Reserva de Derechos
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Ciudad de México Año VII Número LXXVIII Abril 2019

 

Emiliano Zapata
(1879 - 1919)
José Luis Barrera

Cuando estaba en la secundaria, a punto de reprobar un par de materias en el tercer año, el director, Odilón Magaña, entró a cada uno de los salones de tercer grado para invitar a los estudiantes a ponerle el nombre de un héroe patrio a la generación a la que correspondíamos. Se barajaron varios nombres, y al final se decidió por Emiliano Zapata, cosa que no celebré, ya que yo mismo no sabía si al final aprobaría el curso, y por lo tanto esa no sería en realidad una celebración para mí. Fue hasta años después que revisando mis recuerdos me acordé del nombre que se había elegido (yo mismo no recuerdo ni por quien voté, porque era en verdad una época oscura de mi historia que preferí borrar casi por completo), y me percaté de mi insensibilidad a esos años, de tal manera que no pude entender la dimensión de este gran personaje de nuestra historia.

Y es que si hay un héroe patrio al que casi no haya escuchado que se le critique por sus actos, y que además ha sido señalado por su integridad, es justamente Emiliano Zapata. Lo cual no es cosa menor en un país plagado de corrupción y prebendas políticas por parte de casi todos los protagonistas del devenir histórico de México.

Benito Juárez, uno de los más relevantes protagonistas de nuestra historia, ha sido atacado por muchos frentes, pese a que hay un amplio sector que lo alaba. Lo mismo sucede con Cárdenas, y qué decir de aquellos que emprendieron una lucha criolla para separarse de la corona española, en donde el verdadero padre de la patria debería ser Agustín de Iturbide, cuyo mérito fue tener la habilidad para consumar una independencia que ya no tenía porvenir, pero a su vez carece de muchos méritos si hablamos de integridad e ideología política. Lo cierto es que nuestro país está erigido por una historia un tanto maníquea y manchada por una casi generalizada inconclusión y fracasos ideológicos. Es en ese caldo de cultivo en el que crece la imagen de “El Caudillo del Sur”.

Este es un caso icónico de nuestra historia, ya que su imagen se ha ido engrandeciendo entre sus hazañas y datos que no son absolutamente comprobables y que le crean un entorno aún más misterioso. Se dice que cuando nació el hijo de Gabriel Zapata y Cleofas Salazar, el 8 de agosto de 1879, tenía una marca en la espalda que sus padres tomaron como una señal de que su descendiente tendría un futuro excepcional. También se cuenta que desde niño veía llorar a su padre cuando los hacendados le quitaban la tierra al pueblo y que eso influenció su rebeldía.

Los que sí es un hecho comprobable es que cuando era adolescente perdió a sus padres, sin que se tenga un dato exacto de la fecha de tales defunciones. Después de quedar huérfano, sólo pudo estudiar hasta sexto grado de primaria y desde entonces se dedicó a entrenar caballos y trabajar como peón de las haciendas.

Siendo así, Emiliano Zapata era un rebelde desde su juventud, y él mismo declara en 1914 que desde los 18 años se había iniciado en la cuestión política. Otro hecho comprobable es que para 1902, teniendo el futuro caudillo 23 años de edad, ya era líder de la Junta de Campesinos de Cuautla, donde se metió de lleno a la lucha contra los hacendados por defender la tierra de los campesinos, y en 1909 fue elegido como jefe de la Junta de Defensa de Anenecuilco (su tierra natal). En 1910, decide tomar por la fuerza las tierras de Villa de Ayala para devolverlas al pueblo, las cuales estaban protegidas por el jefe de policía local.

Desde ahí comienza su carrera ya como sublevado, y justo en ese año se une al proyecto de Francisco I. Madero para derrocar al otrora héroe de guerra, Porfirio Díaz. Y si bien estaba en alianza con Madero, Zapata siempre mantuvo sus propios objetivos, centrados en una Revolución Agraria para favorecer a los más pobres. Y adoptó el lema “Tierra y libertad”, acuñado por el periodista, escritor y político mexicano, Ricardo Flores Magón.

Al final, existió un desencanto de Zapata con el movimiento maderista, ya que una vez logrado el objetivo de derrocar al dictador, se deja notoriamente en el olvido a los campesinos, como siempre, y contra lo que luchaba Zapata. A consecuencia de esta actitud del nuevo presidente, Zapata firmó el Plan de Ayala, el 25 de noviembre de 1911 en la ciudad de Ayala, Morelos. Este documento dejaba patente su desconocimiento al presidente Madero y su alianza con Pancho Villa y Venustiano Carranza.

Zapata no ignoraba que tenía muchos enemigos, gracias a lo cual evitó una primera emboscada para atentar contra él, que en agosto de 1911 el general Victoriano Huerta planeó en la hacienda de Chinameca. Desde entonces el “Caudillo del Sur” se volvió muy desconfiado, al grado que se dice que tenía un “doble”, al cual enviaba a los eventos públicos para engañar a sus oponentes (en una foto de Casasola, se ve justamente una foto de un Zapata de rasgos indígenas y de menor estatura)

Pero los planes de Zapata se ven comprometidos, ya que uno de sus adversarios, Victoriano Huerta, asesina a Madero y se apodera de la presidencia. Entonces Pancho Villa y Emiliano Zapata refrendan su alianza, pero ahora en contra del usurpador. Ahora se unen y logran un poderoso ejército que entra victorioso a la Ciudad de México en 1914, año en que se logra derrotar a Huerta, quien huye del país. Por desgracia una vez lograda la victoria, Zapata y Carranza tienen fuertes desacuerdos que los llevan a romper su pacto. En el caos que reinaba en el país luego de estos acontecimientos, Carranza y el general Álvaro Obregón formaron una alianza para derrotar a Villa y Zapata.

Es importante referir que tras la derrota de Villa en 1915 (que lo retiró a la vida privada, para luego ser asesinado en 1920), Carranza aprovechó que Zapata se había quedado sin su poderoso aliado, y en 1916 envió a Pablo González a terminar con el caudillo de una vez por todas. Hostigado por sus enemigos, Emiliano Zapata logró huir; pero el 10 de abril de 1919 fue traicionado, emboscado y asesinado (en la hacienda de Chinameca, en donde no lo lograron emboscar en un primer intento años atrás) por el coronel Jesús Guajardo, uno de los oficiales que había fingido cambiar de bando. El ladino coronel ya tenía todo preparado y había especificado a sus hombres, apostados discretamente en lugares estratégicos de la azotea, que cuando un ordenanza apostado en la entrada sonara en clarín en aparente rendición de honores, ellos dispararían en contra de Emiliano Zapata.

Y así sucedió; cuando éste pasó el dintel de la puerta lo acribillaron con más de veinte balas sobre su cuerpo. Pero la muerte de Zapata no apaciguó los ánimos de los rebeldes, quienes, junto con la mayoría de la población condenaron este procedimiento, y la figura de Zapata se convirtió en la del apóstol de la revolución y símbolo de los campesinos desposeídos. La lucha continuó, aunque con mucho menos intensidad, con Gildardo Magaña Cerda como jefe del Ejército Libertador de Sur; pero un año después los antiguos compañeros de Zapata se integrarían al gobierno aguaprietista, aunque algunos de ellos serían asesinados por el mismo gobierno.

Es ahí en donde se hacen muchas conjeturas sobre su muerte, que fueron acrecentando su leyenda. En primer lugar se ha puesto en duda reiteradamente que Zapata sea el que fue asesinado, esto debido a que se sabía de antemano que el caudillo se había vuelto muy taimado, y en esa ocasión acudió sin ninguna precaución (llevó sólo una escolta de diez hombres), no obstante que en ese preciso lugar, la hacienda de Chinameca, ya antes se había salvado de un atentado en su contra justo por ser precavido. Queda en el aire la pregunta: ¿por qué en esta ocasión no envió al doble que se decía que tenía?

Por otro lado, en los alrededores se decía de manera reiterada que el cadáver expuesto no tenía el lunar característico en la espalda, además de que tenía todos sus dedos, siendo que Zapata había perdido uno de sus meñiques haciendo suertes de jaripeo. Y como ya es costumbre nacional el negar las muertes de los personajes históricos y artísticos, al igual que Pedro Infante, Javier Solís y hasta el mismo Maximiliano de Habsburgo, entre muchos otros, se dijo que Zapata no había muerto y que se había ido a vivir al Medio Oriente; o que en las noches de luna llena, se le podía ver cabalgar en los rumbos de su natal Anenecuilco.

Décadas después, también allí ubicaban a un anciano encerrado en su casa que aseguraba ser Zapata. Lo cierto es que los antiguos compañeros de armas y gente cercana al Caudillo del Sur, fueron categórícos en la identificación del cadáver.

Pese a que la imagen iconográfica es de un Zapata adusto y serio, la verdad es que disfrutaba de los placeres de la vida, mostrándose alegre y risueño en más de una ocasión; y no obstante las dificultades de los enfrentamientos armados, Zapata nunca dejó atrás su característico atuendo de arreos charros y anillos en las manos. También continuó disfrutando de su pasiones: la “Fiesta Brava” y los caballos finos. Esta imagen, a su vez, le aseguraba la admiración de las jóvenes de cada localidad que visitaba. De hecho esta era su mayor afición, ya que desde joven fue un rompecorazones, y a lo largo de su vida tuvo nueve esposas. La primera de ellas de nombre Inés Alfaro Aguilar, con quien procreó a Guadalupe, Nicolás, Juan, Ponciano y María Elena. La segunda se llamó Josefa Espejo Sánchez y fue la única esposa oficial. Era hija de una familia de ricos hacendados porfiristas y tuvo una infancia llena de lujos hasta que se enamoró del líder revolucionario, lo cual no fue por supuesto del agrado de sus padres. A ella se le conoció como “La Generala”, y después de mantener una relación epistolar en secreto, se casó con Zapata en 1911 en San José de la Villa de Ayala. Esta pareja tuvo dos hijos: Felipe; quien murió a los tres años por una mordida de víbora, y Josefa, también fallecida, pero ésta por una picadura de alacrán.

Lo cierto es que la imagen de Zapata a veces da la impresión de ser intocable, ya que mientras que de Pancho Villa hay un buen número de películas en torno a su figura, de Zapata son pocos los intentos y de hecho con muy poco éxito. Tal parece que los directores no se han atrevido a trastocar su imagen y los que lo intentaron lo hicieron con poca fortuna. Marlon Brando, Antonio Aguilar y hasta “El Potrillo” Alejandro Fernández, han interpretado al héroe, pero ninguno de ellos logró un éxito contundente y sus interpretaciones no son rememoradas por el público.

Tal vez la mejor de ellas, técnicamente hablando es “¡Viva Zapata!”, filmada en 1952 y dirigida por Elia Kazan en la que actuó por Brando, con Anthony Quinn como Eufemio Zapata. Pero por desgracia fue producida por Darryl F. Zanuck, un anticomunista hollywoodense, que quiso advertir de los peligros del comunismo y para ello utilizó como argumentista a John Steinbeck, quien se basó en la novela de Edgcomb Pinchon: Zapata the uncoquerable, para advertir sobre como los movimientos revolucionarios se hacen tan corruptos y represivos como los líderes que intentaron derrocar, por lo que está por demás entender la razón por la que no tuvo una buena recepción en el público mexicano. Por su parte Antonio Aguilar conocido por su posición pro–yanqui no le ayudó a tener la imagen casi impoluta que se mantiene de Zapata; y qué decir de Alejandro Fernández, quien carece de cualquier capacidad actoral y que aunque no la vi, muchos comentan lo fallido de la película, en la que termina volando en su caballo el propio Zapata, motivo por el cual se hacia la broma de ser “ZaPotter”.

La fecha de su muerte es algo que tengo tan presente como lo dice en el Corrido de la muerte de Zapata de Baltasar Dromundo, que le escuché, hace muchos años a Amparo Ochoa en su disco El cancionero popular, que le regalaron a mi padre en una de las festivas visitas familiares que hicimos a Guanajuato con la familia Hernández Ferro allá en el callejón de Carcamanes:

“…Abril de 1919 en la memoria
quedarás del campesino,
como una mancha en la historia.

Campanas de Villa Ayala
¿Por qué tocan tan dolientes?
Es que ya murió Zapata
y era Zapata un valiente…”

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