Reserva de Derechos
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Ciudad de México Año VII Número LXXXII Agosto 2019

 

Cuatro minificciones
de Las diversidades

Adán Echeverría

1.- ¿Y si nos casamos?
Desde el kínder a Robertito le fascinaba festejar el día de la madre y del padre con sus dos papás. Esos días, la casa se transformaba toda en fiesta; se llenaba de amigos, globos, carnes, cerveza y diversión. Sus padres no tenían un minuto para ignorarlo, estaban dedicados a él, y Robertito se sentía feliz hasta el hartazgo. Lo mismo sucedía en su cumpleaños, así que creció en un ambiente de amor y tranquilidad.

Fueron los padres de su novia los que lo hicieron dudar del cariño por sus padres. La tradicional pedida de mano era un evento difícil de encarar a los 24 años, con dos padres homosexuales. En los tres meses de noviazgo había buscado, bajo cualquier pretexto, no involucrar a su novia en su vida familiar; sabía que era adoptado, y que sus padres lo amaban, pero la sociedad aún le causaba problemas.

No se perdonaba haber cometido la torpeza de embarazar a Graciela. El uso del condón no había servido de mucho. La pasión que entre ambos desbordó había sido más poderosa que el látex, y quedaba enfrentarse a un matrimonio para cubrir las apariencias, eso había advertido Graciela. Roberto dijo que: No podía ser que a estas alturas tengamos esos miramientos, Mis padres te matan y luego me encierran de por vida, Escapamos y listo; Mi padre es diputado no creo que sea fácil eso de: me escapo y ya. La pasión les empañaba el raciocinio, y les había impedido conocerse a fondo en los escasos tres meses que llevaban saliendo. Graciela no pudo contener la risa cuando Roberto le contó de sus padres. ¿Te parece extraño?, Diferente, tan sólo es diferente, remató la chica, cubriéndose los labios con la palma de la mano.

La noche que los padres de Graciela conocieron a los padres de Roberto, Troya ardió. Los insultos, bofetadas, el golpe de las puertas al cerrarse, todo fue parte del mismo drama. En la madrugada el padre de Graciela se encerró en su estudio a llorar. Sostenía en la mano, la foto de uno de los padres de Roberto.

2.- El beso de Juan Gabriel
Cuando Jorge dejó la casa de su novia esa noche, estaba seguro que las palabras de su padre: “Alguna vez serás un hombre que fundará una familia y perpetuará nuestro apellido”, era una consigna a punto de cumplirse. Su novia había quedado satisfecha después que él removió sus prendas íntimas arrancando las furias contenidas en su vientre. Ella duerme mientras Jorge va con sus amigos al burdel de moda. Esa noche iban invitados por el jefe de la oficina.

- Imposible negarse, amor, los negocios se hablan en la cantina. O en el putero, eso quiere el jefe y él invita. Tengo que ir.

Las mujeres desfilaron sus formas relucientes por toda la pista y luego dieron paso a los hombres. Jorge no evitaba mirar la escena, su hombría estaba a salvo en el olor a hembra, permanente en la yema de sus dedos; los olisqueaba intentando ignorar los dorsos desnudos, las nalgas poderosas, las piernas endurecidas de los excelentes ejemplares masculinos que se divertían en el escenario.

- Bueno señores, lo prometido, escojan lo que quieran?, dijo el jefe.
Cada uno de los acompañantes de Jorge ya había sentado en sus piernas a cualquiera de las bailarinas. Jorge se debatía en si esto sería registrado en su inconsciente como una infidelidad de su parte.
-¿Vamos, Jorgito, tú no escogerás?, ?el jefe se encontraba sin pareja. Extendió la mano, y la posó en el hombro de Jorge, se acercó para soltarle:
- Traje a estos con el pretexto de traerte a ti. Creo que podemos platicar a gusto.?. Jorge no supo qué pensar. El jefe era un tipo muy seguro de sí.
- No me malinterpretes, te respeto, pero necesito ser honesto, me gustas, ?soltó a bocajarro. Jorge palideció. Había bebido poco y sus pensamientos eran lúcidos y no podía estar seguro de que los de su jefe fueran igualmente transparentes, "Lo que hace el alcohol”, pensó.
- Ven conmigo, nos meteremos a ese privado con aquella negra?. Jorge obedeció.
Luego de dos horas, aún late en su recuerdo las palabras de su jefe desnudo, de pie frente a él, con la mujer negra sentada en el sofá que les hacía una felación a los dos. Su jefe le decía, besándole la oreja:
- Qué sabes del amor si no has besado a Juan Gabriel?. Y el sabor de los labios de su jefe, su mano detenida en sus nalgas, sigue hoy siendo, al fin, una gran liberación.


3.- Aceptarse bien aceptarse
Castorel era un tipo de buena educación, apellido de renombre, y con los negocios heredados del padre podría vivir tranquilamente hasta al menos tres de sus generaciones por venir. Pero a Castorel le disgustaba la sociedad en la que solía desenvolverse. Se había enamorado terriblemente de su jardinero, un hombre áspero, siempre oloroso a tierra mojada, que pasaba los cincuenta, y de ascendencia y apellidos mayas, casado, alcohólico y mujeriego pal caso.

Castorel sabía que nada había que intentar con un machito de esta naturaleza, pero, acostumbrado a tener todo lo que quería, se decidió por lo más fácil, hacerse amigo de la hija del jardinero.
Minerva era una chica simple. El pelo corto y los pantalones de mezclilla siempre una talla por encima, eran su preferencia y le marcaban la personalidad al punto. Un machito en todo el sentido de la palabra, y Castorel supo ver en ella la oportunidad. Minerva era el hijo que el jardinero siempre quiso.

— Mi padre quería tener un varoncito, pero nací yo… A él eso poco le importó, y cuando mi madre nos abandonó, yo era muy pequeña, me educó para ser justo como él. Me gustan las mujeres, patrón, y usted me cae de madres porque es bien alivianado —Levantó el vaso que Castorel había llenado a tope de cerveza.
Castorel podía pasar horas enteras del día con Minerva de un lado para otro de la casa, en la piscina o la biblioteca, e incluso viajando al sitio que se les ocurriera. Cuando todo indicó la suficiente confianza, el patrón fue honesto: Me gusta tu padre.
Minerva lo miró sin expresión. “Sospechaba que usted también era puto, pero ¿mi padre? ¿Cómo se le ocurre? Habiendo tanto hombre por ahí que puede usted ligarse —y le dio un codazo en las costillas que a Castorel le arrancaron la sonrisa—, ¿y viene a fijarse en un gañán como mi padre?”
Minerva formó parte de la trampa. Invitó al jardinero a beberse unas copas dentro de la casa, aprovechando que el patrón no estaba. “Tengo su confianza, viejo, vamos a drinkear un rato en lo que no está. Cuando escuchemos que se abre el portón, salimos por atrás pa que no nos vea”. Cuando el jardinero se notaba entusiasmado hasta la algarabía, Minerva desapareció y el patrón se hizo presente.
El jardinero se había puesto de pie de un brinco; no supo qué decir, las palabras se habían atorado en alguna parte de su cabeza y no hallaban el camino hacia su lengua. Castorel caminó lento y se detuvo frente a él. Cogió una botella de vodka y le sirvió otra copa al jardinero, sin decir palabra.
El jardinero, impávido, se dejó besar poco a poco por su patrón sin ofrecer resistencia. Cuando el patrón se puso de rodillas abriéndole la bragueta, supo que no podría negarse, y dio inicio una larga relación creada en el chantaje. Minerva disfruta y hace planes por saberse la única heredera.

4.- La fe en un poder superior
Vergonzoso es jugar con el dolor humano, Gustavo lo sabía, por eso cuando Reinier le contó sobre las conferencias de la gnosis, accedió a acompañarlo y olvidarse para siempre que había sido bautizado en el seno de la iglesia católica, sin su consentimiento, ¿cómo se atrevieron?
Se conocían desde la secundaria, y para el bachillerato se sabían genios venidos a menos que podían aspirar a vivir como quisieran en una sociedad que aborrecían. La sociedad de los fantasmas ecuménicos, dijeron con algo más que desprecio.
Juntos se matricularon en las carreras de ingeniería civil, química, biología, derecho, habían pasado los exámenes de admisión en varias universidades y con todo, decidieron abandonar los estudios, nada les llenaba el espíritu. ¡Esos parásitos del sistema!, decían a coro.

La gnosis los atrapó. Fueron los libros de Samael Aun Weor, el maestro que había encarnado al Cristo; el maestro que podía viajar a otras dimensiones sensoriales, abandonar su cuerpo, bajar a los infiernos, revisar el conocimiento almacenado por la humanidad en archivos teosofales, ocultos por la miseria de una humanidad incapaz. Al fin se sintieron parte de algo.
Reinier y Gustavo eran conscientes del desarrollo espiritual basado en el conocimiento, pero sus tesis y propuestas dejaban mucho que desear a los que los conocíamos. La familia sentía lástima por ellos, por los vagos eternamente inconformes hasta el aburrimiento.
Coincidí con ellos en una fiesta, y juntos hablaban sobre el conocimiento y la forma en que la gnosis se encargaba de administrarlo. No sé ni cómo la plática había derivado en un primo homosexual que Gustavo y yo teníamos en común. Gustavo se lanzó en una apología que resultaba extrema, dejando a Reinier pensativo y escuchando con recelo. Los movimientos de Gustavo eran de una forma por demás violenta, buscando despedazar la imagen que teníamos de este familiar que había decidido abrazar la diversidad sexual y explorarla sin tapujos.
- Unos animales, no son más que una aberración.
- Es tu primo…? solté avergonzado.
- Un homosexual está muerto para mí. Es un aborto de la naturaleza.
Con el eco de la última letra pronunciada aun en el aire, Reinier se levantó y se alejó de la mesa. A punto de salir a la calle, Gustavo le llamó extrañado de que se fuera sin despedirse. Reinier, sin voltear siquiera el rostro hacia los que permanecíamos en la mesa, dijo: “Sé que es un error, pero yo te amo Gustavo”, y salió a la calle.
El silencio se amplió, y las palabras de Reinier con lentitud viajaron hacia la mesa donde departíamos. Un petrificado Gustavo apenas logró apretar los dientes.

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