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Ciudad de México Año VII Número LXXIX Mayo 2019

 

El niño
Luciano Pérez

“Incipe, parve puer, risu cognoscere matrem” (“Empieza, niño pequeño, a conocer a tu madre por su risa” Virgilio, Égloga IV, 60)

¡Ay de los ríos de nuestra Ciudad de México! ¿Quién se los habrá llevado, u ocultado? ¿Por qué, cómo y cuándo? Nuestros ríos son las vidas que van a dar al mar, que ya no hay. Mar texcocano, cubierto por el polvo del desierto traído por hombres nefastos. ¡Ay de nuestros ríos, que se tuvieron que ir! ¡Ay, que se los llevaron! ¡Ay! Que si siguen abajo, ¿quién habrá de sacarlos, para que luego lo acusen de impedir el progreso de la nación?

960. El niño de cuatro años llegó a visitar a sus abuelos. Éstos se habían mudado del Centro de la Ciudad de México, y ahora habitaban al norte de ésta, al otro lado de un río que corría por ahí, llamado el Río del Consulado. La vecindad colonial en la que los ancianos vivieron, en el Puente del Cuervo (República de Colombia), tuvo que ser desocupada, y ellos se fueron a una modesta construcción frente al río mencionado, así que el niño fue por primera vez a visitarlos ahí. Él, por supuesto, prefería la vieja casa, tan llena de los fantasmas de otrora; de frailes y monjas que bailaban, que siguen bailando, en las escaleras añejas. Pero ahora, en la nueva, ¿qué podía haber, al no tener mucho tiempo de construida? Los espectros requieren de largos años para que puedan aparecerse. Sin embargo, el niño no sabía que ahí se encontraría con el mayor de los fantasmas de la ciudad.

Entonces, bajó del camión junto con su madre. El transporte no iba más allá, sólo llegaba hasta donde el río corría, y el niño y su mamá tuvieron que atravesar un puente. Esa fue la primera sorpresa: ¡el agua! Que es como una madre, a la que hay que conocer por su risa, y su correr es tan lleno de encanto y de encantamiento, ya que ahí las ondinas ríen mientras nadan y se bañan, cantan y se peinan, se secan al sol y vuelven a sumergirse.

Esa agua que aquí fluía era ya la última de la Ciudad de México. Todos los ríos de ésta habían sido entubados para lograr hacer que la vida urbana fuese fea, y sólo faltaba un tramo de este Río del Consulado, que desde 1944 estaba siendo hecho avenida, pero no se había concluido con la obra destructora. Así que el agua estaba terminando de irse, y por eso no hay más Lago, para que haya casas, casas por todos lados, y coches; casas donde no debe haberlas, casas para toda la gente que viene y yace y muere, y sus hijos y sus nietos continúan para prolongar el desierto, y el agua se va, se fue, la madre, la risa.

Que la madre es agua nadie lo duda, desde Homero el de Quíos y desde Tales el milesio. Uno nace de ahí, uno llega de ahí. El niño, asombrado, se deleita viendo tanta, como nunca ha visto, pues sólo conoce la de llaves, piletas y regaderas. Y él, que es hijo de un marino… Y los marinos andan entre sirtes, rocas que chocan, sirenas que vuelan, cantan y matan, y gigantes que arrojan piedras a los barcos.

El agua es de los ríos, de las fuentes, de los manantiales, de los pozos, de los mares. Y este Río del Consulado fue parte del gran Lago de Texcoco, aquel que los nahuas vieron al llegar al Valle, y creyeron que sus aguas serían la eternidad que rodearía la nueva urbe que fundaron. ¡La belleza es agua que se vive, y con la que se muere! El agua del Anáhuac, única, que ahora estaba todavía en el Río del Consulado, uno de los últimos ríos, quizá el postrero, de tantos que iban y venían por la ciudad mexicana. Cortés quiso que la capital española fuese aquí, sólo que por la peor razón posible: para que Cristo y su Iglesia imperasen donde antes los ídolos de los diablos eran adorados. Sin embargo, Cristo fue un ídolo que sustituyó a los otros, y no fue menos diablo que ellos.

El niño no confía en el llamado Señor desde que un día lo vio, con horror, en aquella casa vieja del Puente del Cuervo, en un retrato en la casa de los abuelos que le metía pavor en el ánimo, un Cristo de tinieblas que se había sacado el corazón para que todos lo viesen y se echasen a correr. Ese Cristo fue el que trajo Cortés, y entonces se inició el fin del Anáhuac: la construcción de la capital. Entonces, las aguas tenían que irse, seguro que por estar llenas de diablesas natatrices de toda índole, y el desagüe del Valle fue matando la belleza. “¡Fuera el agua, fuera el agua!”, dijeron los españoles, y Cristo les dio no sólo la cuenta y la razón, sino también, por supuesto, la bendición. Y este Cortés, legalista de la universidad de Salamanca, hizo oficial mediante notario la fundación de la Ciudad de México, en el entendido de que ésta sólo sería posible sin el agua.

El niño, entonces, desconfiaba del ídolo Jesús, y se solazó ahora al ver el río que fluye, claridad para el ánimo, espejo para los ojos, cristal de la madre que desde el Mar Egeo llegó al Anáhuac para que la vida fuese. Y, por supuesto, aquí en el Lago estuvo uno de los hijos de esa madre que sonríe, el dios de los caballos y de los terremotos, de los océanos y de las profundidades del mar: Poseidón sin alegoría, quien supo que los artificios de la otra madre, la de Amecameca, no podían comprenderse mientras no se entendiese cuánto de griego había en ello. Más le valdría al Marqués de la Laguna haberse ahogado, a todos los quiere hundir Poseidón, ya que alguna vez el Lago habrá de volver a ser lo que fue.

Por supuesto, también hay ríos en el infierno, ahí donde todo es abundancia; donde Plutón alimenta con granadas a su esposa, y donde Caronte exige el pago o no hay viaje hacia lo que llaman la tristeza. Mas el Río del Consulado no parece ser este tipo de corriente, sino que más bien los romanos le dieron el nombre. El niño ha visto en sus atlas de colores los ríos itálicos: el Tíber, el Arno, el Po. ¿No es el Consulado uno como estos? ¿No es por los cónsules de los quirites que se llama así?

El niño recuerda haber soñado a la monja de Amecameca, una altísima mujer, o al menos así le pareció a él. La soñó metiéndose hasta la cocina de la casa del niño, preguntando por alguien. No le dio a él miedo, pero de alguna manera la religiosa se imponía con su presencia, y al decirle el niño que no estaba la persona que buscaba, ella le dijo que convenía que él conociese a los dioses, no sólo a los de esta tierra, sino más bien, y mejor, a los del Egeo. Algo le explicó ella sobre la diosa madre vaca Isis, y sobre el dios del mar y de los caballos, que entonces no pudo entender, pero que ahora que estaba viendo el río, por fin se le clarificaba todo.

Un río como de inundación de Castalia, como esta misma madre de Amecameca propone, en alusión a la fuente de donde proceden las hermosas y elegantes palabras, así como también las oscuras y aun tenaces. La madre monja que quizá habría estado mejor como pastora, que como cocinera o contadora, y que de su claustro saliese hacia los rebaños, que esperan los conduzca hacia los pastos aledaños al Río del Consulado, a beber de las versos, de los amores, de los enigmas, los acertijos y las adivinanzas.

Pero así como Cortés vio el Anáhuac habitado por diablos, se creyó que estos mismos seguían ahí, un escarnio para el Señor, y ahora señores del agua y que procuraban funestas inundaciones para la ciudad. El desagüe fue la solución para echarlos fuera, para que mediante un canal el agua fuese devuelta al Orco, adonde pertenecía.

La Iglesia de Cristo vio ello con aprobación, de modo que ¡por el desagüe se van las seductoras de almas, las insolentes ninfas y sirenas, esas perpetuadoras de adulterios! ¡Al desagüe los aliados de la serpiente antigua, esa que ha llenado de endemoniadas y embaucadoras los conventos y las casas de la capital de Nueva España!

Y fue así que, de acuerdo a la madre de Amecameca, a nuestra urbe, sobre las olas fabricada, una isla veneciana (“césped titubeante”) que ciegos e ignorantes paganos fundaron, o bien alguna “providencia misteriosa”, es el marqués de la Laguna quien habrá de salvarla acabando con el agua¨; él, comandante neptúnico de estandarte azul y colmado de tritones y caballos, de paredes y marquesas a lo divino. El temor a la “muerte por agua” hizo que muchos creyeran como deseable el “tan necesario como ingenioso desagüe”, por donde “fluyeran las copiosas aguas del Peneo”, es decir, las de Texcoco, hacia la nada, que desde entonces fue vocación mexicana deshacerse del agua y tirarla. Que sólo importó ya que sobre el “océano de colores” se construyesen casas y más casas, se llenase todo de autos y de negocios y de basura y de seres humanos enloquecidos por el ruido y el polvo de ese interminable desierto que es el oriente de la Ciudad de México.

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