Reserva de Derechos
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Ciudad de México Año VII Número LXXVII Marzo 2019

 

De un artista de Baco (Tercera serie)
Luciano Pérez

1.- A Jónica Samaria
Yo ya, viejo mílite, de amores me aparto. No sólo por cabello cano, sino porque el corazón no funciona. Así que, si lejos me ves, entenderás por qué el corazón no va hacia ti. Se decía otrora que el hígado era de donde el sentimiento fluía. Me dirás, entonces: “aún puedes amar con el hígado”. Entonces los poetas mintieron, y debieron decir: “te adoro con todo mi hígado”, o “el hígado me lo decía: ¡eras tú!” Sólo que ¡es tan fea palabra!, a pesar de que la mucha alegría de Bacchus ahí reside. Pero tú, que sabes a vino y de vinos, entiendes de esto mejor que yo.

2.- A Gilda Sosa
Fuiste, magistra, difícil. Nos rasgabas los cuadernos, y también las caras, con largas uñas, funestas y embravecidas. ¡Una lamia! ¡Una erinia! Una monstruo que apareció en los periódicos, acusada de castigar niños.
Pero “en aquel tiempo” se sabía que la sangre con letra salía, así que tus métodos fieros, de alguna manera, nos hicieron las tablas menos duras de lo que parecía. ¡Esas uñas! No las olvido, y aún las temo. Sin embargo, ahora yo mismo me las pongo, para que mi aprendizaje del griego sea impecable.


3.- A Sils Myrna
Fuiste la mirra, aquella de donde el niño bello nació hacia la muerte por el verraco. Mirra que caía de las azoteas sagradas, hasta donde mis cubetas de agua subieron para tu sed. Mirra que fue un jardín para los ojos, en un tiempo en que los cupidos, mis aliados, lanzaban flechas y manzanas por doquier, para que te dieses cuenta, para que entendieras, que quien amaba la mirra sabía que al niño se le exaltaba con ella. No sabíamos que el verraco acechaba, que esperaba su hora de sangre y adioses.

4.- A Gabriela Gracián
Nínfula en pos del helado, la moneda y el elogio. Nínfula capaz de abatir serenidades y recatos, de embriagar a todos sin darle felicidad a ninguno. Nínfula que con una mano pide la clemencia de lo alto, y con la otra se entrega a los mil demonios.
Nínfula que es oveja con piel de loba, que extiende por todos lados baldías tierras de abrileña crueldad. Nínfula que del sol más impura, huye al desierto para encontrarse con Pazuzu, que la adora. Nínfula cuya risa, lejos de ser llanto, abre cráneos en los hoyos de la desmesura y el desarreglo.

5.- A Marilú Ceniza
¿Cuántos besos hemos de contar? ¿Cuánta cantidad de arena sin tiempo? Porque con Calímaco en sus playas y yo contigo, los epigramas afloran ya por cada una de las veces que me beses; y nadie, ni siquiera tú y yo, sabrá cuántos besos fueron. Que si hoy nos vemos y mañana no, que hoy mismo se incremente el número, sin importar si éste ya no puede calcularse. Y si mañana no hay ningún beso, las playas de Calímaco aportarán más arena pasado mañana, hasta que todos puedan darse cuenta de que ya no hay cuenta, ni tampoco razón.

6.- A Juana Verbena
Cuánto el sol te ha mirado, cuánto Helios te ha hecho de él, lo sabremos si en el Canticum entendemos lo que de ti se refiere; tú, que eres la última que usa medias color penumbra, que se asolean para que las vacas de Apolo se solacen. Quien sabe de ese Cantar, dicen, iglesias funda, que la esposa dialoga con el esposo y éste, salomónico, hace para ti un templo de cantares, y él mismo es el músico que te toca, que te parte en dos y me entrega de ti una media sombra y un medio sol.

7.- A Maripaz Torres
Tú y yo adolescentes, contándonos chistes, intercambiando fotos… “Yo también he pensado mucho en ti”, me dijiste. Eras la que me guiaba, la que tomaba mi mano, la que me cantaba éxitos del radio. ¡Bailabas descalza en las azoteas de Tepito! Sin embargo, nada de esto podía continuar. Años después guiabas tú, ahora, el tránsito en Madero y Eje Central. No quise hablarte ni que me vieras. ¿Qué hubieran dicho si tú, la policía, me llevabas del brazo hacia no sé dónde?

8.- A Gladees Marilyn
Oro de Gladees, el que los gnomos recolectan para su vejez. Oro de la edad y de los cabellos. Gnomos avaros, que la quieren toda, a ella, para ellos; a ella, la que a su vez amontona monedas de sus ganancias ambulantes. ¡Flava Gladees, la leonada de oro! ¡Que en tus manos las monedas sean espigas para el pan de los gnomos viejos! Que si ojos ya no tienen casi éstos, algún oro de ti translucirá en su tenebra.

9.- A Rosaura Velázquez
A la hora del tabaco, ¿quién si no tú? El humo nos limpiaba el polvo, nos hacía nuevos e impedía la pudrición del ánimo. Fumabas, conversábamos, y la envidia de los demás buscaba perdernos. Satélite me trajo contigo un eco de algo no visto, de algo que pudo ser. Mas los días nos han hecho ancianos, y nuestros dientes se han perdido, y la orina nos molesta mucho. Pero siempre está congelado en el tiempo el instante único que, bello, se detuvo: el cigarrillo puesto en tus labios de rouge sempiterno, de donde salen palabras que son humo que sube y sube hasta los nueve planetas del antiguo cosmos.

10.- A Virginia Torres
“Krishna Krishna Hari Hari”, salmeabas al iniciar la década siete. Ariadna nueva, quisiste al Indo llegar, entre danzas y festines para Bacchus; pero sólo llegaste hasta Acapulco. Ahí te esperaba la boda que no fue mía, ahí no hubo más en cuanto a que tus bailes griegos fueran a la vez índicos. Y si Zorba, y si Krishna, y si la “Honeymoon” de Theodorakis hoy están en mi mente, es porque primero estuvieron contigo. Y Hari fue más bien Bacchus, antes de que te hundieras para siempre en la inquietud del Pacífico.

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