Reserva de Derechos
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Ciudad de México Año VII Número LXXX Junio 2019

 

¿Por qué no me dejan en paz?
Servando Clemens

Están otra vez afuera de mi casa, haciendo bulla.
Descorro la cortina y me asomo a echar un vistazo. Están dos jóvenes sentados en la banqueta observando mi ventana. Uno de ellos, apunta con su dedo índice y ríe; el otro fuma un cigarro y se frota la barriga. Vuelvo a cerrar la cortina y miro mis manos oscuras como sombras. Me pregunto qué quieren de mí. ¿No se hartan de molestarme? ¿Qué les provoca tanta curiosidad?

Escucho ruido en la puerta principal, bajo las escaleras, y observo por la mirilla. No cesan en sus intentos de fastidiarme. Los muchachos intentan forzar la chapa.

“Está trabada”, dice uno de ellos, el más gordito.

“Cómo eres de pendejo. ¡Patea la puerta!”, ordena el otro, un tipo alto y flacucho.

Camino con angustia por el corredor de mi hogar.
¿Por qué sufro? ¿Por qué me preocupo?

A pesar de mi condición, en mi cabeza surgen ansiedades y tristezas.
Me vuelvo a asomar por la mirilla y veo al más alto forzar el picaporte con una ganzúa. “¡Apúrate!” le dice su compañero.

No sé qué hacer. Quizás sea momento de confrontarlos. Si fuera más valiente. Si tan sólo encontrara la forma de morir.
De pronto se abre la puerta y logran penetrar mi hogar. El gordo me apunta con una lampara de mano. “¿Viste la sombra?”, murmura el flaco. “Mejor vámonos de aquí” balbucea el gordo. “No seas marica, ya estamos dentro… veamos qué es”, le responde.

Me deslizo por las escaleras sin hacer ruido y asciendo lentamente. “Aluza las escaleras”, dice el flaco. Me apresuro y me escondo en el armario de la habitación de mis padres. Me siento en un rincón y abrazo mis piernas. Tengo miedo. ¿Miedo de qué? No sé, pero estoy asustado. Siento lágrimas escurrir por mi cachete. Me toco la cara y no hay nada. Es imposible.

“¡Por aquí se metió!”, grita uno de ellos, no logro identificarlo. Entran al cuarto. Escucho perfectamente el crujir de sus pasos sobre la duela. Me asomo por una rendija y los veo buscar entre los muebles. El flaco saca un encendedor de su bolsillo y enciende una vela.

Distingo sus figuras extrañas buscar entre los cajones. “Fíjate dentro del armario”, dice el flaco. “¿Por qué no te asomas tú?”, le contesta el gordo. “Te faltan huevos, pendejo” replica su acompañante. “¿Sabes? Ya me tienen hasta la madre tus insultos. Yo me voy”, dice el gordo y noto cómo sale de la habitación y azota la puerta.

El tipo flaco se queda solo y se acerca sigilosamente al armario. “¿Hay alguien ahí?”, pregunta. Mi cuerpo tiembla de pavor y se me sale de los labios un gemido: “¡orggggg!” El joven se asusta y recula. Me pongo de pie. Me fastidié de sentir miedo. No tengo nada que perder. No tengo la culpa de ser lo que soy. Abro la puerta del armario y observo al joven parado frente a mí.

“¿Qué quieres de mí?”, le pregunto. El sujeto cae sentado sobre el piso. Su respiración se acelera. De su frente chorrean gotas de sudor. “Déjame en paz”, me suplica. “¿Déjame en paz? Tú eres el que me busca, tú debes dejarme en paz”, le digo.

Se levanta del suelo a trompicones y abre la puerta. Avanzo hasta la puerta y lo sigo. “¿Quieres conocerme?”, le pregunto. “¡NOOO!”, grita mientras baja las escaleras corriendo.

Escucho su cuerpo rodar por las escaleras. Observo hacia abajo y distingo su cuerpo desmadejado tirado en los últimos escalones. Bajo las escaleras y advierto su fémur ensangrentado salir por un agujero de su pantalón. “Déjame, déjame”, me pide llorando como un niño histérico. Trato de tocar su frente, pero no puedo. Él se cubre la cara y empieza a gritar con más fuerza.

“No te haré daño” le susurro. Empieza a sollozar y se descubre la cara dejando ver sus ojos enormes. “Simplemente quiero estar solo”, le digo.

El gordo vuelve a la casa iluminando con la lámpara el cuerpo de su amigo, enseguida saca un teléfono de su chamarra y hace una llamada. “Aguanta, ya vienen”, le dice a su compañero.
Subo las escaleras mientras escucho a los paramédicos ingresar a mi casa. El gordo le dice: “estarás bien”.
“Lo vi, lo vi. Está arriba. Te lo juro”, dice el flaco. “Olvídate de él”, contesta el gordo. “¡Me tocó la cara, por Dios santo, me tocó la cara!”, grita el flaco enloquecido desde la camilla.

Me encierro en mi cuarto. Descubro la cortina y distingo la ambulancia partir entre los curiosos. Algunos hombres, mujeres y niños voltean a ver mi ventana. Cierro la cortina y me dirijo a mi cama. Me recuesto y pienso: “¿Por qué no me dejan descansar en paz?”.

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