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Ciudad de México Año VII Número LXXVI Febrero 2019

 

A 500 años del inicio de la Conquista de México
Luciano Pérez

En febrero de 1519, hace quinientos años, ocurrieron dos hechos que fueron decisivos para que alguna vez la nación mexicana llegase a ser. El día diez de ese mes partieron de Cuba once navíos españoles comandados por Hernán Cortés. El 27, esa armada desembarcó en la isla de Cozumel. En apariencia no había ocurrido nada, pero nadie podía saber lo que a la larga resultaría de esos dos hechos. Una vez llegado Cristóbal Colón a tierras americanas en 1492, la isla de Cuba, entre otras islas del Caribe, fue convertida en dominio español. Diego Velázquez la conquistó en 1511 y fue nombrado su gobernador. Envió dos expediciones hacia la tierra que pudiese haber al occidente, a través de lo que luego sería llamado el Golfo de México: una en 1517, al mando de Francisco Hernández de Córdoba, y la otra en 1518, con Juan de Grijalba al frente. No lograron mucho, al parecer, pero se supo que había una tierra firme habitada, y no sólo eso, sino que además había ¡oro!

Hernández de Córdoba, que anduvo por Campeche, informó al gobernador Velázquez que “había hallado una tierra muy rica de oro, porque a todos los naturales de ella los habían visto traer oro en las orejas, en las narices y en otras partes del cuerpo, y que en la dicha tierra había edificios de cal y canto y mucha cantidad de otras cosas, de mucha administración y riquezas, y dijéronle que si él podía enviar navíos a rescatar oro, que había mucha cantidad de ello” (Hernán Cortés cuenta esto en su Primera Carta de Relación, dirigida a Carlos V, habiendo escuchado este informe directamente cuando se lo dijeron al gobernador). Hernández de Córdoba no pudo hacer más porque contaba con poca gente. Entonces Velázquez envió a Grijalba, que fue a dar a Tabasco, y si bien halló oro, fue demasiado poco, pero le fue llevado a Velázquez para que lo viese, y eso despertó más la ambición de este último. La expedición de Grijalba tampoco contaba con fuerza suficiente, y, sabedor Velázquez de que necesitaba enviar un contingente mayor y bien armado, fue entonces que le envió a Carlos V una petición para que le autorizase a explorar más a fondo, y para que, como cuenta Cortés en su Primera Carta “en nombre de vuestras majestades le diesen licencia, por los poderes que de vuestras alteza tenían, para que pudiese enviar a bojar la dicha tierra, diciéndoles que en ello haría gran servicio a vuestras majestades, con tal que le diesen licencia para que rescatase con los naturales de ella, oro y perlas y piedras preciosas y otras cosas, lo cual todo fuese suyo, pagando el quinto a vuestras majestades… lo cual le fue concedido, así porque hizo su relación de que él (Velázquez) había descubierto la dicha tierra a su costa…” Por lo tanto, el gobernador quería quedarse con todo cuanto se descubriese, sólo dándole al rey una quinta parte del total.

En octubre de 1518 llegó el permiso del monarca español, y Velázquez procedió entonces a organizar una tercera expedición, con la esperanza de que sería exitosa esta vez. Desde la conquista de Cuba, Velázquez traía consigo a un amigo, casi su ahijado, un tal Hernán Cortés, a quien hizo alcalde de Santiago. Le tenía mucha confianza, pero una vez, en 1514, hubo un problema, pues gente opuesta al gobernador quiso apoyarse en Cortés para perjudicarlo. Velázquez lo encarceló y lo mantuvo aparte por un tiempo. Se hicieron pues los preparativos, la logística, pero había la gran duda sobre quién sería puesto al mando; el gobernador se inclinaba por enviar otra vez a Grijalba. Sin embargo, fue convencido por gente a su alrededor que la mejor opción era Cortés. A pesar de sus dudas, Velázquez aceptó. No sabía que estaba enviando a la gloria a quien, pese a todo, seguía siendo, al parecer, su amigo. Velázquez mismo financió la empresa, y Cortés aportó un poco.

Y, a todo esto, ¿quién era Hernán Cortés? En el museo de los Ufizzi de Florencia hay una sala donde están expuestos los retratos de los grandes conquistadores de la historia, desde los tiempos grecorromanos. Ahí está Cortés, junto a Alejandro Magno y Julio César, entre otros héroes ilustres. Pero algunas personas opinan diferente, y para ellas Cortés fue un villano que pertenece por derecho propio a la leyenda negra de España. Originario de la villa de Medellín, en la provincia de Extremadura, nació (no se sabe la fecha exacta) en 1485. Sus padres fueron el hidalgo don Martín Cortés de Monroy y doña Catalina Pizarro Altamirano. Fue muy enfermizo en su infancia, incluso se dudaba que sobreviviera, pero de alguna manera logró reponerse. A los 14 años ingresó a la universidad de Salamanca, para aprender latín y estudiar derecho. No terminó los estudios, pues estaba ávido de aventuras, como muchos jóvenes de su tiempo. Pero la enseñanza recibida le permitió afrontar más tarde diversas cuestiones legales, como veremos más adelante, y Díaz del Castillo refiere en su “Historia de la Conquista de la Nueva España” cuán asombrados estaban sus soldados de oír hablar a Cortés en latín (porque se suponía que un militar no podía ser un letrado). Entonces el joven hidalgo estaba indeciso en si irse a las guerras de Italia, o a ese nuevo mundo del que tanto se hablaba. Eligió esto último, y en 1504, con 19 años, llegó a la isla de Santo Domingo, entonces conocida como La Española. Diego Colón, hijo del famoso descubridor, era el gobernador ahí, y él fue quien envió a Diego Velázquez a apoderarse de la isla de Cuba. Cortés se fue con este último, como ya mencionamos. Cabe decir que en 1515 Cortés se casó con Catalina Suárez.

Ahora retomemos los hechos de lo que fue el inicio de la Conquista. Entre octubre de 1518 y febrero de 1519 se realizaron afanosos preparativos para la expedición, la cual constó de once barcos; en éstos iban un total de quinientos soldados, cien marineros, 14 cañones, 16 caballos, así como cerca de doscientos indios y negros como servidumbre.

Entre los hombres que la integraban estaban hombres que después serían famosos, como Pedro de Alvarado, Francisco de Montejo, Diego de Ordaz, Cristóbal de Olid, Gonzalo de Sandoval y, por supuesto, Bernal Díaz del Castillo, el futuro cronista de lo que sucedió. Cuenta Cortés en su Primera Carta de Relación: “hecha y ordenada la dicha armada, nombró a nombre de vuestras majestades, el dicho Diego Velázquez al dicho Fernando Cortés por capitán de ella para que viniese a esta tierra a rescatar y hacer lo que Grijalba no había hecho”, hablando de sí mismo en tercera persona, como lo hizo Julio César en sus “Comentarios”.

La primera tierra a la que se llegó, el 27 de febrero, fue la isla de Cozumel, a la que pusieron el nombre de Santa Cruz. Hallaron todo deshabitado, porque la gente huyó a Yucatán cuando vieron acercarse los barcos españoles. Sin embargo, lograron hallar a algunos lugareños, y por medio de un intérprete Cortés les hizo saber que no venía él a hacerles daño, “sino para que viniesen a conocimiento de nuestra santa fe católica y para que fuesen vasallos de vuestras majestades y les sirvieran y obedeciesen como lo hacen todos los indios y gentes de otras partes que están pobladas de españoles”, le cuenta Cortés al rey en su Carta.

Así es como se inicia la conquista de lo que sería México: a cambio de apoderarse de la riqueza de los habitantes originales, se les ofrece la doble ventaja de ser católicos (es decir, pertenecer a Cristo y su Iglesia) y de contar con el privilegio de obedecer y servir al rey y emperador Carlos V. Es más o menos el truco del capitalismo neoliberal: a cambio de robarnos nuestra fuerza para el trabajo, y el dinero que no nos pagan como debieran, y el tiempo que nos hacen perder en espectáculos sin sentido, financieros y empresarios nos otorgan la gracia de ser globalizados y superarnos así como personas, felices de ser esclavos de una maquinaria tecnológica y publicitaria. Quizá Cortés fue sincero en querer que los indios, no obstante quitarles el oro, se salvasen; tal vez también financieros y empresarios son sinceros al querer que nos superemos al aceptar nuestra servidumbre.

Cortés mandó traer a todos los pobladores de Cozumel para que se les diese la buena noticia de que habían sido conquistados. Y según él, quedaron convencidos e incluso contentos. La otra tarea que tenía que hacer el recién estrenado conquistador era el rescate de seis españoles rezagados de la anterior expedición, y mandó a buscarlos. Sólo había ya dos: uno de ellos, Jerónimo de Aguilar, se alegró mucho de volver con españoles; pero el otro, Gonzalo Guerrero, ya se había hecho a la vida maya y se negó a dejar ésta, y por eso señala Fernando Benítez en “La ruta de Hernán Cortés” que Guerrero fue considerado “un traidor a su sangre y a su cultura”. Es un caso peculiar, pues él no les impuso a los mayas su propia manera de ser y de pensar, sino que se hizo uno de ellos, y por eso se le ve como un primer preclaro ejemplo de mexicanidad.

No era posible quedarse más tiempo en Cozumel, y Cortés ordenó a su armada partir, a principios de marzo de 1519. Por mar pasó rodeando Yucatán, mas no se mostró interesado en bajar aquí, pues tenía prisa por llegar a Campeche y Tabasco, para hallar el oro del que hablaron los anteriores exploradores. Sólo que él ya no exploraba, sino que era conquistador. El 12 de marzo llegaron a la desembocadura del río Grijalba. Esta vez los indios de Tabasco no fueron amables como con la expedición que llegó antes, sino que fueron hostiles. Se dio pues el primer enfrentamiento. Los tabasqueños no querían que los españoles desembarcaran, y fueron firmes en que no lo permitirían; Cortés, buen legalista, hace que Jerónimo de Aguilar, ahora intérprete, les explique a gritos de lo que se trataba. Es decir, lo mismo que se les dijo a los de Cozumel, así que si se resistían, Cortés tenía de su parte el derecho: oponerse a ser católicos y súbditos de Carlos V los colocaba en la ilegalidad. Era obvio que los de Tabasco no sabían de qué se les estaba hablando y se aferraron a las armas. Conforme a derecho, estos indios eran rebeldes y había que castigarlos.

Cortés ordenó el desembarco, y en plenas aguas del río Grijalba se desató un feroz combate, y los de Tabasco, de acuerdo a Bernal Díaz, ofrecieron una admirable resistencia. El propio Cortés perdió una alpargata en la batalla, pero al fin se impusieron las armas de fuego, de modo que los tabasqueños retrocedieron hacia su ciudad, hasta donde los españoles fueron persiguiéndolos. Ya en tierra firme, Cortés aprovechó para tomar posesión del territorio a nombre de Carlos V, no de Diego Velázquez; e hizo que los soldados jurasen que sólo a Cortés obedecerían, y no al gobernador. Un escribiente tomó nota de ello, para fines jurídicos. Lo que sería México ya era, por lo tanto, propiedad de la corona de España, y quedaba a voluntad de ésta, es decir, de quien venía en su nombre: Hernán Cortés. Esto significó que se le insubordinaba a Velázquez, y en adelante no reconocería más autoridad que la del rey.

Luego ordenó continuar el avance, ya que los tabasqueños estaban reuniendo fuerzas. Cortés dispuso una táctica de choque: emplear los caballos, como si fueran tanques, para arrollar a los indios. Lo cual surtió efecto, pues éstos huyeron aterrorizados al ver que se les venían encima unos monstruos que ellos nunca habían visto, esos caballos que traían un jinete armado. El 15 de marzo los caciques tabasqueños deciden rendirse y aceptar las condiciones españolas, y el 16 se celebra una misa en el templo indígena. El camino estaba entonces abierto para llegar a Veracruz. México, entonces, al estar siendo conquistado y convertido al cristianismo por España, estaba pasando, de acuerdo a los apologistas de la Conquista, a ser parte de la “civilización”. Que cada mexicano juzgue por él mismo estos hechos que llevaron a la creación de su país.

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