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Ciudad de México Año VII Número LXXVIII Abril 2019

 

Canto de Pan en el Río del Consulado
Luciano Pérez

Este Canto en prosa forma parte de unas Bucólicas que escribo sobre el Río del Consulado, aquel que estuvo al norte de la Ciudad de México (hoy es bulliciosa avenida), y que aún de niño (1960) conocí, en uno de sus tramos todavía no entubado, como una hermosa corriente de agua, con pastores y ovejas en sus orillas, una escena virgiliana que no olvidé nunca, insólita ya en una urbe que crecía. Y ya no pude meterme dos veces a ese mismo río, como dijo Heráclito, porque el “progreso” y la “civilización” se dieron a la tarea de terminar de entubarlo a las pocas semanas. (LP).

“¡Bailen, mis amigas y amigos, los pastores tan despreciados! Ningún poeta les dirige ya versos desde que en Sicilia y en Córdoba hubo quienes les llevaron preces a quienes de los rebaños se ocupan. Yo, Pan, el hijo de la esposa, de Penélope, de aquella que en Ítaca aguardó y ya no pudo más y me parió; yo, el cabrero, cabra él mismo, que con el ruido de sus pies mide los pasos largos y los breves. Yo, el que es todo, el que no se preocupa de si el frío es fuego o el calor hielo; el que por su nombre puede ser también lo de cada día e igualmente lo que con sudor se gana. ¡Pan, Pan! ¡Oigan cómo mis pies de cabra marcan los metros! Y cómo mi siringa da notas que los pastores de inmediato las captan y las bailan. Incluso les ponen letra, y los amoríos se extienden por las soledades que aún quedan en este impetuoso Río del Consulado. Y las abejas nacen del toro, y las ovejas se pierden en la negrura. Y ya la ninfa pare al sátiro, y la esposa de alguien que es nadie me pare a mí.

¡Erizo y el zurrón y la castaña! No se rompan la cabeza: cualquier cosa quiere decir cualquier cosa. Da lo mismo si guerra es paz y hartura es hambre. Aquí en el Consulado, ¡oh cónsul César! ¡oh cónsul Pompeyo! ¡oh cónsul Cicerón!, bajen a regodearse entre las pastoras, o entre los pastores, si lo prefieren. Roma nos dio el derecho y también el Amor. ¡El derecho de amar a quien uno quiera y como se quiera! Aquí no hay correspondencias: todos pueden querer a todos, y nadie objeta que no es posible o que no les nace. ¡Mi madre Penélope les correspondió a todos! Así nací yo, el hijo de los pretendientes, digno de un padrastro llamado Nadie, a quien amó Circe, a quien amó Nausícaa, a quien amó etcétera.

Os pido que comáis el pan que es el todo, que es el cuerpo. Que si los muertos beben de la sangre, los vivos comen los manjares que los dioses arrojan desde su mundo feliz. ¡Bienaventurados los de arriba, que a veces se acuerdan de que hay alguien abajo y le arrojan un poco de maná!
¡Bienaventuradas las piedras, que también son pan para el hambriento!
¡Bienaventurada el hambre, que nos impulsa a tener sed!
¡Bienaventurados los que en campos de zafiro estrellas pacen!
¡Bienaventurados el mundanal ruido y la descansada vida!
¡Bienaventurados Quijótiz y Pancino, egregios pastores enamorados!
¡Bienaventuradas las casadas imperfectas y las reinas de Vejecia!
¡Bienaventuradas las morenas pero hermosas y las bellas con cara de diablos!
¡Bienaventuradas las Aldonzas, las Serranas y las Micomiconas!
¡Bienaventuradas las Luceros, Luciferas y Alferezas!
¡Bienaventuradas las ninfas bandoleras y las condesas del cielo!
¡Bienaventurados el rey que rabió y el polvo enamorado!
¡Bienaventurados la agudeza y el arte de ingenio!
¡Bienaventurados los que van y vienen de sus soledades!
¡Bienaventuradas las que abortan niños, estos que portan una vara de hierro!
¡Bienaventuradas las Piérides, que nos insuflan canciones!
¡Bienaventurados los que han hecho del amor un arte, y dan también un remedio contra éste!
¡Bienaventurados sean nuestros héroes Catulo, Tibulo y Propercio!
¡Bienaventuradas sean Lesbia, Némesis, Delia, Cintia y Corina!
¡Bienaventuradas Quíos, Ascra y Mantua!
¡Bienaventurado Marón, quien con rama de oro nos abre paso hacia los muertos!

Os han dicho que ni gordos ni viejos merecen ser amados. Pero yo, Pan, os digo que ninguna de las Horas desdeña al barrigudo Sileno, sino que lo montan al burro, lo consienten, le sirven el vino, hasta que se les acaba el tiempo. Que nunca fue más feliz la Aurora que con su marido canoso, para siempre suyo, un anciano mareado y olvidadizo, pero que es saludado por la gracia de los rayos con dedos de rosa cada mañana.

Os han dicho que quien lee libros no merece ser amado, porque nada sabe de la vida. ¡Dadle entonces la oportunidad de que viva, y abridle las puertas ya! Que quien lee y vive (pero leer es también vivir), alcanza un entendimiento mayor de lo que el todo, es decir yo, es. Y no porque los améis les quitéis sus libros para quemarlos, que en éstos se ilumina por fin lo que es tan confuso en lo cotidiano.

Os han dicho que las piedras son pan para el hijo del Diablo. Mas yo os digo aquí que, si el pan es cuerpo, es porque éste sabe, y que si a veces es duro, es porque así conviene dárselo a los hijos, para que ninguna blandura redentora les haga ver mal a Pan, a mí, que así como soy piedra, así también ruedo y llego más lejos que quien carga cruces y no avanza mucho. Que más sabe el Diablo de acuerdo a como sepa el pan. Según lo que sepa Pan.

Loa ríos y los bosques son las moradas de Satanás. Por eso quieren destruirlos, porque ahí mi zampoña suena, va guiando a los pastores hacia la naturaleza tan odiada por quienes prefieren progresar. Pero quien cree ir adelante se topa con mis cuernos, que habrán de atravesarlo como al joven Adonis, a quien el jabalí heroico dejó sin redaños para que cada Viernes Santo lo evocasen las mujeres. Sólo que a éstas habré de mostrarles mis mejores dísticos, que he escrito no para redimirlas, ni para redimirme yo, sino porque quien escribe necesita hacer irrisión del objeto de su amor, que a veces es también el de su odio.

Y, por último, os dijeron también que no merecen ser amados los pastores, por perezosos y porque cantan demasiado. Sólo que para ellos la vida con sus rebaños es el cielo, y aquí las estrellas son el pasto que se come y por eso se canta tanto. Que sin el canto de los pastores junto al Río del Consulado no hay Ciudad de México que valga la pena vivirse. ¡Salve, cónsules César, Pompeyo y Cicerón! Alea jacta est! ¡Crucemos el Río del Consulado, ese otro Rubicón que aguarda la victoria en otra Farsalia! Y termine aquí mi Farsantalia, de pánida estratega y emperador entre los arcadios”.

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