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Ciudad de México Año VII Número LXXVII Marzo 2019

 

Mis idus de marzo
José Luis Barrera

Siendo sincero, no fuiste lo mejor ni lo peor que me ha pasado en mi vida, pero fuiste la primera y por ello llegaste sin aduanas al lugar de los recuerdos. Bálsamo contra las heridas infringidas por la bruja malsana de la Santa Cruz y su cuervo fofo, y tal vez por ello te ensalzan mis efemérides amorosas.

Y debo reconocer que fue más intenso el enamoramiento que el romance, esa primigenia sensación a la que llamamos amor, y que queremos sentir en cada una de las relaciones, pero eso no puede ser, porque en esa primera e intensa sensación se está dejando de una vez por todas, la efusión de la ingenuidad.

Después de la debacle de mi vida en las postrimerías de mi educación primaria, volví a confiar, o al menos a darle una segunda oportunidad a la confianza, y me volví mucho más sociable y comencé a rondar los senderos femeninos, tan atractivos como peligrosos. Volví a recobrar una parte de mi autoestima y dejé de ver tanto súcubo para dirigirme con más confianza a las jóvenes damas que me rodeaban. Muchas me gustaron pero a pocas me atreví a volcarme en deseos amorosos.

Fue contigo - después de ese viaje en vela a bordo del autobús “Dina” en que la plática sencilla volcó al enamoramiento -, con quien decidí volver a confiar aunque tal vez no por completo. Fue a ti, tan inexperta como yo, a quien dejé el encargo de curar las heridas que sin romance me habían infligido las presencias femeninas. No sé si contigo recobré la confianza, pero al menos no hiciste más grave la desconfianza.

Nuestra historia fue una línea recta, sin sobresaltos ni pasión desenfrenada. Fue un largo plano secuencia de la película de mi vida. Sin momentos memorables, pero también sin épicas batallas. La monotonía superaba al romance y ya la cotidianidad estaba bordando un adiós que nadie quería enunciar.

Bien recuerdo que yo, agrónomo en ciernes y orgulloso de mis botas de campo y mi sombrero vaquero, acudía a rescatarte de aquella escuela de gente trajeada. Confiaba en que el amor salvaba las diferencias, pero no tomaba en cuenta que lo nuestro carecía de amor (el cual sólo existió en el preámbulo de nuestra relación). Como era de esperarse, el distanciamiento fue relevando a la circunspección de nuestra historia.

Yo creo que hubo un hombre trajeado que te salvó de mí, pero de ello nunca tuve pruebas fehacientes. Lo cierto es que a unos días de haber rechazado a una bella dama que me hacía el cortejo, tú fuiste quien tomó la decisión que queríamos postergar a toda costa.

Después de tratar de salvar la situación sin mucho ahínco, el miércoles 15 de marzo, me avisaste que ya no había más que hacer en nuestra fría relación. Debo decir que no salí herido de aquella decisión porque significará perder un gran amor, más bien era por la sensación de haber sido un terco fiel al que dejaron por algún tipo de traje y corbata (en el cual tiempo después me convertí) de la Facultad de Contaduría y Administración.

Pero en fin, ya nada cambiaría.
Al ir a buscar a la dama que días atrás me había coqueteado, su actitud era fría. Era evidente que no deseaba darme una segunda oportunidad. En fin, me quedé sólo como siempre lo he estado y como siempre me ha gustado estar.

Nada cambiaba, sólo que ya no tenía que recordar cumpleaños, aniversarios, ni comprar fútiles regalos para conservar una novia a la que mucho tiempo atrás había dejado de amar, y que tal vez me dejó de amar de manera simultánea.
Hace treinta años que tuve mi primer rompimiento amoroso, mis idus de marzo.

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