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Ciudad de México Año VII Número LXXVIII Abril 2019

 

Semana Santa de 1519: fundación de Veracruz
Luciano Pérez

El Domingo de Ramos de 1519, 16 de abril, el padre Bartolomé de Olmedo, capellán de la expedición de Hernán Cortés, celebró la misa entre los tabasqueños vencidos. Los caciques de éstos obsequiaron a los españoles veinte mujeres para que les fuesen útiles (para echar tortillas, como fue tradicional definir la tarea, o una de las tareas, de las esposas o concubinas, y que todavía hasta principios de los años sesenta del siglo veinte era el ideal de mujer que las madres de familia mexicanas querían para sus hijos varones), y también para que recibiesen instrucción religiosa cristiana. Entonces Cortés y su gente, incluyendo a las tabasqueñas de regalo, abordaron las naves para ir un poco más arriba por toda la costa.

El Jueves Santo, 21 de abril de 1519, encontraron un buen sitio para desembarcar, un lugar arenoso, cercano a la isla que fue llamada San Juan de Ulúa. Ese sitio estaba predestinado a convertirse pronto en la puerta de entrada a México, pues fue ahí donde se fundó la Villa Rica de la Veracruz. Y fue llamado Vera Cruz (la verdadera cruz) porque se llegó ahí en los días santos, cuando se conmemora al Señor colgado en la cruz, la que dicen ser la cruz de la verdad, la cruz verdadera. No lo es ya para muchos de nosotros, pero eso muestra que el catolicismo español estaba imponiéndose en nuestro país.

Esa Semana Santa de 1519 sucedieron tres acontecimientos memorables a la vez, y de gran trascendencia, que procedemos a describir. El primero ya lo mencionamos, la llegada a Veracruz, al puerto a través del cual sería posible en años venideros la vida de la sociedad novohispana, pues por ahí llegarían las autoridades españolas (civiles, religiosas y militares), y los pobladores venidos desde la península con sus familias, y todas las mercancías necesarias para la subsistencia de lo que sería la colonia. A su vez, también sería la salida de los productos mexicanos hacia todo el mundo.

Sin Veracruz, no hubiera sido posible la futura conformación tanto económica como sociopolítica, de lo que sería la nación mexicana. Al establecer ahí Cortés el primer Ayuntamiento, daba por hecho que tenía pensado poblar el lugar, una cabeza de playa que le permitiría ir hacia el interior de lo que sería México, no importa lo que hubiera. Pero más adelante veremos cómo había un truco legal por parte de Cortés respecto a esta fundación.

El segundo acontecimiento fue que llegaron a Veracruz enviados del tlatoani mexica Moctezuma Xocoyotzin. Ya desde que Juan de Grijalba anduvo costeando por el Golfo unos años antes, aquél supo de los movimientos españoles y se preocupó muchísimo. Y cuando se enteró de los desembarcos de Cortés en Cozumel y Tabasco, quiso enviar representantes suyos para que hablaran con los españoles e indagaran quiénes eran éstos y qué buscaban. Dichos representantes fueron siguiendo a las naves desde la costa, y cuando los vieron bajar a lo que fue llamado Veracruz, ahí se presentaron.

Vale la pena detenernos un poco aquí. Moctezuma gobernaba un imperio muy vasto que se centraba en la ciudad de Tenochtitlan, fundada ésta en 1325 por los mexicas, una tribu venida de la mítica Aztlán, ubicada en algún lugar de Norteamérica. La urbe mexica fue construida en medio del Lago de Texcoco, porque ahí señaló su dios Huitzilopochtli que se debía construir Tenochtitlan. De ser los nahuas menos apreciados, pues otros ya habían llegado a los alrededores, los mexicas pronto lograron imponerse en el Valle de Anáhuac y llegaron a ser aquí los amos.

Moctezuma ascendió al trono en 1502. Le impresionaban muchísimo los acontecimientos raros y sobrenaturales, de modo que cuando ellos se empezaron a manifestar (terremotos, cometas, luces diversas en el cielo, una mujer que volaba y llorando decía: “¡Ay mis hijos, nos tenemos que ir!”, un guajolote con signos extraños en la cabeza), se reunió con sus magos y sacerdotes para que le diesen una explicación. Lo más factible le pareció que se trataba del anuncio del tan esperado regreso de Quetzalcóatl. Éste prometió regresar un año Uno Caña, y aunque hubo algunos antes y no había pasado nada, en el Uno Caña que correspondía a 1519 sucedieron no sólo los casos extraños mencionados, sino algo mucho más directo: la llegada de hombres blancos y barbados a la costa del Golfo. ¿Y acaso no Quetzalcóatl había sido blanco y barbado? Quizá esa gente extraña eran emisarios del dios serpiente emplumada, si no es que se trataba de él mismo.

El Domingo de Pascua, 24 de abril, los enviados de Moctezuma se acercaron a los españoles, y el intérprete Jerónimo de Aguilar fue hacia ellos para traducir lo que dijeran, pero la sorpresa fue que no hablaban maya, sino otra lengua. Se trataba del náhuatl, que Aguilar no conocía. Y entonces ocurrió el tercer suceso memorable: una de las tabasqueñas obsequiadas para ser esposa dio un paso adelante y dijo saber esa lengua. Esa mujer era Malintzin, recién bautizada ahora como Marina, la célebre Malinche, uno de los personajes más incomprendidos de nuestra historia nacional. Ella le dijo a Cortés que representaban al poderoso tlatoani Moctezuma, y que venían a saber qué hacían aquí los españoles. Uno de los enviados se sentó en el suelo y se puso a dibujar a Cortés, su gente y sus extrañas armas y caballos. Cortés les respondió, a través de Malintzin, que venía de parte del poderoso rey y emperador Carlos V, quien lo había enviado (no era verdad) a saludar al gran Moctezuma (tampoco cierto, pues Cortés no sabía nada hasta ese momento de tal tlatoani). Los mexicas le dijeron que le enviarían sus saludos, y que no se fuesen todavía, sino que esperasen la respuesta de Moctezuma, al cual llevarían los dibujos hechos a los españoles, a manera de fotografías. Cortés estuvo de acuerdo, pero antes de que se fuesen los invitó a estar presentes en la misa de pascua ofrecida por el padre Olmedo.

Cuando Moctezuma vio los rostros y atuendos de los conquistadores, pareció más convencido de que eran emisarios de Quetzalcóatl, pero tuvo temor. Por lo tanto, decidió ofrecerles regalos amistosos, pero con la respuesta de que no le era posible aceptar verlos. Es decir, que los invitaba a tomar los valiosos obsequios, y a retirarse. Al regresar los enviados (una semana tardaron en ir y venir), Cortés y sus soldados quedaron muy sorprendidos de los envíos del tlatoani, pues se trataba de un verdadero tesoro: oro, plata, joyas, en gran cantidad. Lejos de alejarlos, los regalos no hicieron más que acrecentar la codicia española. Se fueron los enviados, y Cortés se puso a evaluar lo acontecido.
Ocurrió algo más todavía, que fue lo que decidió a Cortés a dar el siguiente paso. Llegaron de algún lado cercano unas personas que querían hablar urgentemente con Cortés. Eran totonacas, que estaban sometidos al gobierno de Moctezuma, y venían a quejarse de éste, porque les cobraba demasiados impuestos y no eran bien tratados por los mexicas. Cortés, astuto, se dio cuenta de que el tlatoani tenía enemigos, y de que convenía poner de su parte a éstos. Porque además ya en su mente quedaba claro que el imperio mexica era rico, y llegar hacia él, hacia donde estaba el oro, le pareció primordial.

Primero que nada, tenía que enviarle directamente a Carlos V la parte de oro que le correspondía, el quinto real. Por supuesto que lo demás no se lo entregaría a Velázquez, pero ahora tenía que urdir alguna treta legal para que el monarca español aceptase oficialmente a Cortés como su representante. El viejo estudiante de leyes de Salamanca recordó, para fines legales, que según el derecho hispano, cuando un grupo de españoles crea un Ayuntamiento, y se puebla este lugar, oficialmente pasa a ser parte del reino de España, y nadie puede impedirlo. Así había sido en la Península, y así había sido hecho en el Caribe. Se le ocurrió pues crear en Veracruz un Ayuntamiento, y los alcaldes y regidores, así como la presunta población, serían los propios soldados de Cortés. Se le presentaría al rey un hecho consumado, y no podía negarse a darlo por bueno, dado el tesoro que se le estaba enviando. En sus “Cartas de Relación” Cortés presenta todo esto no como si fuese una idea suya, sino como un acuerdo tomado entre todos los españoles, que él no tuvo más remedio que asumir. Esa fue la verdad del nacimiento de la Villa Rica de la Veracruz. Alonso Fernández Portocarrero y Francisco de Montejo, apenas nombrados procuradores veracruzanos, se trasladaron a España con la parte real del tesoro y una carta de Cortés.

Había ahora otro problema. Algunos soldados eran leales a Diego Velázquez y no estaban conformes con los actos realizados por Cortés. De acuerdo a ellos, éste se estaba tomando atribuciones que no le correspondían, así que el oro era propiedad del gobernador de Cuba y a éste debía enviársele cuanto antes. Cortés procedió a apresarlos y castigarlos. Por otro lado, entre los demás soldados había dos grupos que pensaban de manera opuesta: unos estaban por tomar su parte del oro y regresar a Cuba; otros, por continuar, porque era seguro que territorio adentro había más tesoros, y que la capital mexica albergaba riquezas sin fin, las cuales había que tomar. Por supuesto que Cortés pensaba como el segundo grupo, dado que él mismo ya no podía ir a Cuba, al haberse declarado rebelde al gobernador; pero eran muchos los del primer grupo, que podrían verse tentados a, sin decir más, subir a las naves y volver a Cuba.

Cortés tomó la decisión que fue definitiva para su destino y el de la futura nación mexicana. Habían transcurrido los meses de mayo, junio y ya era julio, y era importante entrar en acción de una vez por todas, esto es, avanzar hacia Tenochtitlan. Mandó destruir los barcos, de tal manera que ya no fuese posible ninguna escapatoria. Este suceso se le conoce como “quemar las naves”, que indica una decisión para la cual ya no hay paso atrás. Se hizo legendario lo de ese incendio, pero en realidad sólo se barrenaron las naves, esto es, se inutilizaron. No había más que hacer, y en agosto se reanudaría el avance, ahora directamente hacia la urbe del tlatoani Moctezuma, quien ahora estaría más espantado que nunca ante la iniciativa española.

Carlos V y su corte recibieron con admiración los muchos regalos que Cortés les hizo llegar. Entre ellos iba el famoso penacho, que actualmente se encuentra en un museo de Viena, y es conocido como el penacho de Moctezuma. El ilustre artista alemán Alberto Durero llegó a ver en Flandes, tierra de Carlos V, una exposición con las riquezas mexicas, y quedó asombrado. Todo fue malbaratado, vendido, fundido. El rey y emperador pagó así sus deudas con los banqueros de Alemania. Y por supuesto, dio por buena la creación del Ayuntamiento veracruzano, y autorizó el que Cortés no le rindiese cuentas a Velázquez de nada, sino que se le dieron poderes para conquistar territorios a nombre de la corona española.

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