Reserva de Derechos
04-2013-030514223300-203

Ciudad de México Año VII Número LXXXIII Septiembre 2019

 

El poeta y mago Virgilio
(70 – 19 A.C.)
Luciano Pérez

De todas las grandes figuras de la literatura latina, dos en particular han sido celebradas y admiradas sin interrupción a lo largo de los siglos: Cicerón y Virgilio. Ejemplos ambos, uno de buena prosa y el otro de buena poesía, han sido modelos imperecederos que han atravesado indemnes la modernidad sin envejecer jamás. Hoy nos ocupamos de recordar al segundo, a Publio Virgilio Marón, a propósito de su fallecimiento en el mes de septiembre del año 19 antes de Cristo. Sumados los 2, 019 años transcurridos desde el inicio de lo que llaman nuestra era, a los 19 desde que murió el poeta, habremos de saber cuánto tiempo ha pasado, y Virgilio no deja nunca de resplandecer. Y mientras que en la Edad Media varios de los grandes autores latinos y también de los griegos fueron relegados y olvidados, Virgilio estuvo siempre presente, al menos en la figura de un poderoso mago y profeta.

Virgilio nos es entrañable porque escribió una de las obras que más han impactado nuestra imaginación, el gran poema épico de la “Eneida”. Aquí se presenta como continuador de las epopeyas homéricas, contándonos lo que el poeta ciego ya no tuvo oportunidad, sobre cómo cayó Troya y qué ocurrió después; pero también algo nuevo, de cómo el troyano Eneas, hijo de Venus, llegó a Italia para fundar lo que luego sería Roma. Con este relato quiere el poeta unificar dos culturas, para que en adelante sean ya una sola, la grecolatina. Quien sabe de la una, sabe de la otra, y con ella se forma el verdadero humanista. Humanismo en el sentido original, revalorado por el Renacimiento, de hacer de la cultura de Grecia y de Roma parte de la personalidad de uno.

Mantua es una ciudad al norte de Italia, en lo que antes fue llamado la Galia Cisalpina. En una localidad de ahí de nombre Andes, nació Virgilio el 15 de octubre del año 70 A.C., quien nunca olvidó el ambiente pastoril y agricultor de aquellas tierras. Hizo estudios en Cremona y en Milán, y luego se trasladó a Roma, en el año 50 A.C., para convertirse en orador, en un tiempo en que serlo era prestigioso, por las alturas que en la oratoria había alcanzado Cicerón. Pero muy pronto le dejó de interesar la elocuencia, pues su verdadero talento tenía que ver con la poesía.

Cuando Virgilio se inició en la lírica, los grandes modelos a seguir eran Catulo y Lucrecio, y se hizo seguidor de éstos. Del primero tomó la manera burlesca y la expresión ligera (luego se desharía de ellas), y de Lucrecio el amor a la naturaleza: paisajes, animales. Existe una colección de los primeros poemas virgilianos, aunque algunos estudiosos dudan que sean suyos; algunos son muy catulianos, y se supone que Virgilio era un autor sobrio que nunca pudo haber dicho palabras inconvenientes. Pero son prejuicios de eruditos.

Es notable el poema que habla de un mosquito, quien pica a un pastor que está dormido para advertirle que una víbora está cerca; él despierta y mata al reptil, pero también mata al mosquito. Éste se le aparece en sueños al pastor y le reprocha su ingratitud, y a continuación le muestra cómo es el inframundo, algo que ya había hecho Homero en la “Odisea”, de cómo viven ahí los buenos y los malos, los héroes y los villanos. Esto es un avance de lo que Virgilio hará en la “Eneida” cuando Eneas baja al reino de los muertos, y que tanta influencia tuvo en Dante. Este poema del mosquito está dedicado al entonces joven Octavio, que luego llegaría a ser emperador.

Virgilio, como más tarde Horacio, también fue miembro del rebaño de Epicuro, y dos epigramas suyos lo demuestran. En uno dice haberse hecho discípulo del epicúreo Siron; y en otro dice haber heredado la propiedad de éste al morir el maestro. Y hay otros poemas, todos los cuales no son sino preparación para una obra maestra de índole pastoril, las “Bucólicas” o “Églogas”. Se trata de diez exquisitas piezas, verdaderas joyas, escritas a la manera del poeta siciliano Teócrito, donde los pastores expresan su amor hacia quienes los han abandonado.

Pero el más notable, la égloga IV, no es pastoril, sino el canto a un niño que acaba de nacer. Detengámonos un poco aquí, pues este poema dio pie a que en la Edad Media se considerase a Virgilio como un mago y profeta. Escrito para su amigo Polión, que acababa de ser padre, Virgilio se regodea anunciando que el nacimiento de ese niño anunciaba una nueva era, donde por fin habría felicidad universal. Esto suena exagerado para un recién nacido, por muy ilustre que en ese entonces fuese el padre, Polión, hoy totalmente olvidado.

Cuando siglos después el emperador Constantino oyó la égloga IV, no tuvo ninguna duda de que Virgilio había anunciado con ella, unos años antes de que ocurriese, el nacimiento de Cristo. Y todo el orbe entero estuvo de acuerdo, y por eso Virgilio fue muy apreciado a pesar de ser un poeta pagano. Se dijo incluso que hacía milagros, incluso ya desde la época del emperador Octavio Augusto, quien había presenciado algunos hechos mágicos.

Por esa fama, Dante lo eligió para que lo guiase en su viaje al inframundo, pues el haber anunciado al Redentor tenía que hacer del poeta mantuano un ser muy especial.
Una de las razones para la escritura de las “Bucólicas” fue también el que Virgilio se lamentase en ellas de la pérdida de sus propiedades en Mantua y Cremona, que les fueron dadas como compensación a veteranos de la guerra contra Antonio. Los poemas llamaron la atención de Mecenas y de Octavio, que quisieron compensar al poeta, y el primero se hizo cargo de su manutención, y el segundo, que ya era emperador, le entregó otras propiedades para subsanar la pérdida sufrida. Octavio no lo perdió de vista, porque vio en él un colaborador para la tarea de regenerar a la nueva Roma imperial. Le encargó unos poemas donde se elogiase la vida en el campo, para que renaciese entre la gente el gusto por la agricultura, y entonces Virgilio escribió las “Geórgicas”. Son poemas técnicos, sobre la labranza, la cría de ganado, la apicultura, y eso los hace difíciles de leer, pero de repente aparece una imagen brillante que nos regocija.

Octavio quedó satisfecho, pero aún tenía otro encargo que hacer y de alcances más vastos. Era tiempo de celebrar la gloria romana, que necesitaba un canto épico que fuese el asombro de las generaciones venideras. Virgilio no se sentía capacitado para tanto, sólo que la insistencia del emperador fue tanta que no le quedó otro remedio que poner manos a la obra, así que se puso a escribir la “Eneida”. Otros poetas ya habían intentado glorificar los orígenes romanos, que no empezaban con Rómulo y Remo sino mucho más atrás, con la misma caída de Troya. Los romanos se sentían descendientes de los troyanos, y el propio Julio César se decía descendiente de Iulo, o Ascanio, el hijo de Eneas.

Como ya señalamos, es Eneas el héroe que habrá de huir de la destruida Troya, para fundar una nueva nación en otro lado. Llevaba consigo a su padre Anquises, a su hijo Ascanio, y a muchos camaradas con sus familias.

Las corrientes marinas llevan a Eneas hacia la costa africana en lo que hoy es Túnez, y en ese entonces Cartago, una colonia fenicia de donde es reina viuda Dido. Recibe con gusto a los troyanos, que llegan cansados del largo y peligroso viaje. Eneas le cuenta a la reina cómo es que cayó Troya, la artimaña del caballo de madera, y otros detalles. La diosa Juno tiene el plan de que Eneas jamás llegue a Italia, y mediante Venus hace que Eneas y Dido se enamoren.

La pasan bien durante un tiempo, pero Zeus no quiere eso, sino que el troyano tiene que cumplir con su destino y salir de Cartago, así que Eneas se va. Dido queda inconsolable y se suicida. Este episodio es uno de los más dramáticos y conmovedores de la literatura universal, y generaciones de niños que aprendieron gramática latina lloraron ante la desgracia de la reina, como cuenta San Agustín que ocurrió con él mismo, y por eso luego se reprochaba el haber llorado por Dido y no por Cristo. Ese suceso explica también el odio que en adelante se tuvieron romanos y cartagineses.

Eneas llega a Sicilia, su padre fallece y lo sepulta. Pasa a Italia, donde se verá involucrado en las amargas luchas de los numerosos pueblos de ahí: latinos, etruscos, oscos, y otros. Llega a Cumas, donde la Sibila lo lleva a visitar el inframundo, donde él ve las sombras que se quejan y murmuran; ahí se encuentra a su padre recién fallecido, quien le muestra las figuras de los grandes héroes de la historia romana. Sale de ahí, y llega a la corte del rey Latino, quien quiere hacerlo su yerno, así que le ofrece la mano de su hija Lavinia; sólo que ella tiene ya otro pretendiente, Turno, y Eneas tiene que pelear contra éste. La guerra latina es difícil y enconada, pero Eneas logra vencer a Turno y casarse con Lavinia.

La “Eneida” no estaba terminada, así que Virgilio pretendía echarle la última mano. Sin embargo, sintió que necesitaba recabar algunos datos importantes para incluirlos, y viajó a Grecia a buscarlos. Una vez terminado el libro, pensaba en dedicarse al estudio de las ciencias naturales. Pero allá se enfermó, y tuvo que volver a Italia. Desembarcó en el puerto de Brindisi, pero ya no pudo seguir el camino porque se sintió peor. Traía consigo el baúl con todos los rollos del manuscrito de la “Eneida”, y sintió que ya no tendría las fuerzas para revisarlo y corregirlo. Su honestidad artística le hizo ver que no podía dar a publicar algo así, y que por lo tanto había que hacerlo desaparecer. Por lo tanto, le pidió a sus amigos y herederos Vario y Tucca que lo quemasen todo. No sabían qué hacer, y tal vez lo habrían quemado, de no ser que llegó Octavio, quien haciendo uso de su autoridad como emperador, toma posesión del manuscrito, que ya es propiedad no de su autor sino de la nación de los romanos.

“La muerte de Virgilio”, novela escrita por el austriaco Hermann Broch en el exilio y publicada en 1945, una de las grandes obras de las letras alemanas y universales, nos habla con intensidad de los últimos días del poeta. Dividida en cuatro movimientos musicales, la prosa de Broch es aquí semejante a un poema que no termina nunca ni queremos que termine. Virgilio y Octavio luchan por el derecho a hacer de la “Eneida” lo que cada uno quiere, en diálogos de perfecta textura. No es un libro fácil de leer, lo cual aleja a muchos lectores, que ven en todo ello un inmenso trabalenguas. Por eso con justicia Julio Cortázar se ufanó de ser uno de los pocos que han leído la novela de Broch. Virgilio resiste, pero se da cuenta que no tiene por qué oponerse al emperador, y le da posesión del baúl. Octavio publicará el libro tal como quedó, y Virgilio muere, un 21 de septiembre del año 19 A.C.

Si está terminada o no, nosotros los que leemos la “Eneida” no lo notamos, por tantas maravillas que se encuentran ahí. Junto a las epopeyas de Homero, es una obra que merece ser leída una y otra vez. Hay dos buenas traducciones al español, una en prosa y otra en verso; la primera es ya vieja, de 1869, publicada en Madrid por Eugenio de Ochoa, y que es reproducida por Porrúa. La otra es de Rubén Bonifaz Nuño, para la UNAM, que intenta imitar los hexámetros latinos con hexámetros en español, algo muy complicado porque el latín y el español, pese a que éste procede en gran parte de aquél, tienen diferente sonido y estructura sintáctica. Conviene leer ambas, y los que puedan hacerlo, vayan hacia el original. Lo merece el gran mago y poeta mantuano, gloria literaria de antes, de hoy y de siempre.

Regresar