Reserva de Derechos
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Ciudad de México Año VII Número LXXXIII Septiembre 2019

 

Yo era un hombre bueno…
José Luis Barrera

Otro septiembre más y ya se suman cincuenta y cuatro a mi haber. Y ya desde adolescente comencé a descubrir el mundo real que mis padres se encargaron de maquillar con fantasía -y vaya que lo hicieron bien, porque hasta antes de los once no me percataba de lo compleja que es la vida-. Por supuesto, que por esta circunstancia en muchos años de mi vida fui demasiado inocente creyendo en la gente, como dice Charly García: “…pero siempre fui un tonto que creyó en la humanidad…”. Y ahora veo que la llegada de mi compañero rechoncho y la amargada maestra de cuarto año tenía que suceder tarde o temprano para adiestrarme en los embates del humano contra el humano. Mucho tiempo detesté este tiempo en que cambié de escuela primaria por cuestiones ajenas a mí y que me habían alejado de Abel; hasta ese entonces mi amigo del alma. En realidad fue más que un cambio de colegio, era un proceso de maduración que ya requería.

El rollizo sujeto me hizo entender que la fábula del león con la espina en la pata en realidad se refería al ser humano, y comencé a utilizar el término abyección.

Lo encontré no recuerdo en qué lectura, investigué su significado y lo atesoré como el gran descubrimiento que identificaba perfectamente a la humanidad, representada en ese momento por aquel chamaco obeso por el que sentí en un primer momento compasión y que me respondió con traición (algo a lo que tenía que enfrentarme tarde o temprano), así como la maestra que nunca se compadeció de mí, mostrando un odio irracional hacia mi persona.

Y es que para que luego la vida no me tomara por sorpresa, se me tenía deparada una preparación intensiva para salir del cuento maravilloso de mis padres a la selva de la vida. El mentado Wilbert y la maestra Leonor hacían muy buen equipo, ya que las burlas de uno iban sucedidas de los regaños de la otra. El uno que me hacía enojar al grado de soltar el primer golpe de mi vida, y la otra que me castigaba y me ponía delante del grupo diciéndole a los compañeros que yo era un mustio. Realmente hicieron un trabajo al alimón, para que conociera, de una vez por todas, la traición y el odio.

Por supuesto que yo no era mustio, en realidad en ese entonces era tan noble como lo aparentaba y vuelvo a Charly García: “Yo era un hombre bueno, si hay alguien bueno en este lugar…”. Por supuesto que era voluntarioso, caprichoso y ya mostraba signos de la envidia, pero pese a todo actuaba con mucho menos malicia que ahora, pero la necesitaba para que la humanidad no terminara aplastándome bajo el peso de mi propia inocencia.

Se fue cayendo poco a poco la escenografía montada por mis padres y se fue develando la humanidad, sin máscaras ni maquillaje, haciéndome entender que aquello que me sucedió en cuarto año era tan sólo el inicio, porque peores sucesos me toparía en mi paso por este mundo. Si yo pensara que la vida ha sido cruel conmigo, más bien debo agradecer que me fue preparando paulatinamente y no de golpe. Por ejemplo con respecto a la muerte, comenzó por la defunción de un pollito, luego la de un tío cercano y muchos años después las dolorosas muertes de mis padres. Puedo decir que mi proceso de maduración me fue dosificado.

Y aunque tengo muy presente aquella primera traición, no dejo de entrever que fue muy traumática por ser la primera, pero he tenido peores y mucho más terribles que me han significado pérdida de dinero, de amores e incluso de entereza. Golpes terribles de los cuales he tenido que sobreponerme y no creo ni por mucho que ya haya pasado lo peor, el proceso de maduración sigue incesante hasta el momento de la muerte (que es el ansiado descanso al que muchos se quieren adelantar o se han adelantado con suicidios conscientes o inconscientes).

En este andar un tanto quijotesco por la vida también descubrí hace ya muchos años el término que a mi parecer me representa: la misantropía. La adopté y la he ido moldeando para no hacerla una herramienta de mi egocentrismo. Odio por supuesto al ser humano, pero por lo mismo no puedo dejar de odiarme a mí, puesto que no soy ni Dios ni chango para señalar a la humanidad desde afuera, sino que pertenezco a ella y soy tan imperfecto como lo que crítico.

Ya pasaron los tiempos en que los tontos, los irracionales y los abyectos son los otros. No puedo pasar por maduro y no debo presumir haberle aprendido a la vida, si no comprendo que yo mismo he ocasionado tantas penas como he sufrido. La envidia era una crisálida en mi infancia que tenía que salir en algún momento, mis odios tendrían que hacer eclosión con el tiempo y mis traiciones me delatarían tarde o temprano. La misantropía ahora no me sirve para señalar a los demás tanto como a mi persona, no siendo ahora herramienta para criticar a los demás sino para buscar mi propio crecimiento. Aún no logro vencer el odio, por eso me hace vibrar la frase de El fantasma de Canterville de Charlie García: “…ay, si pudiera matarlos, lo haría sin ningún temor…”.
Efectivamente me encanta y me define esta canción emblemática del genio loco argentino. No la puedo borrar del Sound Track de mi vida, el cual por supuesto que tendría que comenzar con What a wonderful word de Bob Thiele para describir mi infancia. La de Charlie García estaría por supuesto en la parte dramática de mi película, que siempre es la de mayor intensidad, y sería el tema de fondo del trailer.

Ahora estamos de nueva cuenta en septiembre, que es el inicio de mi ciclo vital y ahora comienzo a recorrer mi período cincuenta y cuatro. Y aunque la vida me demuestre que siempre hay algo más difícil que afrontar y me ha ido preparando para llegar a ello, lo cierto es que entiendo al doctor que me decía de mi padre cuando enfermó: “la depresión en la tercera edad es muy peligrosa porque la persona sabe que se está quedando sola”.

Y en verdad, en este 2019 he tenido esa sensación de que me estoy quedando solo, y aunque siempre he privilegiado la soledad, el saber que mis contemporáneos envejecen, mis antecesores ya casi no existen y que las generaciones cercanas a mí están muriendo, sabes que te estás quedando con gente de otro tiempo distinto al tuyo.

Los que comprenden tus recuerdos se están yendo poco a poco. Aquí comienza el final de la trama acompañado del Adagio for strings de Samuel Barber.
Y aunque no sé cuándo ni cómo va terminar mi película, por lo pronto sigue sonando “El fantasma de Canterville” de Charlie García y David Lebón:

Yo era un hombre bueno
si hay alguien bueno en este lugar
Pagué todas mis deudas
y mi oportunidad de amar.
Sin embargo estoy tirado
y nadie se acuerda de mí
Paso a través de la gente
como el fantasma de Canterville

Me han ofendido mucho
y nadie dio una explicación
Ay, si pudiera odiarlos
lo haría sin ningún temor
Pero siempre fui un tonto
Que creyó en la legalidad
Ahora que estoy afuera
ya sé lo que es la libertad.

He muerto muchas veces
acribillado en la ciudad
Pero es mejor ser muerto
que un número que viene y va
Y en mi tumba tengo perros
y cosas que no me hacen mal
Después de muerto, nena,
vos me vendrás a visitar

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