Reserva de Derechos
04-2013-030514223300-203

Ciudad de México Año VII Número LXXXII Agosto 2019

 

Tres prosas
Luciano Pérez

1.- Platón quema sus poemas
Nunca vieron las musas un alumno tan más dotado para la poesía como el joven Platón. Pero ahora éste había entendido al fin que, si un poema no habla bien de Dios, merece las llamas.

Como ningún poeta es capaz de decir algo bueno de lo divino, Platón renunció a la poesía y quemó toda la que había compuesto, para que lo bueno y lo bello prevalecieran.

Que si bien es cierto que hay poemas bellos, ninguno contiene lo bueno, y entonces no hay verdad que sobresalga.

Porque la belleza sin bondad ni sin la razón es la más grande mentira, y el joven Platón no quiso ser parte ya de esa hueste risueña y apasionada, no importa de cuán alto rango, que con sus versos denigra lo que Dios dice y hace, y es más, que ignora o les da lo mismo si hay Dios o no. Pero si los poetas no escribieran como lo hacen, la vida no sería divertida, y los dioses, en su eterna beatitud, no tendrían de qué carcajearse.

Platón lo sabía, y por eso mismo apresuró el incendio de su obra, no fuera a ser que le ganase la risa (esa que, junto con las lágrimas, es un don lírico), o la pasión, que es lo que menos conviene a la seriedad del universo, que suele tambalearse si hay bufonadas o apasionamientos, sobre todo si unas y otros son perfectamente melodiosos.


2.- Lechuzas para Atenas
Es tiempo de llevar más queridas lechuzas hacia Atenas. Dicen que ésta no las necesita, que ya tiene demasiadas. Pero no hay por qué no llevar otras, todas tan amadas por su diosa glauca, Atenea, tan semejante a ellas. Y las lechuzas desean vivir en la ciudad de su deidad. Y vivir es, para ellas, dormir, que no es lo mismo que soñar. Quien sueña está muerto. Pero quien duerme sabe que la noche le corresponde, y así la lechuza, cuya sabiduría consiste en haber aprendido a otear en las tinieblas. El que sabe, se siente a sus anchas en la oscuridad.

Y Atenas oye cuando las lechuzas vuelan, antes de que la luz llegue a medio entender lo que las lechuzas ya han comprendido desde hace mucho. La luz no prevalece en las tinieblas. La luz mata, mientras que, para saber, es necesario ir hacia el fondo, hacia donde nadie ve nada, ahí donde los peces sin ojos atienden a ver hacia dentro, que es más sugerente que ver hacia fuera.

Entonces, dormir es la verdad, y no el sueño. Que quien sueña apenas reconoce lo insólito que presto se esfuma. Las lechuzas no necesitan soñar, confían en que su diosa glauca ha de darles alas para venir siempre a Atenas, para posarse en el mármol y la piedra, para recordar que el tiempo no existe. Porque cuando se apaga la luz, a nadie le importa que transcurran las horas. Sabe más quien no ve nada, y así las glaucas de Atenas, que lo saben todo.

3.- Dante, guía de Virgilio
Dante había descubierto con sorpresa, una vez muerto, que no había paraíso y tampoco purgatorio: todo era infierno, apenas parecido al que él había descrito. Todos, absolutamente todos, sin excepción, cuando morían, iban al infierno. Pero nada que temer, pues no había aquí diablos con instrumentos agrícolas atormentando a los malos. Había, sí, mucha oscuridad, pero no tanta.

Dante no supo qué hacer, y entonces descubrió también que tenía un óbolo en la boca, y una barca se acercó; el piloto de ella quiso la moneda, y el poeta italiano se la entregó. ¿Quién se la había puesto? ¿Alguno de sus hijos? Y vio al Can Cerbero, mas éste no amenazaba a nadie, pues dormía muy tranquilo; y una vez en el otro lado, todo parecía quietud, pero se oían como murmullos. Entonces apareció junto a él un hombre, quien en latín le dijo llamarse Virgilio, y que necesitaba que Dante lo guiase a través del infierno.
— No es como lo pensé, no veo ningún atormentado, y tampoco ningún demonio castigando a alguien.
— No, no los hay, pero eso no quiere decir que no se sienta algo de tristeza.
— Quizá es porque no hay Dios, y…
— ¿Dios? Hay dioses, si no me equivoco.
— ¿Cómo he de guiarte, si este no es el infierno que yo conozco?
— Créeme, yo te sigo.
— Será como un ciego que lleva a otro ciego, ni tú ni yo vemos casi nada.
— No te preocupes, la oscuridad no es total. Y a veces los que no ven suelen ser los mejores guías.
— ¿Y entonces el infierno…?
— El infierno es toda Italia, y por lo tanto aquí no hay Dios.
— Si camino, ¿te llevaré hacia algún lado?
— Adonde tú vayas iré yo, pero no habrá una dama que te guie hacia lo alto.
— ¿No hay ninguna dama?
— Oh, aquí está lleno de ellas, y en algún lado estará la que consideras tuya.
— ¿Dónde está ella?
— Por algún lado de aquí, no se sabe dónde; tal vez tú con tu intuición logres hallarla.
— Pero aun si la hallo, no será lo mismo, porque si no hay Dios, entonces Beatriz no me puede dirigir hacia lo alto.
— Al contrario, precisamente porque no hay Dios, puedes hacer, de ella, ello.
— ¿Qué ello?
— Un dios, tu Dios…
— Pero…
— Vamos, ¿no fue acaso lo que hiciste, lo que han hecho muchos poetas, convertir en Dios a su dama?
— Y tú…
— Supe aquí de Dido, de Amarilis…
— No sabré qué decirle a Beatriz si me la encuentro.
— Le dices que, aun en el infierno, haces de ella tu cielo.
— Eso me recuerda algo…
— No se hable más y guíame.
— Pero tú ya has de conocer aquí.
— No, no todo, aquí es infinito, Así que se quiebre ya la rama dorada. Entremos…

Y Dante guió a Virgilio, a través de los infiernos, donde los muertos duermen, y a veces despiertan y hablan. Y si Dante encuentra en este camino a su Beatriz, ésta le dirá que no lo conoce. A Virgilio no le parecería raro eso, a él mismo no lo reconocieron ni Dido ni Amarilis.

Regresar