Reserva de Derechos
04-2013-030514223300-203

Ciudad de México Año VII Número LXXXII Agosto 2019

 

Segundo centenario de Walt Whitman (1819-1892)
Lucky Peterson

Hubo una vez un hombre que inventó él solo la poesía de los Estados Unidos. Y este hombre quiso dar a conocer el mensaje de su patria progresista y libertaria, para que todos los pueblos del mundo fuesen iguales a ese país rico, impetuoso, siempre en camino hacia adelante, ya sin necesidad de rendirle pleitesía a la vieja Europa. Walt Whitman fue prácticamente el inventor de lo que llaman “sueño americano”, y creyó ser generoso al invitar a todas las naciones a ser parte del mismo. Whitman abrió los brazos y quiso abarcar con ellos a todos los hombres, para que soñaran junto con él en la gloria de “América”.

Hace doscientos años nació este poeta, cuya influencia en la poesía de todo el mundo ha sido ampliamente reconocida. Poetas como Jorge Luis Borges y Pablo Neruda no hubieran sido posibles sin Whitman, y para nuestra lengua ello es ya un gran mérito (en una entrevista dijo Borges que la única vez que se vio con Neruda, se la pasaron hablando sobre Whitman). Nació en West Hill, Long Island, en el estado de Nueva York, el 31 de mayo de 1819. Fue un estadounidense auténtico, de esos que se hacen a sí mismos, así que no tuvo miedo de desempeñar los más distintos oficios desde muy joven: office-boy en un despacho de abogados, y luego en un consultorio médico; aprendiz y luego tipógrafo en la imprenta de Mark Twain, y luego impresor él mismo; maestro en una escuela primaria. Pero lo que más le gustó ser fue periodista, y llegaría a ser director de periódicos como “The Long Islander”, “Daily Eagle” de Brooklyn, “Daily Crescent”, y otros más. Escribió para ellos gran cantidad de artículos, y también publicó ahí sus versos.

Ese trabajo periodístico le permitió conocer los afanes expansionistas de su nación, a los cuales apoyó totalmente, y fue claro en manifestar su total repudio a quienes se opusieran al avance del progreso y de la democracia, como ese México que impedía el paso de la expansión yanqui; y a ese México había que aplastarlo sin miramientos. Whitman se expresó ferozmente en favor del triunfo de las armas estadounidenses sobre ese pueblo inferior de los mexicanos, los cuales no tenían ningún derecho a estar contra el avance del sueño. Y si lo hacían, había que exterminarlos. Una conducta contraria a la de otro escritor estadounidense, Henry David Thoreau (1817-1862), autor del alguna vez famoso libro “Walden”, quien se negó a pagar impuestos a su gobierno por no estar de acuerdo con la política agresiva que se estaba ejerciendo contra México. En cambio, Whitman pidió que se tuviese la máxima severidad contra los mexicanos, una vez que se rindieron éstos en 1848. Como bien sabemos, nuestro país perdió inmensos territorios, que abrieron todavía más la panorámica de Whitman, quien vio con placer cómo su “América” se extendía del Océano Atlántico al Pacífico.

Satisfecho con esa victoria del fuerte sobre el débil, Walt se dedicó más a sus tareas poéticas, y para 1855 publicó la primera edición de “Hojas de hierba”, con unos pocos poemas. Con el paso de los años siguió publicando el mismo libro, pero éste se iba haciendo más grande, pues nuevos poemas iban integrándose edición tras edición. Y para 1864, cuando dio inicio la Guerra Civil entre el Norte y el Sur en los Estados Unidos, por supuesto que Whitman estaba del lado de sus compatriotas yanquis, e ingresó al servicio de enfermería, que entonces era muy primitivo, para atender a los heridos del frente de batalla. Al concluir la guerra, siguió con su poesía, pero en 1873 sufrió una grave enfermedad que lo dejó paralítico, y entonces se retiró a Camden, en Nueva Jersey, donde pasó sus últimos años, hasta que falleció el 26 de marzo de 1892.

Whitman, como buen estadounidense de inevitables raíces bíblicas, se presenta en sus poemas como un profeta que expone una revelación. “América” es un campo abierto donde cabe toda la humanidad, para que hombres y mujeres se amen los unos a los otros. Pero para Whitman el amor no significa tan sólo solidaridad y fraternidad, sino más que nada el roce directo de los cuerpos, el entrelazarse de éstos. Dios es amor, sí, pero porque ha creado los cuerpos para que se solacen apasionados. El amor es la electricidad que corre por el cuerpo, y no importa si la chispa se da entre hombre y hombre, o entre mujer y mujer, o como se quiera. Lo central es que lo divino es un canto a la unión sexual.

Por eso no fueron bien vistos algunos de los poemas de Whitman, por ser escandalosos e “inapropiados”. Su amigo el filósofo Ralph Waldo Emerson habló con él, para aconsejarle que no incluyese tales poemas en “Hojas de hierba”. Whitman sólo sonrió, y por supuesto que los publicó. Pero décadas después la revolución sexual de los sesenta los entendería, y los hippies los harían suyos. Que si los cuerpos no se unen, ¿qué sentido tienen el cariño, el afecto, la amistad? Sólo los verdaderos amigos llegan a conocerse mediante la sexualidad. Sin embargo, todavía eso es hoy irreverente para muchos, que separan amor y amistad como si no fueran lo mismo. Pero escuchemos lo que nos dice Whitman en “I sing the body electric”, una de sus mejores piezas:

“Yo canto al eléctrico cuerpo…
¿Alguien duda que quienes corrompen sus propios cuerpos se esconden?
¿Y que quienes profanan a los vivos son tan perversos como quienes profanan a los muertos?
¿Y que el cuerpo vale tanto como el alma?
Y si el cuerpo no fuese el alma, ¿qué es el alma?
El amor por el cuerpo de un hombre o de una mujer desbarata cualquier explicación.
El cuerpo mismo desbarata la explicación: el del varón es perfecto, y el de la hembra es perfecto”.
Desde los griegos no había vuelto a hablarse de la perfección del cuerpo humano, ni tampoco de que el alma es parte del cuerpo. Siglos de cristianismo habían destruido tales expresiones por ser diabólicas. Y si bien a veces habla Whitman del amor entre hombre y mujer, lo hace en un contexto matrimonial; hace más énfasis en el amor a los camaradas, sus camaradas, como en este poema de “Calamus”:
“Luego de estudiar lo nuevo y lo antiguo, los sistemas griego y germánico,
de estudiar y afirmar a Kant, a Fichte, a Schelling y a Hegel,
de afirmar la sabiduría de Platón, y la de Sócrates más grande que Platón,
y de buscar y afirmar a quien fue más grande que Sócrates, al divino Cristo, a quien estudié por largo tiempo,
veo reminiscencias hoy de aquellos sistemas griego y germánico,
veo todas las filosofías, las iglesias cristianas, las doctrinas,
pero por debajo de Sócrates con claridad veo, y por debajo del divino Cristo veo,
el tierno amor del hombre por su camarada, la atracción del amigo por el amigo,
la del esposo bien casado por su mujer, y por sus hijos y padres,
de la ciudad por la ciudad y de la tierra por la tierra”.
Otro ejemplo, también de “Calamus”:
“Aquí yo solo, apartado del bullicio del mundo,
correspondido e interpelado aquí por lenguas aromáticas,
ya sin rubor (pues en este sitio oculto puedo expresarme como no osaría hacerlo en ninguna otra parte),
siento en mí con fuerza la vida que no se exhibe, pero que lo contiene en sí todo.
He resuelto no cantar hoy más que los cantos del afecto a hombre,
para proyectarlos a lo largo de esta vida sustancial,
ofreceré entonces los tipos del amor atlético.
En esta deliciosa tarde del noveno mes de mi cuadragésimo primer año,
me dirijo a quienes son o han sido jóvenes,
para contarles el secreto de mis noches y días.
Para celebrar la necesidad que tengo de camaradas”.
No todos sus poemas son para exaltar la virilidad de los camaradas, y de hecho los mejores son aquellos que se abren hacia el espacio, que desean cantarlo todo, abarcarlo todo. Como en este fragmento de “Song of Myself”, su poema más aclamado y que ha influido más:
“ ¡Espacio y tiempo! Ahora veo que es cierto lo que supuse,
lo que supuse mientras holgazaneaba sobre la hierba,
lo que supuse cuando yacía solo en mi lecho,
y de nuevo, mientras paseaba por la playa bajo las pálidas estrellas de la mañana.
Mis amarras y mi lastre me abandonan, mis codos descansan en abismos marinos,
escalo sierras, las palmas de mis manos abarcan continentes…”
O este otro, de “Saludo al mundo”, ya para concluir el presente recuerdo del segundo centenario del nacimiento del poeta Whitman:
“Veo las regiones de nieve y de hielo,
veo el salmonete de ojos penetrantes y al finlandés,
veo en su bote al cazador de focas listo con su arpón,
veo al siberiano en su trineo ligero arrastrado por perros,
veo a los cazadores de marsopas, veo la tripulación de un barco ballenero que va por el sur del Pacífico y el norte del Atlántico.,
veo los acantilados, los glaciares, los torrentes, los valles de Suiza; registro los largos inviernos y el aislamiento.
Veo las ciudades de la Tierra y al azar me hago parte de ellas.
Soy un verdadero parisiense,
Soy un habitante de Viena, San Petersburgo, Berlín, Constantinopla.
Soy de Adelaida, Sidney, Melbourne.
Soy de Londres, Manchester, Bristol, Edimburgo, Limerick.
Soy de Madrid, Cádiz, Barcelona, Oporto, Lyon, Bruselas, Berna, Francfort, Stuttgart, Turín, Florencia.
Pertenezco a Moscú, Cracovia, Varsovia, o, hacia el norte, a Cristiana o Estocolmo, o a la siberiana Irkutsk, o a alguna calle de Islandia.
Me bajo en todas esas ciudades, y me levanto de nuevo, dejándolas.”

Regresar