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Ciudad de México Año VII Número LXXV Enero 2019

 

Schopenhauer, a 200 años de su obra capital
Luciano Pérez

Había una vez un libro, publicado en 1819, que décadas después impresionó profundamente a tres alemanes universales, quienes lo tomaron como base para realizar su obra: Richard Wagner, Friedrich Nietzsche y Thomas Mann. Los tres señalaron que “El mundo como voluntad y representación”, la obra capital de Arthur Schopenhauer, les había explicado por fin lo que necesitaban saber sobre la vida y la muerte. Y, por supuesto, a otros lectores más también. Por eso en su “Otro poema de los dones” Borges inserta este revelador verso: “Por Schopenhauer, que acaso descifró el universo”.

No es un libro fácil de leer, y de entrada su autor, quizá socarronamente, exigía que antes de empezar había que cumplir cuatro requisitos: primero, conocer la tesis doctoral de él mismo, de 1813, que traía el rimbombante título de “La cuádruple raíz del principio de razón suficiente”; después, haber entendido muy bien la filosofía de Kant, y también la de Platón; finalmente, algo que no estaba al alcance en el tiempo de la publicación del libro: conocer la sabiduría primitiva de la India (actualmente ya es posible). Una vez hecho así, las puertas de “El mundo como voluntad y representación” se abren mágicamente.
En vida de Schopenhauer hubo tres ediciones del ilustre libro. La primera, que es la que estamos conmemorando a doscientos años de su aparición, es de 1819, que fue conocida por muy pocos. El impresor no quiso entregarle los ejemplares al filósofo, por falta de pago por parte de éste, así que decidió aquél destruir la edición y venderla como papel para envolver. Schopenhauer logró salvar algunos libros, que obsequió a personas que consideró que lo entenderían, como Goethe, entonces en el pináculo de su fama como inmortal, ya en vida, de las letras alemanas y universales. Sin embargo, no se mostró muy interesado en el trabajo del joven filósofo, a pesar de ser muy amigo de la madre de éste, la novelista Johanna Schopenhauer.

Tuvieron que pasar 25 años para que se hiciera una segunda edición, corregida y aumentada, en 1844. Ahora hubo mejor suerte, pues llegó en el momento preciso cuando, tres años después, sucedió la frustrada revolución de 1848, que amargó a muchos alemanes, de tal modo que hallaron en el libro de Schopenhauer la revelación de por qué la vida no tiene ningún sentido y de cómo todo cuanto realiza el ser humano está condenado al fracaso. Y la tercera edición, de 1859, ya fue lanzada cuando Schopenhauer disfrutaba de merecida fama en todo el mundo, y ya era visto como uno de los grandes pensadores.

Y antes de que hablemos del libro en sí, recordemos algunos datos de su autor. Nació en 1788 en Danzig, ciudad alemana autónoma y próspero puerto del Báltico. Fue hijo de un acaudalado comerciante, Heinrich, y de la novelista Johanna. Había otra hija, Adela, que nunca se casaría debido a no ser agraciada. En 1793 la familia se había trasladado a Hamburgo, porque los prusianos ocuparon Danzig. El niño Schopenhauer, como parte de su formación, fue llevado de viaje por Francia e Inglaterra. El padre quería que su hijo siguiese la profesión comercial, así que Arthur hizo los estudios respectivos, para que en el futuro se hiciese cargo de la empresa familiar. Pero Heinrich Schopenhauer falleció en 1805, y el negocio fue liquidado, dado que el joven Arthur no quiso ocuparse de ello, pues tenía otros intereses.

La madre y sus dos hijos se fueron a vivir a Weimar, donde Johanna abrió un salón a la moda de la época, donde acudían los grandes de la cultura alemana de entonces. Arthur ingresó a la universidad de Gotinga para estudiar filosofía, y en 1813 la universidad de Jena le concedió el doctorado.

No se llevaba bien con su madre, que era muy presuntuosa para su gusto, así que se separó de ella para establecerse en Dresde. Es en esta ciudad donde se ocupó de escribir afanosamente el libro donde proyectó sus inquietudes filosóficas, “El mundo como voluntad y representación”. En 1820 pretende dar clases en la universidad de Berlín, y ahí se enfrenta a Hegel, al cual aborrece; pero los alumnos prefieren a este último, que era el pensador más insigne de Alemania. A Schopenhauer nadie lo conoce, así que lo abandonan.

Luego de hacer algunos arreglos sobre la herencia que le corresponde, viaja a Italia. A su regreso a Alemania, aprende el idioma español, y traduce a uno de los grandes autores de las letras de España, a Baltasar Gracián. Desde 1836 se establece en Frankfurt del Meno, la ciudad natal de Goethe, y publica otros libros más: “De la voluntad en la naturaleza” (1836), “Los dos problemas fundamentales de la ética” (1841), y “Parerga y Paralipómena” (1851, que es donde están los ensayos sobre el amor, las mujeres y la muerte, que le darían más celebridad a su autor que su obra principal). Falleció en 1860, rodeado de la admiración que durante tanto tiempo le fue negada.

Ahora vayamos al libro que estamos conmemorando. Está dividido en cuatro partes, o, como señaló Thomas Mann, “en cuatro movimientos de una sinfonía”. Schopenhauer no lo dedica ni a sus compatriotas ni a sus contemporáneos, a todos los cuales detesta, sino a la humanidad, “aunque quizá su valor tarde mucho en ser reconocido, pues éste es el destino de todo lo bueno”. Después de todo, “nunca he dudado del valor de mi obra, a pesar de la indiferencia con que se me ha tratado”. Para empezar, nada quiere saber de sus predecesores, los célebres sofistas Fichte, Schelling y Hegel. Sólo Platón y Kant valen para Schopenhauer, y en ellos habrá de apoyarse. Del primero le interesa la teoría de las ideas, y del segundo el concepto de la cosa en sí, que para Schopenhauer se refieren a lo mismo. Las cosas que vemos, los fenómenos, en realidad no es que sean, sino que más bien sólo existe la idea de esas cosas, esto es, la cosa en sí.

Los seres humanos percibimos, a través de los sentidos, todo lo que nos rodea; nos hacemos pues una representación de cuanto vemos, oímos, gustamos, etc. Pero esas cosas y nosotros formamos el mundo, y éste, junto con lo que nos representamos, no es más que una expresión de una voluntad sobre la que no tenemos ningún control. A medida que nos involucramos en ese mundo, a medida que éste nos afecta y lo entendemos (o nos percatamos de que no lo entendemos), nos damos cuenta de que el mundo “es el reino del azar y del error, por los cuales está regido sin piedad, tanto en las cosas pequeñas como en las grandes, además de la necedad y la malicia, que colaboran con el azar y el error”.

En un mundo así no puede haber nada bueno ni sabio. La voluntad es una fuerza inconsciente que nos obliga a desear sin cesar, y ello es así porque la voluntad es naturaleza. Entonces, para salvarse de los problemas a que lo conduce el deseo de todo, de muebles, de amores, de aparatos, etc., el humano “crea a su imagen y semejanza demonios, dioses y santos, a los cuales se complace en ofrecer constantes sacrificios, oraciones, ornamentos, votos, peregrinaciones, salutaciones, adornos, etc. Su culto se confunde con la realidad y acaba por eclipsarla. Los acontecimientos de la vida son considerados como obra de esos seres, el trato con ellos ocupa la mitad de la existencia y mantiene constantemente la esperanza”.

¿Y todo para qué? Para querer vivir, a como dé lugar, mejor. Pero, ¿quién sabe cuál es la “mejor vida”? ¿Tener cuatro autos, cinco casas, diez celulares? Y si bien hay vivencias intelectuales, éstas no son del interés de la mayoría de la gente, que vive sin saber para qué vive. “Es realmente increíble lo insignificante y fútil que, vista desde fuera, parece la vida de la mayor parte de los humanos y cuán melancólica e irreflexiva es en su interior”. Por otro lado, las personas aprecian los bienes exteriores, no los interiores. “Cada uno de nosotros hace ostentación del fausto y esplendor que disfruta, y cuanto más se carece de satisfacciones interiores, más se desea pasar por dichoso a los ojos de los demás”. Y, por supuesto, no existe justicia en el mundo: “Ve cómo el malvado, después de haber cometido todo género de infamias, vive honrado y dichoso, y muere sin castigo, y en cambio ve al oprimido arrastrar una existencia miserable sin que nadie se cuide de redimirle ni de vengarle”. Y es que “la estupidez humana es de tal calibre que uno de los principales fines que se persigue es la opresión de las gentes”.

Ahora bien, todas esas miserias, esas tonterías, esos fracasos, no expresan más que una insana voluntad de vivir. No hay descanso posible, todo es un constante hacer y deshacer sin fin y sin sentido. Sin embargo, hay una salida a todo ello, pues como bien dijo Thomas Mann, Schopenhauer no nos deja colgados en el vacío, luego de habernos hecho ver la inutilidad del mundo, de tal modo que más nos valiera no haber nacido nunca. Esa solución, aunque muchos son incapaces de adoptarla, es el arte. No dura siempre, pero mientras se ejerce, en ese momento el mundo y su voluntad, desaparecen. En las horas que leemos un libro, o escuchamos una sinfonía, cuando estamos escribiendo un cuento o un poema, o componiendo música, nos sentimos bien. Después vuelve el desastre, pero mientras se disfrutó del arte, todo fue de maravilla. Sobre todo en cuanto a la música respecta, pues para Schopenhauer ella es el arte superior. “El efecto de la música es mucho más poderoso y penetrante que el de las otras artes, pues éstas sólo nos reproducen sombras, mientras que aquélla esencias”.

Y no obstante, en un momento dado ni siquiera el arte es suficiente. Como de lo que se trata es de anular la voluntad de vivir, pues el vivir es el que nos trae dolores, enfermedades, sufrimientos, torturas, sólo negando la vida es posible salvarse. Pero hay que advertir que no se trata de que nos suicidemos. Después de todo, el suicidio no es más que la expresión extrema de que se ama la vida: quien se suicida, lo hace porque quisiera que su vida fuese a su gusto, pero si no se puede “vivir mejor”, entonces sólo cabe morir. Sin embargo, no se trata de esto. Lo único seguro es que la muerte no se puede evitar, en ningún caso, digan lo que digan las religiones en su optimismo falaz. Así que no se puede negar la muerte, pero se puede negar la vida, y esto sólo se logra, de acuerdo a la vieja sabiduría hindú, mediante la santidad. El mundo, la voluntad de vivir, no son más que un Maya, una ilusión. “Suprimida la voluntad, el mundo desaparece inevitablemente en la nada”. Así el santo llega al Nirvana, “un estado en que no existen estas cuatro cosas: el nacimiento, la vejez, la enfermedad y la muerte”.

Todo esto dicho por Schopenhauer, es obviamente inaceptable para quienes viven conformes con su manera de vivir, no viendo más allá de su televisor o su celular. Quienes se niegan a renunciar a sus inanes vidas amorosas, a sus tediosas jornadas laborales, a sus fatigosas rencillas políticas, a su sed de adquisiciones, premios y privilegios, no merecen la paz, ni la breve de los artistas ni la definitiva de los santos. No tiene caso vivir, pero podemos vivir tranquilos. Así fue como Schopenhauer logró descifrar, acaso, el universo…

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