Reserva de Derechos
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Ciudad de México Año VII Número LXXVI Febrero 2019

 

La insoportable levedad de ser correcto
José Luis Barrera

En 1853, el venezolano Manuel Antonio Carreño escribió el Manual de urbanidad y buenas maneras, que a la postre se conociera simplemente como el Manual de Carreño, libro otrora muy recurrente entre las personas clase de media y alta para tener buenos modales en sociedad. El libro nos indicaba la forma correcta en que se debía comportar una “señorita decente” (basados por supuesto en conceptos machistas y católicos), sobre cómo debería sentarse una persona a la mesa, cómo saludar a gente distinguida, o simplemente la posición correcta para rezar.

Este texto se dividía en dos: Deberes morales del hombre y Urbanidad. Y aunque hoy en día algunas de las normas que señala podrían seguir vigentes en nuestros tiempos, poco a poco fue perdiendo validez por ciertos conceptos arcaicos que chocaban con el progreso intelectual de la sociedad. Y si en otros tiempos se mencionaba como un referente de buenos modales, ya desde mucho tiempo atrás fue mencionado como chunga de conceptos y actitudes fuera de todo propósito en una sociedad avanzada.

Y efectivamente la sociedad avanzaba, los años sesenta sirvieron para liberar a la sociedad de las ataduras de “las formas correctas” de interacción humana. Los jóvenes rebeldes intentaron romper con las conductas atávicas que impulsaba preferentemente la religión. La sociedad ya no estaba dispuesta a seguir modelos acartonados e intransigentes que no perdonaban siquiera un solo error en sociedad. Los cubiertos deberían ir colocados de una manera, de lo contrario se estaba en un error. El saludo, la forma de caminar, de vestir o de hablar etiquetaban a la famosa “gente bien” de los “pelados”. Por supuesto la gente bien no había evolucionado de la misma manera que las clases inferiores, puesto que muchos de los preceptos del Manual de Carreño siguen vigentes a la fecha y siguen con el comportamiento acartonado en la sociedad.

Desde la clase media (y digo clase media porque la baja nunca ha seguido esas “buenas conductas”) se impulsaba un cambio de mentalidad que nos hacía estar un escalón hacia arriba de la evolución humana.
Pero de pronto, comenzó a surgir el exceso de información y el ser humano fue tomando a cabalidad cuanta información le fue llegando. De pronto se fue percatando de los traumas que el ser humano sufre a lo largo de su vida, y comenzaron a pretender allanar de obstáculos la vida de sus hijos, y más aún de las personas que creían en desventaja física. Se creyeron que la forma de manejar los traumas es evitarlos y no manejarlos. La sociedad moderna cree que estará libre de traumas si se mete en una burbuja emocional, pero no toma ni por asomo que los traumas vienen desde que se está en el vientre materno y en algún momento saldrán a flote desde el inconsciente. Entonces, liberar de medios externos que amenacen con traumar a un individuo no es la solución.

Todo comenzó con los inofensivos cambios de definición para quienes según algunos se estaban ofendiendo: de pronto a las personas que siempre conocimos como “negras” se decidió que para no ser ofensivos se deberían llamar “personas de color”, a los minusválidos se les tenía que decir “personas con capacidades diferentes”, y a los “enanos” se tenía que decirles “personas pequeñas”. Luego vinieron las pugnas de género para modificar el idioma hasta llegar al ridículo de ignorar la ortografía y el género de las palabras. Pero hasta aquí todo estaba dentro de los límites aceptables, no pasaba de definiciones que no afectaban la cotidianidad. El problema comenzó cuando se decidió que las personas vulnerables (es decir que no podían defenderse) eran los niños, las mujeres, los homosexuales y las personas con alguna discapacidad. De pronto los “Derechos Humanos” comenzaron a escalar ideas de cuán ofensivas resultaban ciertas acciones a ciertos miembros de la sociedad.

El piropo, tan usado en otros tiempos tenía sus diferencias, y podía ser elegante o de plano muy vulgar, y las mujeres tenían la capacidad de evadirlos o aceptarlos según fuera el caso. Hoy se permea una política social muy hipersensible a los referencias misóginas, aun cuando no se refiera directamente contra una mujer. Recientemente se tuvo una acalorada discusión por la frase que indebidamente pronunció Paco Ignacio Taibo II, al referirse a quienes se oponían a que asumiera la dirección del Fondo de Cultura Económica, diciendo “se las metimos doblada”, una frase muy utilizada en el albur mexicano y que fue tomada justamente como misógina. Creo que la discusión era sobre la corrección del habla o no, pero no sobre una posible ofensa a las mujeres, porque de frases como esa están repletos los albures y no son precisamente contra las mujeres. Una regla no escrita del albur es no dirigirlo a una mujer, sino a los compañeros de trabajo, amigos de cantina y cualquier hombre que los pueda responder. Y bueno, hay una excepción a la regla con Lourdes Ruiz, mejor conocida como la “Reina del Albur”, contra quien cualquiera se puede aventar un duelo de albures, porque ella se sabe defender muy bien.

Pero más allá de las palabras, hoy con el tema del acoso sexual, queda una frontera muy delgada y prácticamente inexistente entre galanteo y acoso. Una furtiva y discreta mirada (obviamente no defiendo esas miradas lascivas) pueden llevar a un caballero ante el ministerio público, y se ha llegado a la conclusión de que llevar serenata y flores a la amada es un acto de índole machista (espero no lo vayan a tipificar como delito). Un “Hola, bella dama” podría llevar al susodicho ante la ley, e intentar flirtear es hoy cada vez más riesgoso porque sólo quedan dos opciones: conseguir el amor de una dama o quedar detenido por faltas a la moral. Y qué decir del tema con los homosexuales, en que ya hasta un grito en contra de un rival deportivo se toma como homofóbico, aunque no vaya dirigido contra la comunidad gay. Pongamos por ejemplo el famoso grito que de auto a auto proferimos: le decimos “puto” al que se cerró, sin que pase de una “mentada de madre”, pero hoy en día, si el aludido efectivamente es gay, podemos estar en riesgo de ser detenidos.

Pero lo más delicado de este asunto es lo que sucede en las escuelas, en las que los padres, cada vez más ausentes, pretenden proteger a sus hijos de algunos traumas sobreprotegiendo y haciendo incapaces de defenderse a sus hijos. Esto en connivencia con las autoridades, que hacen caso irrestricto a los señalamientos de los cada vez más exagerados “Derechos Humanos”. Hoy en día es casi prohibido corregir a un niño por una conducta inadecuada porque de inmediato reaccionarán sus padres pudiendo llevar a investigación al maestro que llamó la atención al pequeño. Es prohibitivo reprobar a un alumno que no ha adquirido los conocimientos necesarios para pasar de grado, porque se le está ocasionando un trauma. Y más aún, no se puede tener un signo de afecto con los menores porque con mucha facilidad el maestro puede ser acusado de acoso. Un pequeño toque en el hombro para aprobar una conducta o calificación, una caricia en la cabeza para apoyar emocionalmente a un niño hoy no es bien visto, al contrario es un acto que está absolutamente prohibido. Me imagino cuántas señales de afecto me hubiera perdido si en mi generación se hubieran tomado tan al pie de la letra el tema del abuso.

A fin de cuentas los traumas siempre estarán presentes por más que queramos evitarlos, y a veces por estar fijándose en pequeños detalles, los padres dejarán pasar un asunto mayúsculo que pueda ocasionarle un daño mayor a sus hijos. Hoy se fijan tanto en las acciones de terceros, pero no se fijan en lo que desde niños están viendo en su tablet o celular (las nuevas versiones de la caja idiota), hay muchas más amenazas en la red que en la vida cotidiana, pero su ausencia la compensan con una hipócrita sobreprotección que, por cierto, los hará inútiles e incapaces, como ya dije antes, de defenderse.

La palabra “bullying” hoy permea hasta en las bromas que tan cotidianas son, y es la palabra perfecta para que los padres inculpen a terceros de los daños que ellos están ocasionando con el abandono en que los tienen, incluso aún presentes, pero metidos en su computadora o en su celular, mientras sus hijos hacen lo mismo. Las carencias afectivas de los niños que provienen desde sus casas están siendo desviadas por los padres hacia la sociedad para inculpar a otros de su desinteresada paternidad. Y los “Derechos Humanos” ciegos y unilaterales sólo ven un lado de la moneda y enfatizan de manera exagerada hacia una sociedad que cada vez va a estar más maniatada.

El Manual de Carreño hoy en día quedó casi en desuso por sus conceptos arcaicos, y la pregunta es: ¿Hasta cuándo quedará arcaico el Manual de los Derechos Humanos, que nos han hecho retroceder como sociedad?

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