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Ciudad de México Año VII Número LXXXIV Octubre 2019

 

Cinco minificciones
Adán Echeverría


1.- Rodear el Buda
(De Letrad(eros))

Nunca he comprendido eso de dejar la mente en blanco. Cada que alguien dice, en un curso, en terapia, en clase de yoga, o en un sitio de oración: “Pon la mente en blanco”, me la paso pensando en la palabra blanco, me imagino un conejo blanco como el de Alicia, o al conejo de la suerte de las caricaturas, o también se me ha dado por pensar en la fábula de la liebre y la tortuga, o en la otra fábula del cuervo, en algún poema de Edgar Allan Poe, en lo que dijeron sus críticos sobre que Poe es mejor en sus traducciones porque era ilegible en su propio idioma, pienso en los periódicos donde publicaba sus historias, en aquel amorío con su prima, y entonces pienso en mi prima Rilma, en esos labios, y sus pechos morenos de niña de trece, que me untaba en la boca cuando apenas yo cumplía los ocho años, y acabo con una erección.

Eso de la mente en blanco no es lo mío, estoy seguro. Y por eso no se me antoja lo de la meditación, y me da por no creer en la acupuntura ni en la medicina tradicional china, y por eso no acudo a que me den masajes como el resto de mis compañeros de oficina. Sin embargo, cuando Rubí, esa morena chaparrita; pueblerina de labios cuarteados, pechos como manzanas y rabo pequeñito pero a leguas duro, comenzó a hablar sobre poner la mente en blanco, pensé en mi semen. En mi semen inundándole los labios, en mi semen embarrándole las nalgas, en sus pequeños pechos detenidos en el calor de mi boca y en sus nalgas atrapadas entre mis manos mientras la penetro hasta el fondo.
Por eso es que todas las historias de Buda, luego de esa clase, me parecen excitantes. Me excita eso de que su madre, y el bosque, y los árboles y las ramas y su nacimiento. Me excita aquello del príncipe que escapa hacia la pobreza dejándolo todo, porque lo imagino desnudo, corriendo fuera del palacio, y a esas mujeres de chichis al aire, presas de la hambruna, que se van lavando en el río Ganges.
Imagino a Buda sentado en flor de loto, y delante de él soy ese gusano que va comiéndose la carne de los cadáveres. Me imagino rodeando esa figura de Buda, latiendo como carne desprendida, y entonces pienso de nuevo en Rubí, en sus manos delgadas que atrapan mi pene durísimo. Y es cuando alcanzó el orgasmo, y sí, todo el cuerpo me queda manchado de blanco.


2.- Paisajes y fisuras
(De Letrad(eros))

Las pinturas necesitaban recogerse. Se hacía tarde para volver a casa. Me quedaría a cuidar a mi nieta, descubrí que es algo que mi cuerpo necesita. Esa alegría que a veces me hace olvidar antiguas historias que me remontarían a mis días en otra ciudad. Una ciudad sin mar. Porque el mar fue lo primero que me salvó de la desesperación.

El mar y el clima, el relieve que siempre aparecía en mi horizonte para recordarme que siempre hay que subir, continuar y subir.
Desde que salí de aquel paisaje de ruidos y cemento, la brisa marina, los ojos tan cargados de azul, fueron la oportunidad para nuevos retos. Tener un hijo o dos, por decisión propia, qué importaba la infancia dolorosa en recuerdos, y la lejanía del cariño a mi alrededor ya dilapidado. Para eso había crecido, para eso había dejado atrás los grises pensamientos que me impulsaban a causarme daño. Estos paisajes de campos abiertos eran la oportunidad para no repetirme. Yo sí sería madre, y con el paso de los años, heredaría a mis hijos la necesidad de transmitirse en la vida, les daría la esperanza como se heredan las miradas, o el color del cabello. Yo sí sería abuela.
Por eso, cuando la esposa de mi hijo me marcó al móvil, dije que sí. Claro que puedes dejarla conmigo. Estoy en el instituto Riviera pero salgo enseguida para la casa. Solo tengo que pasar a buscar unas de mis obras y regreso. Esa fue la imprudencia. Todo, fue la imprudencia.

Uno piensa que ya está en otro lado, y aún no camina los primeros pasos. Así defino la prisa. Y con prisa corrí a la sala de exposiciones. Mi amiga me había comentado que era mejor que fuera ya por mis pinturas, porque si no las llevarían a la bodega del instituto, y saldrían de vacaciones. Y no pensaba dejar mi obra para que sufra daños por malos manejos. Así que fui por ellas; pero como no estaba en mis primeros planes, ya estaba pensando en estar con mi nieta, y ya estaba pensando en llamar el taxi, y ya estaba pensando en todo, menos en que la pieza era muy grande, que no me dejaba ver lo que había en el camino que recorrían mis pies, y por eso no me pude percatar del escalón, que durante tantos años había esquivado una y otra vez.
Tropecé y como sostenía con mi brazo izquierdo la pintura, por la parte de atrás, no pude meter la mano. Mi peso cayó sobre mi codo.
Y hoy, tengo que seguir usando esta codera para sostener un brazo que ya no me funciona del todo. Pero he decidido ser una gran abuela capaz de siempre sonreír, y por ello -a pesar de que aquella vez tuve que dejarla esperándome- decidí comprarle una codera más chica a mi nieta, porque le gusta jugar a imitarme. Los nuevos retos están en el horizonte.


3.- ¿Y mis raíces?
(De Los turbios femeninos)

Luisa acostumbraba todos los viernes pasar al bar a escuchar música viva, beber cerveza, liarse una plática interesante con cualquier tipo que tuviera el valor de enfrentar su hermoso rostro de trigueña mexica, y rebanarle la espalda con la idea de algún cambio en el porvenir más próximo. No era justo que este viernes la banda presente fuera una fusión de música prehispánica y ritmos house.
- Pero qué diantre están tocando ?, escupió a sus vecinos en la barra del bar.
- No seas así, abre tu espíritu hacia todos los ritmos.
- ¿No escuchas?; es música de indios.
- No lo dices en serio, ¿verdad? -, carraspeó Fidel, hippie pacifista que se apunta como defensor de cualquier causa, por más estúpida que fuera?. Deconstruir la música prehispánica hacia nuevas versiones tiene que ver con recuperar las raíces.
-¿Cuáles raíces? Tú, no te engañes. Esto es una ridiculez.
-Llamas ridícula esta música. Habrías de medir tus palabras. Qué, muy europea la niña, ¿no?
-¿Tienen que vestirse con taparrabos y usar sintetizadores para ir adornando el ponchis ponchis? ¡Y lo del palo de lluvia!, es una mamada, neta. ¿Cuáles raíces?
Aburrida pero sin decidir terminar la cerveza y largarse de una buena vez, acariciaba el cristal de la botella, ensimismada. Uno de los integrantes de la agrupación que daba el concierto se acercó a la barra, sediento; se quitó el penacho, y con la cabeza al rape enseñó un rostro y una figura que más que bien, a Luisa no pudo dejar de agradarle.
La mañana siguiente Luisa abrió los ojos temprano. Se miró desnuda en los espejos del techo, y observó su cuerpo violentado, donde sobresalían marcas de dientes, signos de la enorme y deliciosa batalla de amor que había librado.
- Hay que volver a las raíces, ni hablar? y se mordía los labios mirando junto a ella, desnudo y en todo su esplendor, al músico del penacho.


4.- Esos tus ríos de agua viva
(De Los turbios femeninos)

Rilma miró la polea sola en el travesaño; soga y cubo habían caído al pozo. Tendría que meterse. Su padre le enseñó desde niña a no esperar que le resolvieran las cosas: Ayuda a tu madre, dijo antes de morir. Y se acostumbró a resolverlo todo. Miró los alrededores. Nadie. Se quitó el vestido de tela de algodón, quedando en ropa íntima, para bajar en busca del cubo. Descendió con cuidado las paredes mohosas; tres metros llenos de verdín que se le iba impregnando en las manos, manchándole el anillo que su padre le regaló al cumplir los quince. Tomó el cubo sin soltarse de unas rocas salientes de la pared, justo cuando unas sombras la cubrieron. Reconoció la voz de su primo Gerardo y uno de sus amigos.
- Vas a ir a entrenar.
- No sé.
- Todavía piensas en tu prima.
- Es mi prima y no puede gustarme.
- Se te pasará ?. El amigo hizo una pausa y se recargó en el brocal, dejando caer ese polvillo de roca vieja?. ¿Se ha dado cuenta?
- Para nada, cuando nos vemos, digo o hago cualquier majadería para molestarla-. Rilma sonrío mientras intentaba, untando la mano en la pared, limpiar el verdín que se había quedado en su anillo. Los últimos dos años, su primo Gerardo le resultaba atractivo. Iba a verlo meter goles en los partidos de fútbol. Era el ídolo del pueblo y todas sus amigas morían por él.

- Mejor no vengas a esta casa, para evitar las tentaciones.
- Vengo a ver a mi tía. Pero hoy no hay nadie. No vayas a ir con el chisme -, dijo golpeando en el muslo a su amigo.
Las sombras se esparcieron. Rilma sonreía ruborizada. Subió distraída, llevaba los pezones endurecidos por el contacto con el agua fría. La lámina del cubo golpeaba las rocas mientras escalaba. El anillo salió de su dedo y al intentar cogerlo, resbaló, golpeándose la cabeza entre las rocas. Segundos después su cadáver apareció flotando. Tenía los cabellos en movimiento, como medusas negras buscando refugio entre las sombras.


5.- Eva en el refrigerador
(De Los turbios femeninos)

El sol era una roca hirviente que se había acercado tanto a la ciudad derritiendo los anuncios espectaculares, y a los transeúntes que como Agustín deambulaban por las calles llenas de basura. Con el ánimo por los suelos, jadeando incluso, llegó a casa. Rápido abrió el refrigerador para servirse un vaso de agua helada, y la vio. La mujer desnuda y sonriente dijo "Hola" al verlo. Agustín cerró de inmediato.
-¡Abre, abre!, es incómodo estar acá. Muero de frío-. Agustín abrió lento y con excesiva precaución.
- ¿Quién eres?
- Abre, que me congelo.
Le tendió la mano para ayudarla a salir. La mujer con dificultad quiso ponerse de pie.
- Estoy entumida. Mis piernas no responden-. Se deslizó hacia afuera, recostándose en el piso mientras frotaba sus piernas y muslos, risueña. Agustín igual sonrió al ver la escena sin comprender por qué en su refri había una mujer escondida.
- Voy por algo para que puedas cubrirte.
- No, por favor, no me dejes. Sólo abrázame -. Agustín dudó, pero se inclinó a abrazarla con delicadeza. Ella lo jaló, metiéndose al hueco de su pecho.
- Tengo mucho, mucho frío. -. Agustín sudaba por el calor, y el contacto con el helado cuerpo de ella, lo hizo estremecerse. Comenzó a frotarle los brazos con sus manos; ella encogió las piernas y se arrellanó en el abrazo de quien la liberara.
- Acaríciame que muero de frío -, la mujer temblaba.
Él estiró los brazos para sentir los helados muslos, las piernas, pantorrillas, tobillos y pies, hasta meter los dedos de sus manos entre los dedos de los pies de ella. La mujer puso la barbilla en el pecho del joven, jaló su cabeza hacia abajo, y buscó sus labios. Agustín no se contuvo y el beso se hizo largo. Ella temblaba, y al muchacho las gotas de sudor le seguían escurriendo por la frente. Su camisa empapada fue escarchándose por la helada piel de la mujer, cuya lengua se introdujo a su boca, y él bajó más la mano derecha buscando la vagina. La mujer abrió las piernas, amplia, esperando los dedos hurgantes que caminaban sobre su vientre, y fueron enredándose a los erizados rizos del pubis. Los dedos se introdujeron con lentitud y ella emitió un pequeño jadeo que creció y se alejó aleteando por la habitación. La temperatura fue fundiéndose entre ambos cuerpos, rezumando la vida que, afuera, continuaba derritiéndose.

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