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Ciudad de México Año VII Número LXXXI Julio 2019

 

Herbert Marcuse
Cuarenta años de su muerte

José Luis Barrera

Entre los filósofos descendientes de Marx, ninguno marcó la vida político-cultural de los años sesenta del siglo XX, con mayor vigor que el alemán Herbert Marcuse, (nacido en Berlín el 29 de julio de 1898) a quien conmemoramos a 40 años de su fallecimiento.

Cuando Marcuse tenía veinte años de edad y vivía en Berlín, presenció el levantamiento espartaquista que fue brutalmente reprimido. Dado que era simpatizante de la causa de los sublevados lamentó profundamente el asesinato de Rosa Luxemburg (de quien ya habló Loki Petersen en nuestro número de enero del presente año; Año 7, número 75) y Karl Liebknecht. Y es indudable que esta derrota marcó en definitiva el pensamiento del filósofo.

Marcuse reaccionó con denuedo intelectual para reflexionar sobre la derrota espartaquista, obteniendo de ella elementos que pudieran ayudarlo en su revisión. En su esfuerzo por buscar una nueva forma de actuar en coherencia con sus valores de izquierda, no quiere incurrir en los errores que terminaron en la derrota de los sublevados.

Siendo un joven estudiante de filosofía, quería comprender por qué los principios de justicia no prevalecían; por qué los que tenían la razón podrían equivocarse y por qué la derecha podía alcanzar triunfos como aquella de la tragedia de Berlín. Saliendo de Berlín, Marcuse fue para el sur de Alemania, al Bosque Negro. En la Universidad de Freiburg, hizo un doctorado sobre la historicidad en Hegel, bajo la orientación del entonces ya famoso Martin Heidegger, cuyo libro Ser y tiempo tuvo gran repercusión en su pensamiento.

El ascenso de Hitler al poder en enero de 1933 lo forzó al exilio y a su vez le confirmó sus aprehensiones. Se sentiría comprometido a contribuir para que el pensamiento de izquierda tuviera una renovación y no continuara cometiendo los errores de los cuales la derecha se aprovechaba. Evitó adoptar las ideas de Marx como una “doctrina”, y resaltaba su interpretación de los manuscritos de 1844 que de él tuvo a la mano en la que daba implicaciones en el campo de la lucha que le agradaban mucho.

A lo largo de los años treinta, Marcuse publicó ensayos que critican con dureza las ambigüedades estructurales de la ideología “nacionalista” liberal, no sin dejar a un lado los riesgos de una postura que llevaría a la destrucción de la libertad. Para él, liberalismo no peca por contraponer la defensa de las libertades individuales con el totalitarismo, su error es dejarse infiltrar por criterios que resultan en formas de complicidad con las tendencias totalitarias.

Además señalaba que la burguesía solo puede proporcionar a los individuos atomizados una igualdad abstracta, que se reduce a una desigualdad concreta: la de los consumidores. Al final, los consumidores son portadores de una nueva exigencia para conseguir la felicidad. En el mercado, hacia donde los conducen sus deseos, están condenados a frustrarse, ya que en realidad muy pocos disponen del poder de compra suficiente para adquirir lo que se supone que debería de hacerles felices. Entonces se crean las condiciones para que se organice la conciencia de que la verdadera felicidad de los seres humanos solo podrá ser alcanzada por medio de una transformación colectiva de las condiciones materiales de existencia.

Lo que necesita ser radicalmente denunciado es el hecho de que el placer y la libertad sufren una deformación profunda en la medida que no pueden ser efectivamente disfrutados por individuos concretos. En el capitalismo, las personas son envueltas en las mallas de demandas artificiales que explotan los deseos manipulados de individualidades cada vez más abstractas. Impulsos y necesidades potencialmente enriquecedoras, son sustituidas por carencias cultivadas por la hipercompetitividad.

En un ensayo de 1939, Marcuse clasifica los placeres ligados a esas carencias como falsos placeres. Escribía: “el placer en la humillación de los otros y en la propia humillación bajo una voluntad más fuerte, el placer en los números sustitutos de la sexualidad, en el sacrificio sin sentido, en el heroísmo de la guerra, es, por consiguiente, un falso placer, porque los impulsos y necesidades que con ella se satisfacen forman hombres menos libres, más ciegos y mezquinos que lo necesitarían ser.” (Marcuse, Cultura y sociedad, 1997).

En Hegel, Marcuse también encontró importantes influencias para su reflexión sobre las relaciones entre individuo y sociedad. El individuo es, por definición, singular. Su libertad, sin embargo, depende de que pueda tener conciencia no solamente de su singularidad (de la diferencia), sino que también de aquello que tiene en común con los otros (la universalidad).

Y aún más: los individuos concretos, libres, se saben criaturas finitas, mortales, mas eso no es razón para que se desprecien, pues existen en un movimiento de constante auto-superación, en dirección a algo que los sobrepasa, lo cual quiere decir, que es gracias a ellos que las sociedades humanas pueden cambiar en la dirección de una mayor universalidad.

En Estados Unidos, donde vivía y trabajaba como exiliado, se mantenía en contacto con Theodor W. Adorno y Max Horkheimer, que también habían sido forzados al exilio. Acompañaba con vivo interés las investigaciones de los “frankfurtianos”. Todavía en los años treinta, participará de un trabajo interdisciplinario promovido por el Instituto de Investigación Social respecto de las relaciones entre autoridad y familia. Y emprenderá extensas lecturas sobre psicoanálisis, sumiéndose en los escritos de Freud.

Como resultado de esos estudios surge el libro Eros y civilización (Marcuse, 1968). Marcuse reorientaba el camino trazado por Erich Fromm, Sullivan y Karen Horney, entre otros, porque entendía que el esfuerzo de “complementar” las teorías psicoanalíticas con “puentes” para la situación política y social era inútil (ya que tales teorías eran en sí mismas sociales y políticas), y más allá de eso era un esfuerzo que resultaba en combinaciones eclécticas, que diluían el potencial de provocación de Freud. Criticando a los psicoanalistas de la corriente “culturalista”, afirmó que ellos reducían el psicoanálisis a una ideología de adaptación del paciente a la sociedad existente, al orden constituido. Fromm, irritado, respondió que la posición de Marcuse era de un “nihilismo disfrazado de radicalismo”. (Fromm, in Partisans, 1966).

En realidad, Marcuse asumía en la cara del psicoanálisis una postura caracterizada por la misma desconfianza que manifestaba delante de las ideas de Marx utilizada por los marxistas: no le interesaba aquello que no contribuyese concretamente en el fortalecimiento de la crítica a las instituciones vigentes, a la crítica de la sociedad burguesa como un todo y a sus mecanismos de alienación. Tanto en el legado de Marx como en el legado de Freud, al lado de las limitaciones naturales, había armas preciosas que deberían ser utilizadas en la implacable desmitificación del mundo creado por el capitalismo.

La lógica de una economía que gira cada vez más exclusivamente en torno del mercado exaspera el ejercicio de una autonomía ilusoria por parte de los individuos. El yo es simultáneamente apagado y debilitado. Su poder es exaltado, su independencia es proclamada y, sin embargo, se va tornando cada más dispuesto en aceptar un comando externo, que acarrea una insensibilización de conciencia moral y de responsabilidad personal.

Un libro que causó furor en la agitada década de los sesentas y que sirvió de base filosófica para los movimientos juveniles de izquierda que estaban haciendo su eclosión en el mundo fue El hombre unidimensional (1964). Aquí Marcuse analiza las sociedades industriales avanzadas del mundo occidental que, según él, esconden rasgos totalitarios bajo su apariencia democrática y liberal. Ofrece al lector una crítica de dos formas represoras en la época de la Guerra Fría, tanto el capitalismo occidental como el modelo soviético de socialismo. Para ello Marcuse argumenta que la sociedad industrial avanzada crea falsas necesidades, las cuales integrarían al individuo en el existente sistema de producción y consumo, focalizado a través de los medios de comunicación masiva, la publicidad y el sistema industrial. Este sistema daría lugar a un universo unidimensional, con sujetos con "encefalograma plano", donde no existe la posibilidad de crítica social u oposición a lo establecido:

"El individuo unidimensional se caracteriza por su delirio persecutivo, su paranoia interiorizada por medio de los sistemas de comunicación masivos. Es discutible hasta la misma noción de alienación porque este hombre unidimensional carece de una dimensión capaz de exigir y de gozar cualquier progreso de su espíritu. Para él, la autonomía y la espontaneidad no tienen sentido en su mundo prefabricado de prejuicios y de opiniones preconcebidas".

Bajo la óptica de Marcuse la cultura está sometida a las normas y los dictámenes del mercado que la hacen dependiente, esto propone un doble distanciamiento como única vía para llegar a una cultura verdaderamente libre y emancipadora. Éste tendría una vertiente espacial o exterior y una vertiente subjetiva o interior. El autor llama a este proceso "introyección", y supondría el hecho de buscar en uno mismo el verdadero significado de la cultura, como la esencia de la libertad del individuo.

El hombre unidimensional está considerado por muchos intelectuales como el libro más subversivo del siglo XX, lo que le originó críticas por parte de los marxistas ortodoxos y los académicos de varios comités políticos y teóricos. A pesar de este pesimismo, la obra tuvo una gran influencia en la Nueva Izquierda, ya que articuló su creciente desprecio hacia las sociedades capitalistas y socialistas soviéticas.

Marcuse inició en 1952 una carrera docente como filósofo político, primero en la Universidad de Columbia y en Harvard, luego en la Universidad Brandeis desde 1958 hasta 1965, donde fue profesor de filosofía y política, y finalmente (ya jubilado), en la Universidad de California, San Diego. Trabajando como profesor en esta universidad participó activamente en los debates sociopolíticos de las décadas de 1950 y 1960, en los que alcanzó tal notoriedad que se llegó a hablar de las 3M: Marx, Mao y Marcuse. Fue amigo y colaborador del sociólogo e historiador Barrington Moore Jr. y del filósofo político Robert Paul Wolff. Con posterioridad a la guerra, fue el miembro más políticamente explícito e izquierdista de la Escuela de Frankfurt, debido a su dedicación a aplicar políticas de emancipación, como la liberación de la mujer o las ideologías juveniles a la primera Teoría Crítica. Empieza a ser consciente de las principales limitaciones prácticas de la primera escuela de Frankfurt, y de la necesidad de perfilar las tesis sobre cultura y sociedad, identificándose a sí mismo como marxista, socialista y hegeliano. Gracias a ello se vuelve un referente teórico para los movimientos juveniles de protesta, como el movimiento hippie.

Marcuse murió el 26 de julio de 1979, después de haber sufrido un ataque cerebrovascular durante una visita a Alemania. El teórico Jürgen Habermas, de la segunda generación de la Escuela de Frankfurt, cuidó de él durante sus últimos días.

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