilidades, y entonces en Berlín fueron proclamadas dos gobiernos: uno socialista de corte soviético, y otro democrático burgués (este último fue el oficial, y conocido como la República de Weimar). En realidad el gobierno comunista nunca pudo entrar en función, mientras que el segundo fue el que se hizo cargo del armisticio con los Aliados y sus consecuencias, y de poner de nuevo en pie a Alemania.

Los comunistas, ciertamente, tomaron desde noviembre de 1918 posesión de Berlín y de Baviera, pero nunca pudieron poner en marcha sus programas de sovietizar al país, para seguir el ejemplo de la Rusia de Lenin, pues la República oficial no lo permitió. Pero vayamos un poco atrás. Cuando se inició la guerra en 1914, el Congreso, incluyendo a los diputados socialistas, apoyó al Kaiser y aprobó los créditos que financiaban el esfuerzo bélico alemán. Sólo una voz se opuso a ello, la del diputado social-demócrata Karl Liebknecht. Éste era hijo de un famoso revolucionario, Wilhelm Liebknecht, quien había participado en la revolución de 1848, cuando los liberales alemanes exigieron democracia en Alemania, pero fueron brutalmente aplastados por el ejército. Entre los revolucionarios de ese tiempo estuvo el músico Richard Wagner, quien huyó del país, perseguido por la policía, y durante años no pudo volver a Alemania, por ser considerado indeseable.

El Partido Social Demócrata no vio con buenos ojos la oposición de Karl Liebknecht, y éste renunció a aquél, pero siguió en el Congreso alemán como diputado independiente. A medida que pasaban los años, la guerra se volvía más sangrienta e inmanejable, y otros legisladores se dieron cuenta de que Liebknecht tenía razón en oponerse al conflicto, y que había que hacer algo para detener tanto inútil sacrificio en una guerra que no se perdía pero que tampoco se ganaba. Al lado de Liebknecht estaba una economista de origen polaco, Rosa Luxemburgo, de ideas radicales y que también estaba en contra de la masacre bélica. Juntos fundaron la Liga Espartaco, origen del futuro Partido Comunista Alemán.

La figura de Liebknecht se ha ido borrando con el tiempo, y en cambio la de Rosa Luxemburgo se ha agigantado, porque el movimiento feminista la hizo una de las suyas, y es muy admirada y estudiada. Nació en una familia judía en el pueblo polaco de Zamosc, entonces parte del imperio ruso, en 1871. Desde niña tuvo un defecto en la cadera, que la hizo cojear para toda su vida, y siempre fue de corta estatura. Siendo muy joven se involucró en los círculos socialistas polacos, y con 22 años de edad dirigió el periódico “La causa de los trabajadores”. Por eso fue perseguida, y huyó a Suiza, donde ingresó a la Universidad de Zürich; aquí se doctoró con la tesis “El desarrollo industrial de Polonia”.

En 1898 se trasladó a Alemania, donde adquiriría la ciudadanía alemana, e ingresó al Partido Social Demócrata, entonces el partido socialista más fuerte y mejor organizado de Europa. Eran los tiempos de la Segunda Internacional, dirigida por el heredero de Friedrich Engels, Eduard Bernstein. Ahí estaban también otras destacadas figuras como August Bebel y Karl Kautski. Todos ellos se consideraban marxistas legítimos, pero Luxemburgo se dio cuenta de que algo no parecía ir bien ahí. Al principio, en el Partido la quisieron ocupar sólo en cuestiones femeninas, al lado de su gran amiga Clara Zetkin. Pero a Rosa le parecían de mayor prioridad las cuestiones estrictamente políticas y económicas, y asombró a todos con su escrito “¿Reforma social o revolución?”, de 1899. Ahí mostraba su inconformidad con Bernstein mismo, pues éste, en vez de preparar la revolución, se conformaba sólo con lograr reformas, es decir, para así no cambiar en realidad nada. Además, Bernstein quería prescindir de la dialéctica, pero ésta era, para Rosa, la que le daba su carácter revolucionario al marxismo.

En el Partido empezaron a ver a Luxemburgo como causante de problemas, lo cual traería terribles consecuencias a la larga, pues se hizo de muchos enemigos. Se ponía al tú por tú con todos los dirigentes, e incluso llegó a criticar la propia teoría de Marx, provocando escándalo. Y sin embargo, llegó a ser visionaria en esto. Por ejemplo, para Marx es la producción lo que determina el mercado; para Rosa no es así, sino que son los mercados los que determinan la producción.

Para nosotros, que sufrimos actualmente la tiranía de los mercados, no podemos por menos de darle la razón a la gran economista. Más adelante polemizaría con el propio Lenin, a propósito de que de acuerdo a este último, había que apoyar la lucha de las naciones para independizarse, ya que ello era también parte de la lucha de clases.

Rosa pensaba que no había que luchar por las naciones, sino por un ideal internacional, sin países, los cuales, por ser muchos y diferentes, sólo llegaban a ser más fácil presa del capitalismo, que los obligaba a seguir sus reglas opresoras. Es decir, que Rosa vio ya el peligro de la globalización. Si sólo hubiera una comunidad de trabajadores internacional, el capitalismo (ya entonces en su fase imperialista) no podría enfrentarla con eficacia.

A Rosa le entusiasmó la revolución rusa de 1905, que aunque fallida, le dio la muestra de que algo podría hacerse. En 1913 publicó su libro fundamental, “La acumulación del capital: contribución a una explicación económica del imperialismo”. Provocó críticas entre los marxistas, que no sentían que Luxemburgo se apegase con rigor a la doctrina del autor de “El Capital”. Rompió con Kautski, principal dirigente socialista, pero no renunció al Partido. Al iniciarse la Primera Guerra, Rosa hizo una gran labor informativa en contra del conflicto, señalando como traidores a los socialistas que estaban a favor de éste. El gobierno del Kaiser la encarceló. Y fue en prisión que se enteró de la Revolución rusa de 1917, que esta vez triunfó, y Rosa se puso por completo de parte de los soviéticos, viéndolos como un ejemplo para los alemanes. Por lo tanto, se había reconciliado con Lenin.

En octubre de 1918 se inició el levantamiento de los marineros en Alemania, que llevaría a la abdicación del Kaiser y al fin de la guerra. Rosa fue liberada de la prisión, y de inmediato se puso a trabajar, junto con Liebknecht, con los consejos de obreros y soldados para instaurar el soviet alemán. La Revolución alemana, tan largamente anhelada por Marx, Engels y Lenin, había comenzado. El núcleo de ella sería la Liga Espartaco, y su órgano informativo, dirigido por Luxemburgo, fue “Die Rote Fahne” (“La Bandera Roja”), desde donde ella y Liebknecht lanzarían sus proclamas para que todo el poder en Alemania fuese de los obreros, los soldados y los campesinos. El nombre de Espartaco surgió en homenaje al esclavo tracio así llamado, que en los años del 73 al 71 A.C. puso en jaque a los romanos. Hubo así dos partidos socialistas alemanes, el Social Demócrata, y los espartaquistas, y no se veían con buenos ojos.

Todo noviembre y diciembre fue de predominio espartaquista en Berlín y Baviera, pero mientras tanto surgió un gobierno oficial alemán, y recayó en el Partido Social Demócrata la responsabilidad de organizarlo. Friedrich Ebert y Philip Scheidemann fueron nombrados presidente y canciller de lo que ya era conocida como la República de Weimar, la cual sobrevivió hasta 1933, cuando Adolfo Hitler la suprimió, y que fue uno de los periodos más brillantes de la cultura alemana, a pesar de los graves problemas económicos derivados de las reparaciones exigidas por los Aliados. Ambos gobernantes sabían que no sería posible llevar adelante al nuevo régimen si los espartaquistas continuaban con su oposición radical. Sería necesario eliminarlos. Pero, ¿cómo hacerlo? ¿No se trataba, a pesar de todo, de camaradas socialistas?

Era un dilema moral, pero para fines prácticos, si la República de Weimar quería sobrevivir, tenía que tomar severas medidas. Ebert y Scheidemann llamaron al ejército alemán, que había regresado de la guerra, para que se hiciese cargo de los espartaquistas, tanto en Berlín como en Baviera. Rosa Luxemburgo vio claramente como un defecto el que el movimiento pro-soviético sólo se diera en esos dos sitios, en vez de en toda Alemania, pero no podía hacerse más. Entonces inició 1919, en lo que fue llamado el enero rojo de Berlín. El 6 de enero inicia el avance militar en la capital alemana. Desde ese día, y hasta el 17 que concluyó todo, a sangre y fuego fueron tomando los soldados las sedes obreras, fusilando a los rebeldes. Los espartaquistas, apoyados por los marineros, ofrecieron resistencia, pero no pudieron detener a veteranos que no sólo eran hábiles en su oficio, sino que además estaban furiosos por el resultado de la guerra, y culpaban a estos comunistas de que Alemania estuviese postrada.

Liebknecht y Luxemburgo, lejos de huir, a pesar de que se les recomendaba que lo hicieran, se quedaron en Berlín. Se convirtieron en objetivo para los militares, que los buscaron afanosamente. Los hallaron el 15 de enero, primero a él, lo golpearon y le dispararon, matándolo. Luego a Rosa Luxemburgo, que también fue golpeada, y alguien le dio un tiro en la cabeza; el cadáver de ella fue tirado en un río. En el asesinato de ella participó un curioso personaje, el oficial naval Wilhelm Canaris, especialista en espionaje; fue amante de la Mata Hari, y cuando Hitler tomó el poder tenía ya grado de almirante, y se hizo cargo de los servicios de espionaje en el ejército alemán. Sin embargo, participó en la conspiración contra el Führer, y en 1944 fue detenido por la Gestapo, que se ocupó de torturarlo y ahorcarlo.

La Revolución alemana concluyó pues en enero de 1919, así en Berlín como en Baviera, y asesinados o apresados sus dirigentes. La Liga Espartaco fue disuelta, pero en su lugar nació el Partido Comunista Alemán, que esta vez se condujo con más mesura, pues sin renunciar a los ideales de Rosa Luxemburgo y Karl Liebknecht, prefirió adecuarse a la democracia de la República de Weimar, participando en elecciones. Las dos únicas oportunidades revolucionarias de Alemania, la de 1848 y la de 1919, terminaron mal. Para cuando con la pérdida de otra guerra, en 1945, los rusos ocuparon el este del país, la nueva República Democrática Alemana señaló que cumplía los anhelos de los camaradas muertos en 1919. Especialmente, hizo de Rosa Luxemburgo una de las figuras estelares de la historia política alemana.

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