Reserva de Derechos
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Ciudad de México Año VII Número LXXVII Marzo 2019

 

Planes
Addy Castillo Espínola

Maya la miró desde el fondo de sus ojitos negros. Callada, sin gestos, sin voltear siquiera la cara, ni una sola de sus facciones indicaba que hubiera escuchado la invitación. Sólo su mirada introspectiva, silenciosa, parecía perforar a la Chiquis, mientras la observaba.

Chiquis se rascaba convulsamente el espacio incómodo que queda detrás de la oreja, su sitio preferido cuando no sabía cómo esconder los nervios, las emociones, los sobresaltos. Y miraba con ojitos saltarines, brillantes de emoción, a Maya desde su cómodo colchón.

Unas confabuladoras. Maya sería la jefa o la pensadora y Chiquis el artífice, el mago, el obrero que hacía realidad los planes de Maya. Minutos antes, cuando escucharon ambas el chirriar de la puerta, sus cerebros empezaron a maquinar el plan. Cada una en su sillón favorito.

“Daría lo que fuera por alguna bebida bien fría, pero en el refrigerador no había más que cerveza y no sé si le guste a Maya; seguro me criticará si la tomo”, decía para sí la Chiquis. “Son las 11 am, el vecino llega en su vehículo rojo, apurado; seguro viene a bañarse; ahora escucharé la regadera echando borbotones de agua caliente (el clima de la región es lo más caluroso que en mi larga vida he sufrido; mañana iré por un corte de cabello, ya no lo soporto)”.
? Auch ? gimió el vecino bajo la ducha ?¡Pinche calor!

La mente de Maya sigue registrando: 11:30 hrs, bajará rápidamente por las escaleras, abrirá la puerta y, de nuevo, oiré el chirriar del auto en salida rápida.

Y tal cual los pensamientos se iban registrando en la hábil mente, el reloj confirmaba las observaciones de Maya: las pisadas, en los escalones, apresuradas, de hombre; el paso firme, apoyando la planta completa. La puerta cuyos goznes chillan, el portazo de cierre, el sonido de la llave en la cerradura, el pitido de la alarma del auto al desactivarse, el encendido del motor y la salida chirriante del garaje. 11:30 ? 11:35 hrs.

Mientras tanto Chiquis, paladeando su agua fría, sigue con la mirada, la mirada de Maya, como si escuchara sus pensamientos y entendiera. Sin embargo, esos ojos pizpiretos, remarcados por gruesas y negras pestañas, estaban ya tomando medidas: del garaje a la puerta de entrada, el número de escalones hasta el segundo piso, el espacio donde estacionó el auto, los tiempos del encendido y movimiento del coche. Antes de concluir, ya había tomado nota de la apertura en la zancada del hombre.

Prosigue Maya su análisis, sus ojitos se entrecierran como si tuviera sueño. Pero como observador nato, sabría inmediatamente el clímax del proyecto: Ahora llegará la mamá, 12 en punto. Se estaciona, abre las puertas del auto, bajan 1, 2, 3 pares de piernitas tiernas y de paso corto, son tres niños. Uno ayuda a la mamá, lo sabe por los gritos: “¡Carga esto! ¡No tires las bolsas! ¡Ve que no se caiga nada!” Los dos más pequeños han llegado a la puerta y con sus puñitos golpean y gritan: “¡Tía abre!! Tíaaaaaaaaa”. El tono agudo de sus voces lastima sus oídos, y entrecierra más los ojos como un reflejo, para evitar escucharlos.

Los pasos dentro de la casa, los ubican minutos después en el comedor, los ruidos de platos y cubiertos, los delatan. El olor a comida caliente llena el ambiente. Chiquis arruga la nariz pequeña y coqueta; sus ojitos brillan como si se deleitaran con la perspectiva de comida casera. Maya, sin embargo, no se inmuta, su mirada sesgada entre sus párpados entrecerrados no demuestra ninguna emoción. Es fuerte a los estímulos. No se distrae.

Ambas saben lo que seguirá a la comida, el silencio en todos los cuartos y por un momento, podrán tomar un descanso. Chiquis acaba su vaso de agua y Maya cambia de posición la pierna para no entumirse. La pequeña se humedece los labios con la lengua rosa, cuya punta apenas se deja ver momentáneamente. Maya retira la vista de ella y se pregunta cómo alguien tan útil es también tan vulgar. No entiende cómo su habilidad para moverse rápido, su agilidad y su capacidad de improvisación, conviven en ese pequeño cuerpecito tan vulgar. De piernas largas y esbeltas, sin un gramo de celulitis; el cabello decolorado en mechas blancas; bien peinadas se verían elegantes, pero el descuido aparentemente no voluntario de los mechones le da un aire infantil y pendenciero que no va con el ambiente minimalista donde se encuentran ahora. Sabe que llama la atención, pero también que después de la primera mirada de admiración, por sus largas extremidades y su cintura estrecha, se aburren de mirarla y se olvidan rápido de ella. Eso quizás sea útil para sus planes. Además es rápida, mucho.

No hay actividad hasta las 7 pm. La palabrería y música revelan que se ha encendido el televisor a todo volumen, algún programa de concursos o espectáculos que la gente común encuentra divertido. Los niños deben estar en la sala. Le mente maestra de Maya ya ha considerado las horas muertas. El reloj marca las 8 pm. El auto del hombre en breve arribará al garaje. Sus zancadas largas, más pausadas que al mediodía, dicen que esta agotado y por ende indefenso. Los niños se alborotarán al verlo entrar (la cerradura y el portazo tras él, confirma que su ingreso a la casa). Otra vez ruido de cubiertos. Si fuera viernes estaría esperando oír el claxon de la moto del repartidor de pizzas. Ese día hay mucho movimiento nocturno. Pero los jueves, el arrastre de los pies al llegar a las 8 pm, informa del agotamiento físico extenuante que cargan los adultos. Los niños, en cambio, nunca se cansan.

La actividad nocturna es de rutina. Se apaga el televisor a las 9 pm. Empiezan los gritos de los niños que se niegan a subir a los cuartos para dormir. 9:30 las puertas del baño que se aporrean dan fe de que se preparan para el aseo nocturno. 10 pm se apagan las luces del cuarto de los niños. 11 pm, se apagan las luces del cuarto principal. Sólo la luz de la entrada anuncia que la casa está habitada.

Chiquis bosteza y se estira para recuperarse de la modorra del mediodía. Llevan varias noches vigilando y el plan está casi listo. Esa noche será la noche.
Sus largas piernas se descruzan y sus pestañas vibran por la emoción. Es hermosa aun siendo tan delgada, sus formas estilizadas le dan un aire de modelo profesional; pestañas largas y la melena despeinada, al descuido, se mueve en un vaivén coqueto cuando camina.

Sabe que Maya no la considera elegante, pero a ella no le importa, no quiere serlo. Le gusta sentirse libre, y de vez en cuando ser acariciada por alguien que la quiera; sentir las manos amadas entre los mechones de su caballera, es excitante y enternecedor. Quizás sea vulgar o simple, pero sabe dejarse querer.

Maya en cambio quiere poseer a todos. Quiere que todos le sigan el ritmo, que la obedezcan ciegamente y que siempre la reconozcan como líder. Se siente importante ahí sentada, entrecerrando los ojos y manteniendo una postura erguida durante horas, mientras toma notas mentales de todos los hechos. El plan surgirá sin evidencias que luego puedan comprometerlas. Siempre ha sido así.
Está noche es su gran noche.

El silencio se impone en el barrio, las casitas estilo americano se alinean una lado de la otra, casi sin divisiones, la luz de cada porche las hace diferentes y a la vez iguales. Si está prendida, hay gente. Si está apagada, la casa está abandonada. Es impresionante cómo la fachada de una casa habla de los habitantes; si están o se hacen notar encenderán la luz; si pretenden pasar desapercibidos, la mantendrán apagada; el grado de conservación del jardín, el estado de los muebles del exterior, lo gastado del timbre metálico, todo eso dirá qué tan presentes están los dueños de la casa, si la casa los posee o si ellos lo hacen.

Chiquis se acerca sigilosa hasta la reja divisoria. Ha escogido su sitio vigía, desde donde puede observar sin ser vista. Maya la mira desde la ventana, erguida y siniestra, la luna dibuja un halo luminoso sobre su cabeza mientras su sombra se hace enorme. Lenta, con paso firme y gatuno, se acerca a la misma reja, dejando su sombra atrás; avanza contra el viento para que no se lleve su aroma y se posiciona a un lado de Chiquis. Las dos se miran, silenciosas pero con la mirada de complicidad y al unísono comienzan la ejecución del plan:

“¡¡¡Auuuuuuuuuuuu!!!”, ladran ambas desde su patio. En respuesta similar a una conversación de whats app, los perros vecinos contestan: “Auuuuu, Auuuuu, Wafff, Wafff, Guau, Guau, Auuuuuuuuuuuuuu…”

El ladrido-aullido se reproduce patio tras patio, aumentando de intensidad, disminuyendo, alargándose o acortándose en duración; un sube y baja dentro de la noche del barrio, a la luz de la luna, y pronto ven las luces encenderse en todas las casas, una a una, los desvelados despiertan, gritan, los niños se emocionan mientras el concierto perruno sigue y sigue, sin límites, sin restricciones, ayudado por el viento y por las sombras semi diluidas en la madrugada. Callan alrededor de las 6 am.

Saben perfectamente que los humanos tendrán que ir a trabajar, y ellas remolonean en sus camitas de felpa, mientras se limpian con sus rosadas lenguas las patitas. En un rato serán dueñas de la casa, a dormir para recuperar fuerzas.
El plan salió mejor de lo que pensaban.

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