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Ciudad de México Año VII Número LXXXIII Septiembre 2019

 

“Abbey Road”, el último disco de los Beatles
Loki Peterson

Cuando los Beatles lanzaron el disco “Abbey Road”, nadie en el mundo sabía que se trataba del último, así que fue tomado como una nueva maravilla más, y que por su gran calidad se veía al nivel de “Revólver” y del “Sergeant Pepper”. Los fans, muy contentos por las nuevas canciones, aguardaban ya el siguiente año para otro disco. Pero ya no habría otro. O si lo habría, pero en circunstancias muy distintas. Los Beatles, dentro de su círculo íntimo, eran los únicos que sabían que no podía haber más. El cansancio, el fastidio, eran totales, pues no habían parado ni un solo día desde que en 1956 fue fundado el grupo bajo el nombre de “The Quarry Men”.

A partir de las grabaciones del “White Album” en la segunda mitad de 1968, fue evidente que los Beatles ya no eran los mismos; discutían demasiado, y cada quien estaba interesado en lo que él mismo componía, sin preocuparse mucho de los otros. Todo empeoró en enero de 1969 durante las sesiones de lo que sería la película “Let it be”.

Lennon se ocupaba más de Yoko que del grupo, mientras que McCartney quería obligar a todos a seguirlo bajo su férreo mando. Sin embargo, tomaron la decisión de grabar en serio un último disco, y acordaron olvidarse de rencillas y trabajar en armonía para la grabación de “Abbey Road”; después de todo, al ser la última vez, valdría la pena esforzarse como en los viejos tiempos para que quedase un testimonio final de qué tan buenos eran. Todos se entregaron a fondo, incluso Lennon.

El resultado fue prodigioso: uno de los discos más ilustres de todos los tiempos, y su portada se volvió icónica, con la fotografía tomada por Iain Mcmillan. Ahí van los cuatro de Liverpool atravesando una calle londinense aledaña a los estudios Abbey Road.

Cada uno vestido de manera distinta, como para marcar la diferencia entre ellos mismos. Adelante, Lennon, barbado, pelo largo y vestido de blanco; luego Ringo, con traje negro y corbata; después McCartney, descalzo, con saco y sin corbata, y un cigarrillo en la mano derecha; al final, Harrison, de pelo largo, barbudo y vestido de mezclilla. Esta imagen se prestaría después a muchas interpretaciones, pues al parecer dice más de lo que representa. Como aquella que señala que ahí se ve que McCartney ya estaba muerto, pues lo llevan a enterrar, por lo cual ya no lleva zapatos, y el cigarro no lo trae en la mano izquierda como solía porque ya no es él. Lennon es el sacerdote que oficia el entierro, por eso va de blanco; Ringo está vestido de luto, y representa al público que asiste al funeral; Harrison es el enterrador, y por lo tanto lleva ropa de trabajo. Además, un VW blanco al fondo trae en su placa el número 27, la edad que tenía Paul cuando murió.

Por otro lado, sobre todo en la era de las redes sociales, se han hecho multitud de variantes de la portada, con todo tipo de personajes, desde los Simpson hasta los muñecos de Walt Disney. Y se seguirán haciendo, pues el motivo de los cuatro por la calle es inagotable. No hay otra portada que haya sido tan interpretada, salvo la del “Sergeant Pepper”.

Pero vayamos ya al contenido del álbum, que inicia con una memorable pieza, “Come together”, escrita y cantada por Lennon, con otra de sus letras extravagantes, y un notable trabajo instrumental.

A continuación viene una de las más famosas canciones de todos los tiempos, de la que Frank Sinatra dijo que era “la mejor canción de amor de Lennon y McCartney”; para lamento de estos últimos, pues ellos no la compusieron, sino George Harrison, quien por primera vez logró la cima del Hit Parade con “Something”. Es melodiosa, tierna y sin embargo sobria, con un maravilloso trabajo de guitarra. Como con “Yesterday”, se han hecho de ella innumerables covers.

Paul se esforzó mucho para que su “Maxwell’s silver hammer” fuese un éxito apabullante, pero no lo logró. No es mala canción, de hecho tiene el mérito de que ahí aparece por primera vez un instrumento nuevo, el moog o sintetizador. La letra cuenta un caso violento que hasta parece divertido, la del estudiante Maxwell que con su martillo acaba asesinando a todos.

Luego viene “Oh Darling”, también de McCartney, una canción donde la garganta de éste se desgarra para expresar el amor que pide perdón por algo a alguien. Lennon alguna vez comentó que él la hubiera cantado mejor.

“Octopus’ s Garden” es la segunda canción escrita por Ringo Starr para el grupo, y se hizo rápidamente popular por su pegajosa melodía, bien seguida por la guitarra de Harrison. “I want you she’s so heavy”, de Lennon, es uno de los orígenes del heavy metal, y dura más del tiempo usual en las canciones; los instrumentos tocan una hipnótica melodía que sigue y sigue sin llegar a ningún final, hasta que ocurre un corte repentino.

Se da vuelta al disco (en los long plays de antes) y otra vez Harrison pega en lo más alto, para demostrar que ya estaba al nivel de John y Paul, con una encantadora balada llena de luz y de armonía, “Here comes the sun”.

Luego está “Because”, de Lennon, quien se inspiró en la sonata “Claro de luna” de Beethoven que Yoko solía tocarle; John, Paul y George cantan juntos, en uno de sus tríos melódicos más ilustres. Sigue “You never give me your money”, una buena canción de Paul, con sorprendentes cambios de ritmo.

A continuación vienen los dos medleys o popurrís, con canciones breves pegadas una con la otra. El primer medley inicia con “Sun King”, una suave melodía lennoniana, con los Beatles cantando en español, italiano y portugués; sigue “Mean Mr. Mustard”, también de John, que iba a aparecer en el “White Album” en una versión más larga; “Polythene Pam”, igualmente Lennon, con una magnífica instrumentación; cierra Paul con “She came in through the bathroom window”, que va rápido hasta dejar sin aliento, luego de ser originalmente lenta.

El segundo medley comienza con “Golden slumbers” de McCartney, para cuya letra se inspiró en una vieja canción de cuna inglesa; primero canta de manera tierna y luego desgarradora, para dar paso a “Carry that weight”, igual de Paul, una especie de marcha, donde al final cada uno toma turno para tocar un solo: inicia Ringo con su batería, luego George guitarra, después John otra guitarra, y al final el bajo de Paul. Esta es una de las piezas más memorables de la historia del rock. Y todo concluye con “The end”, de Paul, donde se cantan los famosos versos que quedan como una herencia que nos dejan los Beatles: “And till the end, the love you take is equal to the love you make”. Y cuando pensamos que todo terminó, saltamos porque Paul nos sorprende por unos segundos con “Her Majesty”. Y ahora sí, todo acabó, literalmente.

George Martin hizo, como siempre, un gran trabajo de producción, y los ingenieros de sonido fueron Geoff Emerick y Phil McDonald. Las grabaciones concluyeron a fines de agosto de 1969, y el disco fue lanzado el 26 de septiembre de ese año, hace cinco décadas ya.

En cuanto al título del álbum, es simplemente el nombre de los Estudios EMI Parlophone de Londres, ubicados en la vía londinense llamada Abbey Road. Primero hubo la idea de llamarlo “Everest”, y los Beatles aparecerían en la portada escalando esa montaña. Se desechó por impráctico, y se prefirió algo más simple y también más simbólico: ni más ni menos que el nombre de los estudios donde los Beatles habían desarrollado toda su carrera musical y logrado grandes éxitos desde que empezaron a grabar ahí en 1962. Ellos llegaron a Abbey Road como novatos de la grabación, pues nunca habían hecho discos, y sólo tenían gran experiencia como músicos en vivo. Pero bajo la mano maestra del productor George Martin año tras año fueron lanzando al mundo maravillas discográficas que todavía nos asombran.

La causa de la separación no fue sólo por diferencias artísticas, sino también en cuanto a lo económico. Desde que había muerto su manager Brian Epstein en 1967, los Beatles se habían sumergido en una crisis financiera que exigía una acción a fondo, pues mucho dinero se ganaba pero también mucho se perdía. John, George y Ringo quisieron que Allen Klein, quien había trabajado para los Rolling Stones, se hiciera cargo de las cuentas y pusiera orden en todo el caos de Apple. Sin embargo, McCartney no lo quería, sino que él propuso a su propio cuñado, el hermano de Linda Eastman, un abogado neoyorquino. Ello provocó amargas e innecesarias disputas, donde se gritaban unos a otros. Y para que entrase dinero, Klein propuso que se reactivase la idea de la película que sería “Let it be”, que al parecer ya se había desechado, y además sacar un disco con las canciones de la misma, que ya no había que grabar pues estaban hechas. Eso fructificaría hasta 1970, cuando se estrenó el film y se lanzó el disco. Pero cuando esto ocurrió ya no había más Beatles.

Alguna vez un entrevistador de Playboy le dijo a Lennon, poco antes de morir éste, que los Beatles habían sido el mejor grupo de toda la historia del rock. John, escéptico, respondió: “Sí, el mejor grupo, pero ¿y?” Y, que sin ellos, sin los Beatles, la música, la vida, la época, hubieran carecido de ese brillo tan peculiar que hace de los sesentas una de las décadas más ricas y provechosas del siglo veinte. No se hubiera logrado sin el esfuerzo de cuatro músicos de Liverpool que ahora, aunque ya no trabajarían juntos, se iban cada uno por su lado para iniciar sus nuevas carreras musicales.

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