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Ciudad de México Año VII Número LXXXIV Octubre 2019

 

La revista memoranda del ISSSTE (1989-1998)
Luciano Pérez

Hubo un tiempo en que la cultura en México fue considerada una prestación para los trabajadores y los derechohabientes. Algunos funcionarios se interesaron en poner en manos de gente que sabía el manejo de dicha prestación. Hace treinta años, a principios de 1989, la Subdirección de Acción Cultural del ISSSTE ya tenía mucha experiencia en difundir y promover la cultura, y en cuanto a la literatura respecta, para no hablar de otras expresiones artísticas, se había procurado la organización de talleres de creación literaria (a cargo de conocidos escritores como Edmundo Valadés, Juan Bañuelos, Guillermo Samperio y Homero Aridjis), y de periodismo cultural (con Huberto Batis); así como talleres de lectura (dirigidos por jóvenes pasantes de carreras de letras, entre ellos Agustín Cadena, Ricardo Plaisant, Dan Russek, y muchos otros). Y hubo un programa donde se enviaba a toda la República a reconocidos autores para leer su obra y platicar con la derechohabiencia en los centros culturales del instituto, gente como David Huerta, Alberto Ruy Sánchez, Germán List Arzubide, y muchos más, imposible nombrarlos a todos. Pero aún faltaba algo más: una revista.

Hubo un antecedente diez años antes, cuando apareció Coatlicue, pero esta publicación no duró mucho. Ahora se trataba de darle mayor apoyo y difusión a la revista que se llamó memoranda, como plural de memorándum, “recordatorio”, en alusión al trabajo de oficina que requiere de un documento así llamado, pero también para recordar nuestros hechos culturales más relevantes. Después de todo, la revista no era para los entendidos y los especialistas, sino para los trabajadores del Estado y sus familias.

Este proyecto editorial fue puesto a cargo de alguien que había estado a cargo de los programas que hemos mencionado antes: el poeta Sergio Mondragón, quien en los años sesenta había dirigido la revista El Corno Emplumado, un importante referente de la literatura mexicana moderna. Él fue el editor de memoranda, y trajo como sus inmediatos colaboradores a otros dos poetas: uno muy prestigiado, José Vicente Anaya, como jefe de redacción, y otro más joven, Luciano Pérez, como secretario de redacción.

Mondragón y Anaya pondrían por delante su vasta experiencia y conocimientos, y sacarían provecho de sus numerosos contactos literarios para llamarlos a escribir para la revista. Luciano Pérez daría inicio a fructíferos años de aprendizaje al lado de dos grandes maestros: Mondragón, disciplinado y exigente hasta la exageración, y Anaya, que nunca se dejaba intimidar por nada ni por nadie.

En la presentación del primer número (julio-agosto de 1989) se explicaba la naturaleza de la publicación: “La revista memoranda inicia su vida editorial abriendo sus páginas a esa discusión que hoy se halla en plena vigencia, y que ha encendido y comprometido a los espíritus más lúcidos y ha motivado la obra de los más importantes artistas y escritores de México… En memoranda daremos mucha importancia a la memoria de lo mexicano y nuestras raíces históricas serán contadas de nuevo y reinterpretadas… Vamos a hablar de lo que es nuestro, del México mestizo y plural; de su rostro moreno, de sus costumbres y raíces… Nos proponemos estar en las manos de los trabajadores al servicio del Estado como una opción de lectura de calidad, ligera y amena… Queremos, sobre todo, mostrar respeto por nuestro lector, decirle algo a su inteligencia y sensibilidad”.

Así quedaba definido que memoranda se ocuparía de la cultura mexicana, en todos sus aspectos. El contenido estaba dividido en secciones fijas, y abría con una que se dividía en tres subsecciones; en la primera, “Nuestras raíces”, connotados antropólogos e historiadores reflexionaban sobre los orígenes y el sentido de nuestra nacionalidad, desde los tiempos prehispánicos hasta la actualidad, y ahí escribieron Alfredo López Austin, Guillermo Bonfil Batalla, Edmundo O’Gorman, Jorge Alberto Manrique, y otros. La siguiente subsección, “Quiénes son…”, estaba dedicada a los grupos étnicos del país: triquis, mayas, ñañus, mazahuas, yaquis, etc., con excelentes fotografías de un experto en este tema, el alemán Walter Reuter, quien llegó a México huyendo del nacionalsocialismo, y se enamoró de las etnias nacionales. También aquí nos ocupamos de los grupos emigrantes que se establecieron en nuestro país (árabes, judíos, italianos, japoneses, alemanes…), y luego de los habitantes en general de los distintos estados (oaxaqueños, duranguenses, hidalguenses), incluyendo a los entonces llamados defeños. La tercera subsección, “Visión de Tenochtitlan”, se ocupaba de cómo fue la ciudad de México en sus distintas épocas, desde su fundación por los mexicas hasta las actuales Coyoacán y Tepito.

A continuación venía “Imaginaria”, que se dividía en dos partes, una dedicada a la literatura, y la otra a la pintura. En ambas se hacía un homenaje a un personaje de esas artes, así que en la primera estuvieron Alfonso Reyes, Amado Nervo, Octavio Paz, Juan Rulfo, Juan José Arreola, Sergio Pitol, Carlos Monsiváis, Manuel Gutiérrez Nájera, Sor Juana, Ramón López Velarde, José Agustín, etc.; y en la segunda, José Clemente Orozco, Diego Rivera, David Alfaro Siqueiros, Frida Kahlo, Nahui Ollin, José Guadalupe Posada, etc. Sobre los escritores de ayer y hoy escribieron para nosotros gente reconocida del medio, como David Huerta, Agustín Monsreal, Christopher Domínguez, Evodio Escalante, Víctor Hugo Rascón Banda, Eugenio Aguirre, Elsa Cross, Verónica Volkow, Julio César Schara, Arturo Córdoba Just, y muchos otros, incluyendo a Mondragón, Anaya y Pérez. En cuanto a los artistas plásticos, por lo general nos escribían textos gente especializada del CENIDIAP del INBA, como Teresa Favela, Laura González Matute y Sofía Rosales.

Otras secciones fueron: “México reconocido”, con reportajes sobre lugares hermosos y a veces poco conocidos de la provincia mexicana; “Lo cotidiano se hizo historia”, sobre los orígenes del café, del chocolate, de los vestuarios regionales; “Cuando el maratón nos alcance”, acerca de la historia de los deportes que se juegan en nuestro país, desde el juego azteca de pelota hasta el box, y también la medicina deportiva; “Leer es placer”, reseñas de libros de autores mexicanos; “¿Adónde vamos?”, fue una guía cultural de esparcimiento; “Vamos sobre seguro”, sobre asuntos de la seguridad social en el ISSSTE. Algunas de estas secciones fueron con los años siendo sustituidas por otras, y así fue que aparecieron “Conciencia”, consejos médicos y sicológicos para una vida sana; “Cine mexicano”, a cargo del conocido experto en cine Gustavo García; “Nuestras mujeres”, con semblanzas de personajes históricos femeninos de México; “Educándonos”, acerca de la historia de la educación nacional; y “La vida en breve”, a cargo de Edmundo Valadés, con trabajos de ilustres cuentistas.

El domicilio de la revista era Nápoles 39 esquina con Londres, en la Colonia Juárez, propiamente en la Zona Rosa, así que era un sitio atractivo para trabajar, y para que los que colaboraban vinieran a visitarnos. Nuestra publicación fue bimestral, y a lo largo de diez años aparecieron 52 números, ininterrumpidamente. Todas las colaboraciones, fueran textos o fotografías, eran puntualmente pagadas

En aquella época no había celulares, tampoco internet, y las computadoras sólo eran conocidas y manejadas por unos pocos iniciados. De hecho la revista nunca tuvo computadora, todos los textos eran mecanografiados, y luego en la imprenta eran capturados para su formación, así que había que leer con sumo cuidado dos veces lo mismo: lo hecho por nuestra secretaria y lo hecho por la capturista de la editorial. No había correo electrónico, así que toda comunicación era por vía telefónica.

En 1994 José Vicente Anaya dejó la jefatura de redacción, la cual pasó a ocupar Luciano Pérez. Y dado el tiempo transcurrido, es imposible acordarse de todos y cada uno de los que colaboraron, además de los ya mencionados más arriba, pero cabe rememorar a los fotógrafos Walter Reuter, José Antonio Íñiguez y Ángeles Camacho, cuyo trabajo fue fundamental para el lucimiento gráfico de la revista; a las reporteras Ivonne Melgar, Magdalena Sosa, Rosa Carmen Ángeles, Rocío Cerón, Patricia Vega y Lorena de la Rocha; a los reporteros Alejandro Sanciprián, Carlos Canto y Víctor Villela; otros que también escribieron para nosotros, ya fuese artículos o reseñas: Martha Loya, Julián Castruita, Mauricio Higareda, Alejandro Parra, José Luis Barrera, el arquitecto José de la Vega, Joel Phillips, Alejandro Gaytán García, etc.

Tampoco cabe olvidar a los contadores que nos ayudaron a que la revista marchase bien económicamente: Leticia Castillo, Estela Ávalos, Adriana López, Víctor Manuel Bocanegra. Por supuesto, hubo contadores que hicieron todo lo posible por hacernos difíciles las cosas, pero sus nombres han sido con justicia olvidados. Y están los funcionarios que apoyaron el desarrollo de memoranda, como Roberto Gallaga, Luis Garza, Federico Granja Ricalde, Patricia Gutiérrez Zanatta, José Ángel Ibáñez Montes…

Y están asimismo las secretarias que tuvo la revista, Yolanda Jiménez Olín, Carolina González Garduño, Maricarmen Somohano, y sobre todo la que estuvo presente más años, Alejandra Salazar. Ellas aportaron no sólo su amabilidad y encanto, sino también el afán de servir y su disposición para el duro trabajo. Estuvo también nuestro mensajero Alejandro Labra, que iba y venía de las casas de los que colaboraban para recoger sus textos, en aquellos días sin correo electrónico, y también para llevarles sus respectivos pagos.

La revista se imprimió siempre en la Editorial Eón, a cargo de Rubén Leyva y de Silvia Bravo, allá en Xoco. Fue notable el desempeño de quienes estuvieron a cargo del diseño y de la formación de la revista, como Jesús Fernández, Héctor Avélica, Áurea Díaz, Rosalba García, Mónica Fernández Levy, que hicieron maravillas con la tecnología disponible entonces, que no era tan sofisticada como llegó a ser unas décadas después. Ahí convivimos con ellos en los laboriosos días de la corrección de pruebas.

La revista concluyó en septiembre de 1998, y el número 53 ya no llegó a ser impreso, a pesar de que se encontraba listo. Como todo en el gobierno, también memoranda tuvo que sujetarse a los vaivenes políticos, y algún funcionario dictaminó que desapareciera. Pero todo tiene que terminarse algún día, y estamos orgullosos de lo que hicimos, y de participar en el espacio y el tiempo de la cultura mexicana de esos años noventa del siglo veinte. El ISSSTE de entonces nos vio con asombro, como que éramos excéntricos para ellos; el ISSSTE posterior prefirió ignorar lo que hicimos, de modo que el instituto no tiene actualmente la revista en sus páginas de internet.

Esta muestra de ingratitud e ignorancia es muy de esperar en los altos burócratas formados en el neoliberalismo, que huyen de cuanto sea cultural.
Pasaron muchas cosas, hay gran cantidad de anécdotas, algunas chuscas y otras pesarosas. Los días del Mundial solían ser de botanas y refrescos. Sólo quiero recordar algo que nos dijo Edmundo O’Gorman y que se me quedó muy grabado; para contactarlo tenía uno que hablarle sólo entre 8 y 9 de la mañana, pues el resto del día y de la noche desconectaba su teléfono. Dijo: “El teléfono es el peor invento hecho por el ser humano. Sólo sirve para hacer perder el tiempo”. No sé qué pensaría él, de haber vivido más años, acerca del celular inteligente y sus múltiples aplicaciones y distorsiones.

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