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Ciudad de México Año VII Número LXXX Junio 2019

 

El albur y la cultura popular: homenaje a Lourdes Ruiz
Luciano Pérez

Se ha dicho que una de las características de la alta cultura, en contraste con la cultura popular, es que no utiliza las consideradas “malas palabras”, mejor conocidas como groserías o leperadas. Circulan en las redes presuntuosos posts y memes donde se expone cómo las altas personalidades de la cultura no empleaban jamás palabras groseras. Por ejemplo, ponen a Sor Juana diciendo: “¡Chinguen a su madre los hombres!” Y una escandalizada voz le advierte: “¡Pero, Sor Juana, no puedes decirlo así!” Ella, dizque responde: “Es verdad, mejor de este modo: ‘Hombres necios que acusáis a la mujer…’ etc.” Sin embargo, es bien sabido que la mayoría de los grandes de la alta cultura se expresaban de modo lépero, y si no lo hacían en sus textos publicados, era por los prejuicios sociales.

Pero eso no es del todo cierto. En las letras griegas y latinas, sus autores, que hoy son considerados los artífices de la cultura en su más alto nivel, muchas veces no escatimaban las groserías en sus obras al alcance del público; como Aristófanes, quien en sus comedias tiene todo tipo de frases escatológicas, que divertían mucho y que siempre causaron problemas a sus traductores, que no hallaban la manera de no molestar los oídos de los lectores. O Catulo, que en uno de sus poemas con todas sus letras dice: “Yo os daré por el culo y por la boca”. Mucho de este material grosero grecorromano fue hecho desaparecer por los cristianos, empeñados en acabar con todo paganismo.

Demos ahora un salto en el tiempo. En la palabra Tepito lo fálico aflora al instante. Ya desde ahí el destino del barrio estaba explícito: la de ser cuna de los léperos. Tepito estaba a las afueras de la capital de la Nueva España, dos cuadras en realidad, y de ser sólo un pueblo indígena se fue llenando con todos los desclasados y descastados del virreinato, de todos aquellos que no tenían cabida social en éste. De ahí fueron surgiendo unos extraños e híbridos personajes de habla rasposa, vestir estrafalario (y a veces ninguno, apenas una sábana cubriendo el cuerpo), sin inhibiciones y casi siempre empulcados, con una manera grosera de expresarse; todo lo cual causó horror entre los habitantes de la capital. Los alguaciles hicieron lo posible por echarlos fuera de la traza que separaba Tepito y la ciudad, pero volvían a colarse. Aparte de la indumentaria, lo que provocaba rechazo era su lenguaje, salpicado, y salpicaba, de eso que fue considerado por recatados criollos y españoles como “peladeces”, por venir de gente pelada, es decir, sin ropa, y por lo tanto sin cultura.

Los cronistas procuraron hablar lo menos posible de estos léperos. Nos dicen que hubo un negrito poeta que andaba en las calles elaborando versos según la ocasión. Es probable que fuese un lépero tepiteño, quizá un poco más ilustrado. De su vasta producción, se nota que fueron hechos desaparecer los poemas groseros, pero por ahí quedó esta cuarteta dedicada a dos mujeres: “Dos flores habéis perdido, / ambas en edades tiernas, / una por abrir las manos/ y otra por abrir las piernas”.

Pero ya es tiempo de que vayamos a nuestro tema, el albur. Carlos Monsiváis, autoridad en el asunto, dijo alguna vez que el albur “es un juego de palabras donde el que pierde es devorado sexualmente” (en “Ortodoxia y heterodoxia en las alcobas: hacia una crónica de las costumbres y creencias sexuales en México”, de 1995). Hay dos maneras de decir groserías: una, de agresión directa, que es la más conocida y difundida. Alguien enojado le dice a otro “¡puto!”, y entonces se agarran los dos a golpes. Obviamente el albur no es esto. La otra manera es más sutil, donde la grosería no sólo no necesita decirse directamente, aunque queda implícita en lo que se dice, sino que no hay intención violenta, sino de jugar con las palabras, sacándoles a éstas todo el doble o triple sentido que puedan tener; dejando claro, por supuesto, que ese sentido escandalice a las buenas conciencias. Los que se alburean sonríen con los labios y con los ojos, así que es un auténtico diálogo, sólo que en otra dimensión. Y como dijo Lourdes Ruiz en una entrevista: “tienes que tener mucha creatividad para poder disfrazar las palabras”. Y además, “el albur es para reír, para divertirnos, no para agredir”.

Pocos tepiteños logran ser vistos y reconocidos más allá del barrio, al ser ya desde la época colonial despreciados (y temidos) por ser pobres y groseros. Lourdes Ruiz Baltazar, nacida en 1971 en Tepito, fue conocida como la Reina del Albur, e incluso pudo publicar un libro, bajo el expresivo título de “Cada que te veo, palpito”. El albur, como casi todo en la cultura popular, es de origen anónimo, producto del ingenio de mucha gente y que ha sido transmitido de una generación a otra, lo que no impide que a veces puedan modernizarse las expresiones, o crear otras nuevas.

Entre los atractivos del teatro de revista, de las carpas, en el México de mediados del siglo veinte, estuvo no sólo el de ver ahí a muchachas en poca ropa bailando y cantando, sino también el de escuchar los albures de los cómicos. Al cine no llegó nada de esto, pero según contaban los abuelos, Cantinflas, Medel, el Panzón Soto, Clavillazo, Palillo, eran expertos en las frases de doble sentido. Aunque aquí las frases debían ser en extremo trabajadas, porque la autoridad estaba al pendiente de cualquier alusión política. En la década de los setentas eso fue más abierto, de tal manera que hubo obras con títulos como: “La cosa se nos puso dura”, “Los aprietos de una chichi-meca”, “El coyote cojo”, “Cuando me río se me sale”, etc. Alfonso Zayas, el Caballo Rojas, y muchos otros se dieron vuelo diciendo lo que nadie (excepto los tepiteños) se atrevía a decir.

Sin embargo, un tepiteño no necesita ir al teatro a oír albures, puesto que todos los días vive en el albur mismo. Y como dijo Lourdes Ruiz, “el albur es muy dado a referirse a los genitales, del hombre y de la mujer”. Hay mil maneras de referirse, tantas como el ingenio lo permita, y muchas veces el pene tiene género femenino, y la vagina masculino. En ambos casos se puede decir: “¡agárramelo!” o “¡agárramela!”, para dolor de quienes se empeñan en estrictas significaciones femeninas o masculinas, pues para el albur da lo mismo. El pene puede ser ella, y la vagina ello; aquél es la negra, y ésta es el chango.

Lourdes Ruiz siempre fue muy clara al señalar el origen de su destreza alburera: la aprendió con los chamacos y chamacas de la escuela y de la vecindad, oyendo a los tianguistas y también a los borrachitos; y asimismo, como tiene que ser, leyendo los letreros y viendo los dibujos groseros en las paredes de los baños. En el albur, como dijo Monsiváis, hay que ganarle al otro, chingárselo, o cogérselo, según, pero todo en un nivel estrictamente semántico. Un chamaco, sonriente, le dice a otro: “¡Chinga a tu madre!”, y el segundo le contesta, con una mayor sonrisa y con un dejo irónico: “¡Mamacita!” Y el primero, sin rendirse, responde: “¡Abuela!”. Este último chamaco se vuelve hacia los presentes y comenta: “¿Verdad que me lo chingué?” En los setentas un niño tepiteño era experto en hallarle giros groseros a las canciones de moda, como esta de José José: “Qué triste fue decirles adiós, cuando me los cogí a los dos…” Y cuando empezó la computación hizo furor aquello de: “Yo computo, y tú computas”.

En cuanto a los borrachitos sería inagotable todo cuanto dicen entre su delirio. Los textos en los baños son tradicionales, igual en escuelas que en oficinas, y lo mismo hay en los de damas que en los de caballeros. Algunos son ya antiguos, quizá se remontan al Negrito Poeta mismo, como el que dice: “Si tu padre fue pintor, y tú heredaste los pinceles, / píntale las nalgas a tu madre y no pintes las paredes”. Hay dibujos de penes (el ilustre e infaltable gallito inglés), de vaginas (la muy querida Doña Josefa o Josefina), y todo tipo de alusiones groseras a compañeras y compañeros, amigas y amigos, maestras y maestros, jefas y jefes, etc.

Lourdes Ruiz falleció el 14 de abril del presente año 2019, víctima de un infarto. Ella ya desde la adolescencia traía consigo un cáncer que le hizo difícil la existencia. La enterraron con su playera favorita, que traía impresa la palabra con la que siempre quiso definirse a sí misma: Cabrona. Tenía su puesto en la esquina de Aztecas y Fray Bartolomé de las Casas, en el mero corazón del barrio tepitense. Vendía ropa interior, así que había gran demanda de sus chicheros (brassieres) y de sus calzones. Estos últimos los ofrecía así: “¡Para quitárselos, para aventarlos!” Fue muy solicitada en entrevistas para los medios y aparecieron varios documentales sobre su vida. Cuando fue a Televisa tenía asombrados a los yuppies, a los cuales todo esto de Tepito les causa risa por lo, para ellos, excéntrico y chistoso. Es seguro que no la entendieron.

En sus últimos años dio un Diplomado de Albur en el Centro Cultural de Peralvillo, aunque es difícil que se pueda aprender a alburear, mucho menos con el aval de la autoridad cultural, si no se ha vivido en el barrio, entre los perros y los borrachos, en cantinas y pulquerías, en las vecindades con todas las cabronas. Un yuppie que diga groserías es lo menos creíble del mundo, por eso cuando se hizo de amplio uso la palabra “güey”, los que la decían ignoraban que se refiere al buey, al cornudo; y que la g, ahora convertida inexplicablemente en w, se debía a que los léperos tepiteños que la inventaron no podían decir la b. Siempre recordaremos a Lourdes Ruiz, la extrañaremos verla en su puesto vendiendo su mercancía a grito pelado. Pero no olvidemos que ella no es la única: todo el barrio está lleno de cabronas malhabladas dispuestas a acabarse a cualquiera con una malora expresión que se chinga sin ninguna piedad al más pintado.

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