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Ciudad de México Año VII Número LXXVII Marzo 2019

 

Góngora hace 400 años: esplendor del barroco
Luciano Pérez

Cien años después del inicio en 1519 de la conquista de México por Hernán Cortés, en 1619 el barroco experimentaba una primavera que floreció tanto en Europa como en América, pero sobre todo en España. Harta ésta de conquistas y exploraciones, indagaba ahora dentro de sí misma, y en cuanto a la lírica llegó a adquirir, a través de Luis de Góngora, un inusitado estilo llamado culteranismo, que provocó ardientes entusiasmos y no menos fervientes rechazos. Miguel de Cervantes había muerto en 1616, y su “Don Quijote de la Mancha” extendía su cabalgar por todas las imaginaciones del mundo.

España ya no era pues el pueblo colonizador de un siglo antes. Otros países eran los que se encargaban de ello, y mediante el pirateo llegaban a despojar a la Península Ibérica de las riquezas que a través del Océano Atlántico le llegaban desde América. El último intento español por confirmar su dominio fue el ataque de la Armada Invencible contra Inglaterra en 1588, que fracasó totalmente.

De hecho ya algunos españoles consideraban una maldición el que España se hubiese involucrado en conquistas que no la beneficiaron en nada, y Góngora fue uno de ellos, tal como lo plasmó en su poema “Soledades”, como más adelante veremos. La riqueza americana no le sirvió al pueblo español, sino a las clases reinantes, pero sobre todo fue utilizada para pagar las deudas que se tenían con los banqueros, principalmente alemanes; como Carlos V, que con el oro robado a los mexicas pagó lo que debía, más los intereses. Es decir, que no tuvo que hacerlo con dinero de su bolsillo.

Por lo tanto, la pobreza material y la decadencia fueron características de la España barroca. En este texto no nos ocuparemos del barroco en la música, la pintura o la arquitectura, que hablar de ello sería interminable. Nos enfocaremos en la literatura, y aun en ésta, sólo en la poesía de Góngora, al ser ella una de las expresiones artísticas más barrocas que han existido.

Nada más señalemos aquí que en su origen se le llamó barroco a lo excesivo, a lo inarmónico, a lo opuesto a los cánones clásicos. Góngora fue lo contrario de Garcilaso, de Fernando de Herrera, de Fray Luis de León y de San Juan de la Cruz. No por nada fueron enemigos suyos Quevedo y Lope de Vega. Todos los mencionados se distinguieron por estar dotados de una lírica clara, bien hecha y bien dicha, de la que supuestamente Góngora carecía.

Góngora quizá no fue tan claro, lo cual no es del todo cierto, pero sus poemas, sobre todo los considerados específicamente como culteranos, fueron más que bien hechos y más que bien dichos. Es decir, que se saltó los límites y las reglas, y por eso provocó tanto revuelo y tanta oposición. Su poesía era demasiado buena y, de acuerdo a la lógica escolástica, lo que prueba demasiado no prueba nada. Pero eso es lo que necesitaba ya la poesía: decir más de lo que se había dicho, y decirlo mejor. Un exceso, pues. Pero excesos siempre los hubo, incluso en la época denominada clásica, como bien lo demuestran los casos de Lucano y Séneca, cordobeses como Góngora, que dijeron más de lo que se debía decir. Por eso se ha opinado que la revolución estética del culteranismo sólo podía ser comprendida desde la vanguardia, apenas en el siglo veinte, al ser la vanguardia, precisamente, otro exceso.

Luis de Góngora y Argote nació en Córdoba, en 1561, siendo su padre un abogado, bien que modesto. Un tío materno de Góngora, que contaba con medios, hizo que el joven Luis estudiase Cánones en Salamanca, para que después siguiese la carrera eclesiástica. Durante algunos años vive de lo que gana en su trabajo como racionero del obispado de Córdoba, una especie de cargo administrativo que le permitió viajar.

Cabe señalar que no fue conocido como un buen clérigo, y hubo quejas en contra suya, y Góngora se defendió con ironía. Una de las acusaciones fue la de que escribía cosas profanas, poemas donde ensalzaba la belleza de las mujeres, y exponía algunos detalles de lo que el trato con éstas significaba, de lo cual se dedujo que conocía bien del asunto. También se le acusaba de no ir a misa, o de que cuando estaba en ésta no atendía a los ritos; asimismo, que se la pasaba en toros y jugando naipes, llevando pues vida de joven. Góngora dijo que él no era tan viejo, y que muchos altos prelados iban a los toros. Que a veces en hora de misa tenía que ocuparse de asuntos de su trabajo. No negaba jugar naipes ni escribir versos, pero señaló que esto era preferible a ser hereje, de lo cual nadie podía acusarlo.

Al cumplir cincuenta años, en 1611, ya no quiso andar de un lado para otro por razones del trabajo clerical, así que cede a sus sobrinos gran parte de lo que éste implicaba. Sin embargo, como suele ocurrir, a costa de tener más tiempo para dedicarse a su obra literaria, sus ingresos se vieron disminuidos. Y mientras más refinada cultura y mejor sensibilidad poética iba adquiriendo, cayó en manos de los prestamistas, de la enfermedad y de los achaques de la vejez.

El autor del “Polifemo” y de “Soledades”, quizá los más grandes poemas de la lengua española, no tenía para comer, y ya no pudo seguir pagando la renta de su casa en Madrid y fue echado, por lo que tuvo que regresar a su ciudad natal para morir en 1627. Durante años confió en que recibiría ayuda en sus últimos años de los nobles que decían apreciarlo. Pero el conde de Villamediana murió asesinado; el conde de Lemos prometió llevarlo a Nápoles cuando fue nombrado virrey de aquí, pero no le cumplió y llevó a otros poetas; el conde de Ayamonte lo incluyó en su séquito para asumir el virreinato de la Nueva España, pero a última hora renunció al cargo; el conde de Siete Iglesias cayó en desgracia y fue condenado a muerte.

Góngora nunca vio en vida un libro suyo publicado, y sólo poemas sueltos aparecieron en dos antologías de la época, “Flor de romances nuevos” y “Flores de poetas selectos”, así que su obra circuló durante años en forma manuscrita. Entonces en 1627 el editor Juan López Vicuña quiso publicar su obra completa, y Góngora le proporcionó materiales, pero falleció en abril de ese año, y el libro apareció hasta diciembre, bajo el título de “Obras en verso del Homero español”. No sólo hay muchas erratas, sino que en la portada no está el nombre del autor.

Y ni así lo dejaron en paz, pues la Inquisición mandó recoger el libro, al encontrársele “muchas proposiciones que totalmente son contra las buenas costumbres, obscenas y deshonestas… malsonantes, erróneas, temerarias, heréticas y sospechosas en la fe católica”. Sin embargo, se consideró que el autor no había podido ver el libro, que de haberlo hecho lo habría corregido. Y pese a su estado sacerdotal y de hacer gala de ortodoxia doctrinal, en sus versos hay mucha irrisión contra el clero, y muchos se lo achacaron a su posible origen hebreo, de lo cual directamente lo acusaba Quevedo.

La poesía de Góngora suele dividirse en dos sectores: por un lado la poesía popular (romances y letrillas, muy apreciados y conocidos, como el romance de la hermana Marica, y la letrilla aquella de “ándeme yo caliente y ríase la gente”), que suele situarse en su época juvenil; por el otro, su poesía culta, que son los sonetos y sobre todo la “Fábula de Píramo y Tisbe”, la “Fábula de Polifemo y Galatea”, y las dos partes de “Soledades”, que son obra madura.

En cuanto a lo popular nadie objetó nada, pero fue lo culto lo que provocó escándalo. Específicamente los dos poemas largos que le dieron a Góngora la denominación de culterano: el “Polifemo” y “Soledades”. Estas obras ya no son renacentistas, significan un rompimiento total con la tradición de Garcilaso y Herrera, quienes habían trasladado el petrarquismo a Italia, con poemas que eran canciones muy sentidas y muy diáfanas.

Pero cuando aparecen esos dos poemas mencionados, en el campo poético español, de acuerdo a Lope de Vega, enemigo de Góngora, “los poetas se dividieron en dos bandos, pues a los unos llaman culteranos, deste nombre culto, y a los otros llanos, eco de castellanos, cuya llaneza verdadera imitan”. Es decir, que los poetas de estirpe renacentista escriben en castellano, con claridad para que todos puedan entenderlos; en cambio Góngora, y la cantidad de seguidores e imitadores que lo continuaron, ya propiamente barrocos, no sabían castellano, sino que se expresaban en un idioma extraño, casi latín, incomprensible para todos.

Es obvio que no es así, que Góngora es claro sólo sabiéndolo leer. Cuesta trabajo, pero ese es el signo del barroco, el que no sea fácil entenderlo. Es un aliciente para que el lector se esfuerce. Y lo que sucede es que en el culteranismo había la necesidad impostergable de decir las cosas de otro modo, de no estar conforme con lo siempre dicho. Lo cierto es que en el fondo de Góngora había un espíritu socarrón, que gozaba en hacer sufrir a críticos y a profesores, hacer que tomasen en serio lo que en realidad es una completa ironía. Federico García Lorca dijo en su genial ensayo “La imagen poética de Góngora”: “El Góngora culterano ha sido condenado en España, y lo sigue siendo por un extenso núcleo de opinión, como un monstruo de vicios gramaticales cuya poesía carece de todos los elementos fundamentales para ser bella. Las Soledades han sido considerada por los gramáticos y los retóricos más eminentes como una lacra que hay que tapar”.

Y más adelante García Lorca va al meollo del asunto: “Góngora… sabía el latín como pocos. Inventa por primera vez en castellano un nuevo método para cazar y plasmar las metáforas, y piensa, sin decirlo, que la eternidad de un poema depende de la calidad y trabazón de sus imágenes”. Dice también el célebre granadino que en Góngora “las oraciones, si se ordenan como se ordena un párrafo latino, quedan claras. Lo que sí es difícil es la comprensión de su mundo mitológico. Difícil, porque casi nadie sabe mitología…” La paradoja aquí es que Góngora utiliza los recursos de la tradición grecolatina para romper el equilibrio renacentista, también basado en esa misma tradición. Lo que sucede es que el barroco y el renacimiento no leen igual a Grecia y Roma, y ello se hace evidente en el uso de la mitología clásica. Para un renacentista, ésta es un ejemplo de belleza y armonía; para un barroco también, sólo que para éste la belleza puede abarcar lo monstruoso, y la armonía lo grotesco. Véase a Polifemo: nada hay más espantoso que él, y sin embargo canta muy bien y es capaz de tener sentimientos.

Para Dámaso Alonso, uno de los mejores estudiosos de Góngora, la “Fábula de Polifemo y Galatea” es la más representativa del barroco europeo. En un lenguaje brillante, evocador de los poemas pastoriles griegos, sobre todo los de Teócrito, Góngora nos plantea el drama de un monstruo enamorado de la más bella ninfa, Galatea, la cual sólo puede corresponderle al bello Acis. Cuando Polifemo, luego de cantarle con ternura a la muchacha, descubre que ésta ama al otro, el gigante se enfurece y mata a Acis aplastándolo con una roca. Todo ello descrito con las más deslumbrantes imágenes y las más suculentas palabras. Críticos como Alfonso Reyes se pasaron la vida peleando con otros críticos sobre una coma de más o una de menos en los versos de este magnífico poema.

“Soledades” no habla de la soledad, sino que es una expresión utilizada para referirse a los campos. Tan no habla de ella que vemos gente por todos lados, cantando y bailando, así que en ningún momento el personaje central, un náufrago que ha llegado a un pueblo campesino, está solo. Góngora planeaba escribir cuatro Soledades, pero sólo pudo hacer dos; al parecer se sintió decepcionado de que se le criticase tanto por su estilo poético. No es fácil de leer “Soledades”, por el esfuerzo que implica involucrarse en las silvas que las integran, 1091 versos en la Soledad Primera, y 979 en la Segunda. Es toda una fiesta de colores, de sonidos, de imágenes, de mitos, de canciones, y es también una crítica a las conquistas realizadas por España, que se dice en el poema que sólo fueron hechas por codicia. Esto también provocó enojo en muchos, porque ¿cómo que los españoles que se esforzaron tanto en conquistar un nuevo mundo se habían comportado en realidad como codiciosos? Pero hay más aspectos en este poema, como el de que no se menciona a Dios ni a la religión cristiana, pero sí a los dioses griegos. Invitamos a leer a Góngora, y a entenderlo, lo cual implica saber oírlo, y también saber verlo.

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