Reserva de Derechos
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Ciudad de México Año VII Número LXXVI Febrero 2019

 

De un artista de Baco (Segunda serie)
Luciano Pérez

1.- A Marfisa Astudillo
“Sólo a Acis le correspondo”, dijiste. Y llegaste a los cuarenta años, sin que Acis viniese. Y luego a cincuenta, y Acis no vino. Ahora, sesenta, y Acis, en completa retirada, sigue aplastado como desde hace siglos, bajo la roca con que Polifemo lo mató. “Sólo a Acis le correspondo”, dirá en tu lápida, y las ninfas, leyéndola, habrán de exclamar: “si no se les corresponde a otros, como lo hacemos nosotras, ¿cómo nacerán los sátiros feos que hacen del amor algo tan divertido?”

2.- A Leuké de la Sierra
Para la navidad fálica, nada mejor que tu árbol priápico. Que así haces fértiles a los que te buscan, sátiros y gárgolas en estrafalaria profusión. Con lo que se cortan los devotos de la Madre Diosa, adornas las ramas, que lucen cual chocolates excéntricos, sin pena alguna, los penes frigios. Que tu emblema es la virtud de Príapo, y tú haces de cada fiesta, no importa si es cristiana, un homenaje a tu dios rojo, el campesino que hace huir a las aves Marías.

3.- A Némesis Guarneros
Le diste la dicha porque tenía los zapatos y las corbatas que yo no, por más que él, sin cabellos, que yo sí tengo, no pudiese cubrirse del cruel Helios. Fue así que te proclamé la Némesis, a quien se elude antes de que los naufragios lleguen; a quien se alude, cuando se es tan oscura que no importa cuán blanca tu cara sea y cuánto se pague. Es una fortuna que la enfermedad me haya liberado. Ahora puedo, tranquilo, en el ocio de mis tareas de griego, recordar que, si bien no todo fue malo contigo, pudo ser peor de lo que al final llegó a ser.

4.- A Soror Darinkae
Ni tu nombre sé siquiera, mas me basta con ver tus lentes pálidos y tu cara amarilla para entender todo. Tu apego a los bárbaros te llevó a eso, y ahora como mujer del sol sufrirás el parto para que el diablo se coma al niño. ¿Qué ángel te salvará de la furia roja del dragón? Ninguno. Y yo no haré nada, me gusta que los signos en el cielo sean como son: mujer que pare, niño al que se comen, y ninguna vara de hierro habrá de sojuzgarnos. Consumado sea.

5.- A Karen Brindisi
En tus manos todo es proyectil, de ahí que tu marido prefiera la casa vacía. Eres la furia que persigue a Orestes, la que hace comer a su hijo al padre, la que por amar demasiado mata a su progenie. Esa eres tú, ante la cual los títeres huyen, antes de que las cabezas de éstos sean tantas, que ningún teatro de Oklahoma, ningún paraíso, serán posibles, puesto que todo te hace enojar.

6.- A Lucífera Etérea
El pastor te aconseja: “no andes de insolente a la hora nona”. No le obedeces, y vas de auto en auto entre moros y maloras, a sabiendas de que no habrá progenie, pues bien has dicho: “los hijos golpean a sus madres”, y tú no quieres ser una de éstas. Y cuando anciana seas, podrás presumir que supiste de todo, excepto de dos cosas que al caso no vienen: la boda y el parto.

7.- A Verónica Carbajal
Tú, montaña de cuerpo, otrora codicia de tíos y de padrastros, que dejabas marcas de tus besos en tarjetas para que yo las viese y coleccionase, tú que derrumbabas con tu sola presencia cuanto estuviese en pie, ogresa que proponía memorias mamarias para ser recordada siempre: paces entre las estrellas, y tus piernas son mármol que el poeta Arquíloco reconoció como paisanas.

8.- A Leticia Castillo
Te proclamé reina del cielo, en una Nápoles de Polifemos y Galateas. Llorabas cuando te fuiste, y mi poema en tus manos le dio esplendor a éstas, siempre ocupadas en números y libros de balances. Por una única vez me sentí afín al saber contable, pues contigo buenas migas hice a propósito de los recursos financieros. No podía durar, y como pastora santa subiste al cielo, y me dejaste entre los monstruos y las muchachas bribonas. Entonces fue que me llegó la noticia sobre el porqué te habías ido: “Leticia se casó con Polifemo”. Y tenía sentido, porque las pastoras cuidan los rebaños de los antropófagos.

9.- A Ingrid Arlette
Tres como brujas: la madre con sus dos hijas. Entran, cabellos al aire para hechizar incautos. Llegan, sonrisas crueles para despistar a los héroes. Pero de ellas, ninguna como la madre, tú, que portas el tirso y te empeñas en cantar el himno al pan, al vino, en memoria de nuestro Bacchus. Cantas y cantamos, a nuestro Maestro, quien, niño de uvas, al crecer, seguido de leones y jaguares, llevará el buen mensaje de la ebriedad alegre más allá del Ganges. Y tú irás con él, y tus dos hijas, y las tres a la hora nona me dispondrán para el sacrificio.

10.- A Bettina Morales
Cuando te veo en fotos cómo tomas cerveza con tipos inconvenientes, el corazón me dice: “tuve razón, ella no convenía”. Sin embargo, trato de sufrir tanto como puedo, y no lo logro. ¿Por qué? Porque si no te veo así, a punto de la ebriedad, no te sabría bacante; y por otro lado, te ves mejor que nunca de ese modo, a pesar de los tipos que, al igual que tú, no son de conveniencia para nadie. En ellos has hallado quien en verdad eres: una ebria que bebe la sangre de quienes, como yo, atestiguan tu presencia de bella junto a las bestias.

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