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Ciudad de México Año VII Número LXXXI Julio 2019

 

Herman Melville, narrador y profeta (1819-1891)
Luciano Pérez

Cuando se habla de la literatura del siglo XIX, siempre llegan a la mente escritores franceses, rusos e ingleses. Pocas veces se recuerda a los estadounidenses, que los hubo excelentes en esa centuria, sobre todo estos tres: Edgar Allan Poe, Nathaniel Hawthorne y Herman Melville. Ellos integran lo que un crítico literario llamó la trilogía de la oscuridad, o de las tinieblas. Hoy nos ocupamos del tercero de ellos, a propósito del segundo centenario de su nacimiento, un primero de agosto de 1819 en la ciudad de Nueva York. Herman Melville procedía por ambas ramas de familias protestantes muy religiosas: su padre Allan Melville era unitario escocés, y su madre Maria Gansevoort de la Iglesia Holandesa Reformada (calvinista). Su abuelo Thomas Melville, que llegó a ser comandante en Boston, participó en la guerra de independencia estadounidense contra los británicos. El otro abuelo, Peter Gansevoort, llegó a coronel y también estuvo en esa misma lucha libertaria.

Por su ineptitud en los negocios, Allan Melville dejó desprotegida a su familia, y Herman tuvo que desempeñar diversos oficios, hasta que en 1839 se enroló como grumete, lo cual fue providencial para él, pues pudo conocer de manera directa el mar, que llegó a ser el tema primordial de buena parte de su obra narrativa. Y esos viajes dieron fruto en una serie sucesiva de novelas de entretenimiento y aventuras: “Redburn” (1846), “Typee” (1846), “Omoo” (1847), “Mandi” (1849) y “White Jacket” (1850). Navegó por los mares del sur, de Tahití a Honolulu, recabando anécdotas y experiencias que se reflejaron en esos primeros libros. Sin embargo, quizá sin él saberlo, iban llevando a Melville hacia algo más. Esas cinco novelas, hoy poco leídas, le abrieron el camino hacia la escritura de uno de los libros más portentosos de la literatura universal de todos los tiempos: “Moby Dick”, publicada en 1851.

Casado desde 1850 con Elizabeth Shaw, hija de un juez, tuvo varios hijos y hubo dificultades para su manutención. Entonces adquirió una granja en Massachusetts, y así sostener los gastos.

No por ello dejó Melville su escritura, y cuando conoció a Hawthorne, de quien se hizo muy amigo, se reafirmó más en su convicción de escribir, y por eso le dedicó su “Moby Dick”. Esta novela no tuvo éxito cuando apareció, porque aunque todos estaban de acuerdo en que era buena, nadie atinaba a comprender qué se quiso decir con ella.

es que ya no se trataba de entretenidas aventuras marinas, sino que Melville, ahora sí muy consciente de ello, planteó ahora situaciones que llegaban a lo metafísico y lo teológico. Porque el tema en sí era la relación conflictiva entre el ser humano y la divinidad, una relación llena de rencores y de desafíos.

Frente a frente los dos principales personajes: por un lado, el capitán del buque ballenero “Pequod”, Ajab; del otro, una monstruosa entidad, la ballena blanca de nombre Moby Dick. En un anterior encuentro, la ballena le arrancó la pierna al capitán, y por ello éste trae ahora una pata no de palo sino de marfil de ballena. Ahí quedó planteado el conflicto: Ajab quiere vengarse y acabar con Moby Dick. Ya desde el nombre del capitán, sabemos que estamos en los míticos y oscuros tiempos del Antiguo Testamento. El rey Ajab gobernaba sobre Israel, y aunque fue buen monarca está condenado bíblicamente por haberse casado con Jezabel, una princesa fenicia adoradora de Baal, el rival sempiterno de Yavé. Influido por ella, Ajab hizo cosas abominables para Dios, ente ellas la de perseguir al profeta Elías, quien detestaba profundamente a Jezabel. No hay que perder de vista estas referencias bíblicas, que pueden sernos útiles para la interpretación de “Moby Dick”.

No es la lucha del bien contra el mal a lo que nos enfrentamos al leer la novela, sino la del mal contra el mal mismo. Ni Ajab ni la ballena blanca pueden ser el bien, y aunque se dice en el Evangelio que Satanás no puede estar contra sí mismo (Marcos 3: 24-26), todo depende de qué entendemos por Satanás. En la figura de Moby Dick muchos intérpretes han visto a Dios, y otros tantos más al Diablo, y ambas partes parecen tener razón. Aquí no hay la disyuntiva lógica de ser esto o lo otro, sino la ilógica de ser esto y también lo otro. Ha sido lugar común, lo sigue siendo, el que lo blanco representa la pureza, la claridad, la santidad.

Sin embargo, Melville afirma con fuerte énfasis todo lo contrario. Ismael, que es quien narra y es uno de los tripulantes del “Pequod”, el único que se salvará, dice: “fue la blancura de la ballena lo que por sobre todas las cosas me asustaba”. Y él procede, en este fundamental capítulo XLII de la novela, “The Whiteness of the Whale”, a describir el horror que representa lo blanco. La lepra, la muerte, el frío, el espanto. ¿Acaso hay imagen más horripilante que la de ver frailes y monjas vestidos de blanco? Por lo tanto, Moby Dick porta el color de lo horrible, de lo espeluznante. Y, entonces, la ballena es más bien la figura de Dios, quien, vestido de blanco, con largos cabellos y barbas de ese mismo color, el anciano de días de la visión del profeta Daniel (capítulo 7 del libro de éste), rige, como Moby Dick, en la inmensidad.

Porque, ¿no acaso el rey Ajab de Israel se enfrentó a Dios? Así su homónimo el capitán del “Pequod”, quien está sirviendo al Diablo, no está dispuesto a dejarse intimidar por la ferocidad de Yavé, ni a ser vencido por éste, aunque le haya arrancado una pierna. Digámoslo directamente: para quienes creen en Dios, Moby Dick es el Diablo; pero para quienes no, dicha ballena es Dios, en toda su espantosa grandeza. Es más probable esta última manera de entender el drama de la novela de Melville. Porque Ajab es demoniaco y se ha puesto en contra del Altísimo en pleno Océano Atlántico; y si ya perdió una pierna, ahora está dispuesto a perder la vida, y no sólo la propia, sino la de los marineros del “Pequod”, con tal de intentar acabar con esa amenaza llamada Dios, es decir, Moby Dick.

Sin embargo, la ballena blanca no es fácil de vencer, y quien se atreve a ponerse contra ella tiene que sufrir las consecuencias. Nadie, hay que decirlo, queda impune en ese enfrentamiento: quien ve a Dios cara a cara, se muere, y además lo pierde todo, como Lucifer cuando fue echado del cielo por rebelarse y se convirtió en Satanás; como los reyes de Israel Ajab y Jezabel, que prefirieron servir a Baal y no a Yavé, y ella fue comida por los perros, y Ajab fue muerto en guerra contra los arameos (Primer Libro de los Reyes, capítulos 16-22); como Judas, quien terminó ahorcado y sin disfrutar del dinero que recibió por haber logrado que Jesús cumpliese con su misión; como Nietzsche, que se sumergió en la locura por haber demostrado que, aun si Dios existiese, no por ello habría por qué aceptar su tiranía. Y muchos otros casos más, de tantas personas que quedaron marcadas en sus cuerpos y en sus ánimos por atreverse a no servir. Melville es por tanto un apóstol de la negrura, del diabolismo, y supo que el “Pequod” no tenía otro destino que el de ser destruido, y que sólo tenía que salvar a Ismael para que fuese el testigo fiel de lo ocurrido y lo platicase en la novela.

Moby Dick, entonces, es un ser inmortal, y no puede ser destruido; por supuesto que cabe desafiarlo, incluso meterle algún arponazo, pero nada que pueda terminar con la mole blanca. Cabe decir que los primeros lectores de la novela se desconcertaron, pues tenían muy clara la idea de lo bueno y de lo malo, y ahora resultaba que el malo era Dios. Pero los lectores modernos cuentan ya con otra percepción, saben que es evidente la ambigüedad del bien y del mal, y que es posible pasársela bien sin Dios y sin Diablo. Y no obstante, de alguna manera, estos dos no se han ido ni lo harán, continúan ahí, siguen en el mundo, disfrazados de algo tal vez. Y como bien ha dicho Lovecraft, el miedo procede de muy antiguo, y no tiene por qué desparecer en el mundo moderno. Moby Dick no se cansa de darnos lata, quizá navega en las redes sociales, en los avatares políticos y económicos, en nuestras grandes necesidades y en nuestras pequeñas miserias, y es de necesidad perseguirlo, tirarle de arponazos a costa de que perdamos la pierna y luego la vida.

Nos hemos extendido mucho en “Moby Dick”, y eso que no lo hemos dicho todo, tan rico en ideas, en imágenes, es ese libro. A continuación Melville escribió la novela “Pierre” (1852), que no ha sido muy tomada en cuenta y merece considerarse; sólo que aquí no podemos hacerlo, se nos acaba el espacio, y no hemos dicho nada aún de dos excelentes novelas cortas, también desconcertantes y ambiguas, que son de lo mejor escrito por Melville, “Bartleby”, publicada en 1853, y “Billy Budd”, que fue escrita en los últimos años de su autor pero quedó inédita, de modo que fue conocida hasta 1924.

De “Bartleby” dijo Borges: “su ambiente coincide con el de ulteriores libros de Kafka”. En efecto, la angustia, la incertidumbre, el desamparo, que tanto aparecen en el famoso autor praguense, ya están en este singular relato. Bartleby es entonces un personaje kafkiano antes de Kafka, Nadie sabe de dónde vino, ni quién es, al parecer trabajaba en una oficina donde llegaban las cartas muertas de toda la Unión Americana, y de repente está en otra oficina, en pleno Wall Street neoyorquino.

Todos los que han trabajado en oficinas reconocerán fácilmente la atmósfera opresiva, el comportamiento hostil de jefes y de compañeros, unos contra otros, y todos en contra de uno. Por eso, Bartleby decide adoptar una posición insólita, que tantos queremos asumir cuando hay que cumplir con las responsabilidades; simplemente dice, cuando le ordenan hacer esto o aquello, “I would prefer not to”, “preferiría no hacerlo”. Y de esa posición no lo sacará nadie, y él no se moverá de su sitio; y aunque lo echen de ahí y lo lleven a la cárcel, Bartleby seguirá firme con su inmortal frase nihilista, que también tiene su no sé qué de místico.

“Billy Budd” es otra narración del mar, ahora enfocada en un curioso personaje, el marinero bonito, un Apolo y un Hércules, por la belleza y la fuerza de que hace gala (de ahí que muchos confirmen con esto las tendencias homoeróticas de Melville). Es odiado por Claggart, maestre del barco, que no soporta ver a Billy contoneándose por todos lados, pero de quien quizá está enamorado; entonces planea destruirlo, y lo acusa de pretender armar un motín en la nave. El capitán los enfrenta, le pide a Billy que se defienda, pero éste pierde el habla en momentos de tensión, y lo que hace es darle un tremendo golpe a Claggart y lo mata. Billy es sentenciado a muerte, y cuando lo ejecutan, el marinero bonito, como Cristo, se transfigura y se va al cielo.

En 1857, luego de un viaje a Tierra Santa, Melville abandona la prosa y se dedica a la poesía. En los años de la Guerra Civil americana escribe notables poemas que fueron muy criticados, pues su autor, aunque partidario de la Unión como buen yanqui, pide que se trate con compasión a los vencidos confederados. Melville logra conseguir un puesto como inspector de la aduana de Nueva York, y ahí pasa sus últimos años, en tareas burocráticas que lo alejan casi por completo de la literatura. Fallece el 28 de septiembre de 1891, sin saber que había sido uno de los más grandes escritores de todos los tiempos, y que había escrito un libro, “Moby Dick”, que seguirá maravillando por su multitud de significados.

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