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Ciudad de México Año VII Número LXXIX Mayo 2019

 

Niccoló Maquiavelo
(1469 - 1527)

José Luis Barrera

El término maquiavélico ha sido utilizado en muchas ocasiones sin conocer un mínimo de esa doctrina política, y en otros muchos casos sin conocer ni siquiera a Nicolás Maquiavelo, en cuyo pensamiento dicha expresión se basa. Lo cierto es que lo más común es escucharlo con una carga despectiva para describir y condenar prácticas inmorales o malévolas, sin conocer la verdadera intención que tenía el autor. Se le dice maquiavélica a la mujer que engañó a su esposo y le quitó todas sus propiedades, al vendedor que miente para colocar un producto, o al estudiante que saca sus estudios comprando sus calificaciones. En todos los casos contiene un carácter inmoral que en apariencia mantiene una semejanza con el postulado de Maquiavelo, pero ya muy lejano a los fines que busca originalmente el autor (comenzando con la moral de la que quería desvincular sus postulados, que era muy distinta a la moral que se usa en nuestros tiempos). Maquiavelo en realidad propone cuál ha de ser el príncipe o gobernante ideal, fundándose en su experiencia política como secretario de príncipes y en sus múltiples lecturas como historiador. Le obsesiona sobre todo cómo ha de ser el caudillo que logre la unidad e independencia de Italia, víctima de numerosas intrusiones exteriores y divisiones internas en múltiples repúblicas que luchan celosamente entre sí.

Lo cierto es que La teoría política de Maquiavelo parte del análisis de los problemas que plantea la creación y mantenimiento de un Estado moderno, proponiendo soluciones prácticas, basadas en un nuevo concepto de virtud que deje al margen la moral cristiana que existía en su época, lo cual le llevó a considerar válido todo recurso que permita sacar provecho de la fuerza y habilidad del gobernante, pudiendo recurrir incluso a la crueldad y al engaño para imponerse a sus enemigos. Es así que la contribución del maquiavelismo, que resultó fundamental para la doctrina política europea, fue la separación de la ciencia política de la moral y de la religión.

Maquiavelo escribió El príncipe entre 1513 y 1520, mientras estaba exiliado de Florencia, pero fue publicado de manera póstuma en 1531; ahí se manifiestan los elementos más significativos de su pensamiento político. Maquiavelo había servido al gobierno florentino en varias posiciones desde 1498, llegando a ser secretario del segundo canciller, lo que implicó numerosas misiones diplomáticas.

En el curso de estos viajes al extranjero, Maquiavelo se encontró con muchos de los personajes que figurarían prominentemente en esta obra, como César Borgia, el hijo del papa Alejandro VI. La obra está dirigida a Lorenzo de Médici, conocido como “el Magnífico”, a quien Maquiavelo explica cómo actuar y qué hacer para unificar a Italia y sacarla de la crisis en que se encuentra.

Del capítulo 15 al 19, Maquiavelo delineó las virtudes que necesitaba un nuevo príncipe. Al comienzo del capítulo 15 no le dedicó mucho tiempo para las repúblicas o las utopías idealizadas, "dado que mi intención es decir algo que resulte de utilidad práctica para el investigador, he considerado apropiado representar las cosas como son de verdad en la realidad, en lugar de como son imaginadas". Y el deseo de Maquiavelo de reflejar la "verdadera realidad", tal como la entendió, lo llevó a alterar e ignorar aspectos de la plantilla ética clásica y cristiana que había dominado durante siglos, la teoría política medieval y renacentista.

La principal fuente de Maquiavelo para estos capítulos fue Sobre los deberes o de oficios de Cicerón, la obra más popular de la prosa latina clásica en el Renacimiento. Esta, que es una de las obras finales de Cicerón, era una discusión sobre los principios básicos del deber moral y las reglas prácticas para la conducta personal; estaba dividida en tres libros, y en el tercero de ellos examinó el conflicto entre la rectitud moral y la conveniencia. Los enfoques de Cicerón y Maquiavelo a este tema divergieron marcadamente: Para Cicerón, no había conflicto: "Nunca es conveniente hacer el mal, porque el mal siempre es inmoral; y siempre es conveniente ser bueno, porque la bondad siempre es moral". Sin embargo, Maquiavelo reveló una visión menos idealista sobre el asunto: "Si un príncipe quiere mantener su dominio, debe estar preparado para no ser virtuoso, y hacerlo o no de acuerdo con la necesidad". Mientras que ciertos vicios podrían traerle al príncipe "seguridad y prosperidad", ciertas virtudes podían conducir a su caída, advirtió el florentino.

Respecto del engaño, Cicerón era igualmente claro: la verdadera gloria no provenía de pretextos o engaños, ni siquiera en tiempos de guerra, cuando a menudo se presentaba un curso de acción deshonroso pero conveniente. Cicerón describió la fuerza y el fraude como pertenecientes al poderoso león y al astuto zorro respectivamente, siendo ambos "totalmente indignos del hombre". Maquiavelo utilizó la misma analogía del zorro y el león en el capítulo 18 de El príncipe, aunque de una manera marcadamente diferente: el nuevo príncipe necesitaba saber cómo comportarse como zorro tanto como león (el león no sabe evitar las trampas, mientras que el zorro no sabe cómo defenderse de los lobos, por ello, el príncipe debe ser capaz de evitar las trampas, como el zorro, pero también de aterrorizar a los lobos, como el león), porque la fuerza sin astucia lo llevaría a la ruina: "Un gobernante prudente no puede, y no debe, cumplir su palabra cuando lo pone en desventaja", advirtió. Su razonamiento era cínico pero preciso: "Si todos los hombres fueran buenos, este precepto no sería bueno; pero como los hombres son criaturas miserables que no cumplirán su palabra por ti, no necesitas cumplir tu palabra".

Ahora bien, al referirse a la crueldad, dice que de ninguna manera podría ser conveniente, porque "la crueldad es más aborrecible para la naturaleza humana". Maquiavelo examinó el tema en el capítulo 8, dando cuenta de las carreras de dos líderes crueles pero efectivos: Agatocles (361-289 A.C.), el tirano griego de Siracusa y rey de Sicilia; y Oliverotto de Fermo (circa 1475-1502), un mercenario que asesinó a su tío para tomar el control de su ciudad natal, Fermo. Después de relatar sus acciones, Maquiavelo concluyó: "Podemos decir que la crueldad se usa bien (si es permisible hablar así de lo que es malo) cuando se emplea de una vez por todas, y la seguridad depende de ello". En otras palabras, la crueldad puede ser mala,, pero el nuevo príncipe debe usarla para mantener su estado.

Por lo demás, Maquiavelo nunca alentó el comportamiento inmoral por sí mismo. Además, para él había un límite último que no podían rebasar los nuevos príncipes cuando debían comportarse inmoralmente: no debían incurrir en el odio de sus súbditos. Evitar el odio era el límite de cualquier conducta desviada, un punto que Maquiavelo enfatizó en varias ocasiones en El príncipe:
“la gente se queja de los avaros, pero no los odia” (capítulo 16);
“es mejor ser temido que amado, pero evitar el odio es preferible a cualquiera de los dos” (capítulo 17);
“mientras que la fortaleza más efectiva no es odiada por tus súbditos” (capítulo 20).

Como dejó en claro Maquiavelo, su consejo reflejó las circunstancias de los lectores para quienes estaban previstos. Desafortunadamente para la reputación de Maquiavelo, esas circunstancias cambiaron entre 1513, cuando comenzó a escribir El príncipe, y 1532, cuando se publicó. En esos diez y nueve años transcurridos, la Reforma se extendió por Europa, cambiando por completo el contexto de su obra. De hecho algunas de las primeras y más violentas reacciones contra esta misma fue la del Cardenal Reginald Pole (el último arzobispo católico de Canterbury), que afirmó en 1539 que el libro estaba "escrito por el dedo de Satanás", así como la del abogado francés Innocent Gentillet, y fueron desencadenadas por eventos religiosos: la Reforma anglicana y la Matanza de San Bartolomé, en 1572. La crítica de Gentillet fue posiblemente la responsable de la difusión popular de "maquiavélico" en su sentido moderno y negativo.

Y a fines del siglo XVI, Maquiavelo se había convertido en una figura retórica, el maquinador del drama isabelino y jacobeo, más que una figura de autoridad. Sin embargo, muchos de los detractores de Maquiavelo no leyeron El príncipe ni trataron de "conversar" con él de la manera que Maquiavelo había hecho con los antiguos. Con todo esto debemos decir que Maquiavelo no merecía tal demonización. El único fin que justificaba "astucia, intriga y duplicidad", en opinión de Maquiavelo, era el mantenimiento del estado de un nuevo príncipe. Si toleraba la "conveniencia en preferencia a la moralidad", era sólo porque los hombres eran "criaturas miserables" que se comportaban despreciablemente. El espejo del nuevo príncipe de Maquiavelo reflejaba las imperfecciones de sus súbditos y tiempos, tanto como las cualidades positivas del gobernante.

En los capítulos finales, Maquiavelo hace un balance sobre las causas por la cuales los príncipes de Italia han perdido sus Estados, y enumera, entre ellas, carencia de ejércitos, mala relación con el pueblo, así como falta de previsión y de decisión al actuar. Por todo lo anterior, cierra la obra exhortando al príncipe a liderar Italia y liberarla de los bárbaros, es decir, de los extranjeros.

Como ya se dijo, El príncipe es la obra que da origen al término maquiavélico, y pese al desprestigio de que ha sido objeto este mismo a través de los tiempos, en realidad el libro es de gran valor por su conocimiento de la psique humana, el sentido común y el pensamiento pragmático. Hoy en día, es un libro ampliamente leído y consultado en temas de estrategia política y de negocios. Por supuesto que quien consulte y atienda los consejos de esta obra tendrá más éxito que aquellos que leen cientos de libros de autoayuda y superación personal, que dan muchas concesiones a la verdadera naturaleza humana. Todos los que escriben de “como han logrado el éxito”, sólo ponen lo que suena agradable, nunca nos dirán las acciones terribles que han hecho para conseguirlas. Maquiavelo, por su parte, por ser más directo y realista no es bien visto desde la doble moral de la sociedad.
El no conocer la obra de Maquiavelo también ha llevado a adjudicarle la frase de “El fin justifica los medios”, y lo podemos ver en varios sitios de internet que así lo dicen. Lo cierto es que la mayoría de los expertos e historiadores coinciden en señalar que la famosa cita, en realidad es la variación de una frase extraída del texto en latín Medulla theologiae moralis de 1645, cuyo autor es el teólogo alemán Hermann Busenbaum y cuya frase contenida en dicho texto dice: Cum finis est licitus, etiam media sunt licita, cuya traducción sería “Cuando el fin es lícito, también lo son los medios”.

Celebremos entonces a un autor desprestigiado por la falta de conocimiento a 550 años de su nacimiento, sobre todo resaltando el valor de su obra.

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