Reserva de Derechos
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Ciudad de México Año VII Número LXXX Junio 2019

 

El entierro
(Alegoría cábula)
José Luis Barrera

Sea este un pequeño homenaje a la Reina del Albur, doña Lourdes Ruiz, quien, no tengo duda, me respondería con maestría todos y cada uno de los albures torpemente incluidos en este texto.


Te hice venir más rápido que nunca para enterarte de la triste noticia.
Gemías de dolor cuando sentiste que te entraba toda la triste noticia. Luego de llorar te sonaste los mocos y me sacaste lágrimas al verte llorar. En todo momento te apoyé, contra la pared puse un crucifijo y te pusiste de rodillas para besarme la sagrada imagen y rezar por tu comadre ya difunta.

Si se puso tiesa hay que enterrarla, te dije, para que te pusieras en cuatro minutos a actuar pese a la pena que te embargaba en ese momento.

Te saqué café para que lo prepararas, ya yo te pondría el piquete. Teníamos que prever el funeral. Tiempo atrás te di un rosario que ahora sería de mucha utilidad, y te arrimé el cirio para prenderlo en cuanto llegara la difunta a su casa. Ahí se velaría y tendría que darte toda la noche mi apoyo por si te doblabas.

Entonces viste una silla y para que descansara, me la jalaste hasta que se paró el gato que estaba echado en ella.
- Hay que pintar de blanco el techo de su casa para que haya un poco de luz -, te dije.
Pero insististe en que el color negro que me dabas era lo que debía ir porque es el de luto. Había un par de latas de pintura, me las arrimaste y me dijiste:
- Agárralos, senos vayan a caer.

Del cuarto de atrás te saqué la escalera para alcanzar el techo salpicado de mugre y pintarlo muy bien. Te pedí que me la agarraras fuerte para no caerte sobre el lomo.
Pese a que trabajamos duro, te entraba a cada momento la nostalgia. Y a mí no me quedaba más remedio que arrimarte mi pedazo de trapo que usaste como pañuelo. Me lo humedeciste de tanta lágrima y terminé por meterlo a la lavadora para que lo tuvieras bien limpio a la hora del entierro. Y siempre me has agradecido cuando te lo lavo.

Luego que terminé de pintar me diste la cola para que pegara una silla que estaba rota.

- Pero es necesario clavarla bien -, te dije.

Por supuesto que estuviste de acuerdo y me dijiste:
-¿Cómo te la pongo?
- Parada, para que pueda entrar bien el clavo -, respondí.

Vamos a coger el trapeador y la escoba en lo que se seca la pintura y pega la silla.

Como el trapeador estaba muy chico, me diste el de atrás de la puerta para que avanzara más rápido.
Era mucho el trabajo y te hice ver que la tenía bien dura para terminar a tiempo y entonces me echaste la mano… dentro del pantalón tenía unos cuantos pesos para que te adelantaras a comprar las galletas, el café de saco y la Leche Zacarías, por si no lo querían negro y fuerte, como te gusta a ti, ya luego yo me encargaría del piquete que te metería por detrás de la casa mientras llegaban con el cuerpo de la comadre.

La gente comenzó a llegar y no tuve tiempo de dejarte bien limpio atrás de la casa. Entonces me fui a la vinatería por un Ron Poloyo, que era el más barato que conocía. Y aunque luego me besaste, la cabeza me seguía doliendo, por lo que te pedí un mejoral, que siempre tenías a la mano… un largo silencio se hizo en la sala porque estaba llegando el cuerpo de la comadre.

Los de la funeraria te preguntaron por dónde te la metían y tú misma dijiste que por atrás rozaba mucho el quicio de la puerta y entonces las puertas del frente abriste bien… las piernas te temblaban pero nunca flaqueaste.

Pero los de la funeraria no acomodaron bien el ataúd, por lo que me pediste que lo metiera hasta el fondo de la sala. Entonces clavé por delante del féretro un crucifijo que le gustaba a la comadre. Estábamos muy cansados de tanto sacar y meter muebles a la sala para que todo estuviera en orden.

Traía la botella dentro del pantalón, me la saque y tú te empinaste un vaso de ron para aguantar toda la noche.
Fueron llegando los dolientes y te percataste de que no había puesto la foto de la finada en el ataúd. Entonces me reprendiste:

-Si serás cabezón.
- Y si me ve Sara, su hermana también se enojará-, te dije yo.

Tú le repartiste el biscocho a la gente, no sin que te hubiera apartado un par de ellos para ti. Y yo te agarré la concha pero me dijiste:
-Mejor me das un “beso” y me quitas los “calzones”.

Total que se quedó parada una señora que llegó tarde y yo le dije que se sentara sobre la mía, al fin que yo me la iba a pasar atendiendo a la gente.

Al día siguiente fue el entierro, y “Pepino A. Garro”; como conocíamos a José Antonio Garro el sepulturero, se encargó del féretro y de meterlo en el agujero del sepulcro. No sabía qué hacer para que no te doliera mientras la metía lentamente el sepulturero en la fosa.

Entre los dolientes estaba la hermana del “pepino”, La negra Garro, doña Carmela, o Mela Peláez, el boticario don Ante del Hoyo, y su hijo que era el chico temido del barrio.

Una vez que estaba adentro, te sentiste acongojada, pues ya descansaría la comadre. Todo terminó cuando “pepino” y sus chalanes taparon el hoyo.

Y por mi parte te ofrecí hablar con “Pepino” para que pusiera en la lápida unas palabras que le dediqué a la comadre.

Rezo porque su alma no pene. Muy duro ha sido verla morir, pero en su memoria, le dedico estas palabras, pues siempre en sus consejos fue muy firme y me agarró confianza para decirme mis verdades, cuando me porte mal, usted me puso el puerco por apodo y nunca me ofendí porque fue con cariño.

A la cabeza de su familia quedaré hasta que sus hijos crezcan, incluso el más chico. Me da pena la situación pero saldremos adelante. Besos y bendiciones.

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