Reserva de Derechos
04-2013-030514223300-203

Ciudad de México Año VII Número LXXIX Mayo 2019

 

Quinto Centenario de Leonardo Da Vinci
Luciano Pérez

Cuando en 1938 Bob Kane creó a su personaje de comic Batman, recordó o alguien le dijo que había dibujos de Leonardo Da Vinci sobre un ornitóptero, es decir, un hombre con alas de pájaro. Sólo que éstas más bien parecían de murciélago, y Kane se inspiró en ellas para dibujarle alas a su Hombre Murciélago. Al final las alas quedaron en capa, pero fue por Da Vinci que Batman adquirió forma física. Esta es una muestra de las tantas facetas que han caracterizado a este hombre típico del Renacimiento, de quien en este año en todo el mundo se está conmemorando el quinto centenario de su fallecimiento.
Hace años hubo en la Ciudad de México una exposición de dibujos de Da Vinci en el Palacio de Bellas Artes. Fue asombrosa la cantidad de gente que asistió a verla, pero lo más sorprendente es que la asistencia no se dio tanto por admirar los trazos y croquis del maestro, sino para “llenarse de su energía”. Las personas vestían de blanco y sus miradas estaban extasiadas. Ello fue porque estaba de moda un supuesto Código Da Vinci, que bajo este título apareció en 2003 una novela de Dan Brown que causó furor. Este autor, que abrevó en diversas fuentes sin dar ningún crédito, expuso que en la muy conocida pintura de “La última cena”, había expresado Leonardo uno de los aspectos de la religión cristiana más oscuros y difíciles de dilucidar, ni más ni menos que la relación erótica y marital entre Jesús y la Magdalena.
Sin embargo, no era una idea original de Brown, aunque sólo fue a través de éste que fue conocida por el público en general. Años atrás en el libro “Holy Blood, Holy Grial”, de 1982, Michael Baigent, Richard Leigh y Henry Lincoln dieron a saber sus investigaciones sobre ese asunto, y especificaron que el famoso Grial, que siempre se creyó era el cáliz que usó Jesús en la última cena, no era tal, sino la propia Magdalena. Incluso llegaron más allá en su investigación: dijeron que Da Vinci fue gran maestre del Priorato de Sión, una organización ocultista que ha guardado el secreto, a lo largo de los siglos y hasta nuestros días, de que Jesús estuvo casado con la Magdalena y que tuvieron hijos, y cuya descendencia está destinada a reinar algún día en Europa.
A algunos nos da lo mismo el que Jesús haya sido casado o no, pero a muchos les hizo tambalear en su fe, de ahí que el supuesto código magdalénico de “La última cena” tuvo que parecerles inaceptable. Pero para otros fue como una grata revelación, y vieron a Da Vinci bajo otra perspectiva: la de portador de un secreto que al fin daba a saber lo que Magdalena realmente fue. De ahí que al estar presentes en la mencionada exposición de Leonardo, no sólo estaban adquiriendo la energía de éste, sino también la de la discípula de Jesús, hoy considerada precursora del feminismo moderno.
Aparecieron otros libros sobre Leonardo que causarían asombro, y quizá consternación, como el de Lynn Picknett “Sobre la Sábana Santa de Turín, o de cómo Leonardo Da Vinci engañó a la historia”, de 1994. Aquí se describe cómo es que el rostro de Jesús impreso en la famosa sábana santa o sudario de Turín, no es otro que el rostro del propio Leonardo, quien haciendo uso de avanzadas, para su tiempo, técnicas ópticas, quiso hacer una broma a propósito de la credulidad de la gente. Lo que en esa sábana hay es, entonces, una fotografía facial del viejo Da Vinci. Por otro lado, la propia Picknett hace notar también que el venerado cuadro de “La Virgen de las Rocas” no es más que una conjunción de imágenes fálicas; y asimismo dice que la “Mona Lisa” es la propia imagen de Leonardo joven, y por eso sonríe, burlándose del espectador. Obviamente para los historiadores académicos del arte nada de esto puede ser verdad, pues ¿cómo un hombre tan ilustre podía dejar de ser serio? Mas con Leonardo cualquier cosa podía ser posible, ¿no era acaso un inventor eminente?
Nació el 15 de abril de 1452, un año antes de que el Imperio Bizantino se derrumbara estrepitosamente, suceso este último que concluye la era medieval y con el que se inicia la era moderna. Su lugar de nacimiento fue la villa toscana de Vinci, situada entre Pisa y Florencia, y su padre, Ser Piero, fue un rico notario florentino. Sabedor de las habilidades de su hijo para el dibujo, el padre lo inscribió en el taller del maestro Andrea del Verrochio (1435-1488), un celebrado artista florentino, notable como escultor. En su cuadro “El bautismo de Cristo”, uno de los ángeles arrodillados es su propio discípulo Leonardo.
Y como debe ser, la tarea primordial de los mejores alumnos es la de deshacerse cuanto antes de su maestro, y eso hizo Leonardo, yéndose a Milán para ponerse a las órdenes del duque Ludovico Sforza. Estamos acostumbrados a ver a Da Vinci como pintor, o lo estábamos antes de la novela de Dan Brown, pero en realidad él sobresalió en su época como ingeniero militar, y como tal es que fue contratado por las cortes italianas, que necesitaban de conocimientos así para vencer a los enemigos, por las constantes guerras que había entonces en Italia. Se hizo sobre todo un experto en artillería. Hizo esbozos de todo tipo de máquinas de combate (incluso prototipos de un tanque, de un submarino, y de un helicóptero), aunque no todo podía realizarse por falta de materiales. Pero en lo que se pudo, sus cañones y explosivos dieron temibles resultados en los campos de batalla.
También estaba interesado en lo que hoy llamaríamos robótica. Una página de la importante obra de Carl Burckhardt, “La cultura del Renacimiento en Italia” (quinta parte, capítulo 8), nos describe algo del trabajo de Leonardo a este respecto: “En Milán dirigía Leonardo Da Vinci las fiestas del duque y también las de otros grandes; una de sus máquinas, que podía competir con aquella famosa de Brunellesco, representaba un planetarium, de colosales dimensiones, en pleno movimiento, y siempre que un planeta se acercaba a la novia del duquesito, Isabel, salía del ígneo globo el dios correspondiente y cantaba los versos compuestos por Bellincioni, el poeta de cámara (1489). En otra fiesta (1493) figuraba ya, entre otras cosas, bajo un arco de triunfo en la Plaza del Castillo, el modelo de la estatua ecuestre de Francesco Sforza. Por Vasari sabemos asimismo con qué ingeniosos autómatas contribuyó Leonardo a dar la bienvenida oficial a los reyes de Francia como señores de Milán”. Tales autómatas son los que hoy conocemos como robots.
En 1499 partió de Milán, ya ocupada por Francia, hacia Venecia, para otras labores de ingeniería militar. En 1503 regresa a Florencia, a la sazón gobernada por César Borgia, pero no pareció hallarse a gusto porque tres años después vuelve a Milán, contratado por el gobernador francés. En 1513 trabaja en el Vaticano para el Papa, y a partir de 1516 se va a Francia con el rey Francisco I, y lleva consigo su cuadro de la Mona Lisa, el cual le vende al soberano francés por una buena cantidad de oro, y por eso la célebre pintura está en el Louvre de París. Es allá donde muere el 2 de mayo de 1519.
Habrá que reconocer, sin embargo, que por muy prodigioso inventor y científico que haya sido, Leonardo no hubiera logrado la gran fama que obtuvo después de muerto, de no ser por esas dos imágenes que desde que fueron creadas nunca han dejado de estar presentes en la imaginación de todo el mundo: la “Mona Lisa” y “La última cena”. La primera, pintada en 1503 y que sorprende porque es un cuadro no muy grande, ha sido objeto de todo tipo de especulaciones, y también muchas veces se han hecho variaciones pictóricas sobre ella (se le han pintado bigotes, le han puesto lentes para el sol, le han colocado nariz de payaso, etc.) Las preguntas que se han hecho desde hace siglos siguen en pie, y no han podido ser satisfactoriamente contestadas. ¿Existió Mona Lisa? ¿Por qué sonríe? ¿Quién es realmente esta mujer, o acaso es hombre? Un relato del escritor austriaco Alexander Lernet-Holenia (1897-1976) titulado “Mona Lisa” (incluido en su libro de cuentos “Mayerling” de 1960) procura elucidar la verdad. Ahí dice que al célebre cuadro también se le llama “La Gioconda”, no tanto porque ella sonriera en la imagen, sino porque fue mujer de Francesco del Giocondo. Este rico florentino tuvo tres esposas: Mona Vanna, Mona Bice y Mona Lisa. Las tres murieron. Mona Lisa murió de peste, pero Giocondo hizo que la enterraran en un suntuoso monumento funerario. Sin embargo, alguien descubre que está vacío, y Leonardo le dice en confianza a ese alguien que la Mona Lisa fue llevada a la fosa común, pero su marido no quiso que se supiera.
Ahora vayamos a la imagen más polémica. “La última cena” es un mural pintado entre 1495 y 1498 para el refectorio del monasterio de Santa María de la Gracia, de Milán. Ha sido restaurado muchas veces por el constante deterioro que ha sufrido y que sigue sufriendo. Como la “Mona Lisa”, se ha reproducido millones de veces, y en todos los hogares católicos del mundo ha sido usual ver la imagen en la pared central del comedor. Quizá ella no se siente bien cuando está en un lugar que ya no es cristiano, o los seres que habitan este sitio no lo toleran. En mi casa el cuadro fue tirado de la pared varias veces, lo volvíamos a poner y se caía de nuevo. En el último intento por colocarlo, salió disparado por el aire. Decidimos ya no ponerlo. Es en “La última cena” donde se centra toda la cuestión de cómo es que Jesús y la Magdalena fueron casados. Ahora se dice que el personaje tradicionalmente conocido como el joven Juan evangelista es en realidad Magdalena, pero esa no fue la idea común hasta las investigaciones recientes que hemos descrito antes. Y se especula que no hay ningún cáliz en el cuadro, porque éste lo es la propia Magdalena, quien supuestamente ya va embarazada con el hijo, o la hija, de Jesús, y es por tanto portadora del Grial, de la sangre real de Jesús. Pero puede ser que el cáliz para el vino ya no esté en la imagen por haber concluido la cena y se recogió. En apoyo de la idea magdalénica se aducen párrafos de los evangelios apócrifos, que son tomados como verdad cuando ni siquiera de los cuatro evangelios aceptados como oficiales hay seguridad de que digan lo cierto.

No obstante, en alguna importante versión medieval, el “Perzeval” del alemán Wolfram von Eschenbach, el Grial no es el cáliz físico (y tampoco podría serlo el cáliz simbólico del cuerpo de Magdalena), sino que es la joya que cayó de la corona de Lucifer cuando éste fue expulsado del cielo por exigir sus derechos.

Que cada quien elija el Grial que mejor le convenga. Y si Da Vinci tiene la última palabra, jamás la sabremos.

Nos conformamos con admirar su pintura, que los expertos en arte lamentan haya sido tan escasa; fue así porque la principal de sus habilidades se centró en la de inventor de máquinas de guerra.

Regresar