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Ciudad de México Año VIII Número LXXXV Noviembre 2019

 

500 años de la llegada de Cortés a Tenochtitlan
Luciano Pérez

Son ya quinientos años de que ocurrió un acontecimiento crucial para el destino de un país y de una ciudad capital, ambos con el mismo nombre: México. Entonces éste no existía como tal, pero el encuentro ocurrido el martes 8 de noviembre de 1519 daría pie a la futura formación de la nación mexicana. Ese encuentro fue entre el tlatoani Moctezuma Xocoyotzin y el conquistador español Hernán Cortés, uno de los momentos estelares de la humanidad.
Frente a frente dos visiones distintas, si no es que opuestas, del mundo, la mexica y la española. Sin embargo, no estaban predestinadas a entenderse, porque la segunda destruyó a la primera, al considerárseles diablos a los mexicas, es decir, enemigos de Dios y de su Iglesia. Los mexicas (hemos preferido llamarlos así en vez de aztecas) no entendían el porqué de ese odio español, pues para ellos hay muchos dioses, y en éstos lo bueno y lo malo convivían sin mayor problema. Pero el Dios de los europeos era totalmente bueno, y exigía la destrucción los ídolos que se adoraban en Tenochtitlan.

Luego de haber fundado en abril de 1519 la Villa Rica de la Veracruz, los españoles exploraron las tierras totonacas aledañas, y no tardaron en descubrir Cempoala, sede del famoso y patético Cacique Gordo. Éste recibe a Cortés con agrado, y lloroso se queja ante el conquistador de que tiene que pagar pesados tributos a Moctezuma, de lo cual está harto y no sabe qué hacer. Cortés le promete ayudarlo a liberarse. Y pronto se da la oportunidad cuando llegan emisarios mexicas a cobrar el impuesto, y don Hernán aconseja al cacique que no les pague nada, es más, que los aprese. Pero esto llena de terror al gordo, pues le tiene pavor a Moctezuma, pero no le queda de otra que aceptar el consejo español, y los cobradores son hechos presos.

A Cortés quizá le divertía lo miedoso del cacique, y en vez de consolarlo por lo hecho contra los mexicas, lo obliga a que acepte que sus templos e ídolos sean destruidos. El gordo ruega, implora, suplica, pero Cortés es implacable y acaba con la herencia religiosa de los totonacas. Para continuar su camino, el conquistador le pide al cacique le proporcione guías que lo ayuden a llegar a Tenochtitlan, y le son concedidos. El 15 de agosto de 1519 sale Cortés de Cempoala, al mando de cuatrocientos soldados y una docena de cañones, a más de veintitantos jinetes, para emprender formalmente una de las conquistas más fascinantes de la historia y también una de las más destructivas.

Bien guiados por los totonacas, cuatro días después llegan los españoles a un lugar paradisiaco llamado Jalapa, lleno de flores y de pájaros. Sin embargo, a continuación se internan por una zona fantasmal, la cadena montañosa que está entre el Pico de Orizaba y el Cofre de Perote, un sitio frío y desolado. El 2 de septiembre llegan al Altiplano, y tienen ante la vista la ciudad de Tlaxcala, donde hay una república independiente que no le paga tributo a los mexicas. Los tlaxcaltecas se ven en un dilema, pues para algunos, los más viejos, es preferible recibir bien a los españoles; pero para otros, los jóvenes, acaudillados por Xicoténcatl, es mejor ofrecer resistencia. Estos últimos se imponen, y atacan a los españoles. Es la primera vez que Cortés se enfrenta a una oposición seria.

Xicoténcatl y su gente pelean bien, pero las armas europeas se imponen y los tlaxcaltecas sufren innumerables bajas. También los españoles experimentan graves pérdidas, y como son pocos, mientras que los de Tlaxcala son muchos, varios soldados se acercan a Cortés para pedirle que no se continúe más adelante, que es preferible volver a Veracruz, y quizá regresar después a Tlaxcala pero con muchos refuerzos.

Él vacila un poco, pero finalmente les dice que estaría bien regresarse, pero que no sólo venían como mílites del monarca español, sino también como adalides de Cristo y su Iglesia, y por lo tanto había la obligación de cristianizar esta tierra tan llena de ídolos y demonios. Los españoles quedan convencidos y se disponen a continuar la batalla, pero he aquí que algo ocurre dentro de Tlaxcala.

Los viejos han decidido que se haga la paz con Cortés, pues han considerado imprudente la actitud de Xicoténcatl, que ha provocado muchos muertos entre los tlaxcaltecas. Por lo tanto, en vez de combatir, los españoles son invitados a entrar en la ciudad, donde son bien recibidos. A Cortés le gustó Tlaxcala, dijo que le recordaba la ciudad de Granada. Era el día 23 de septiembre de 1519. Y los tlaxcaltecas no sólo hicieron la paz, sino que se convirtieron en aliados de los españoles. Estaban decididos a apoyarlos para acabar con la supremacía de los mexicas. Quizá sin ellos Cortés no habría logrado tomar Tenochtitlan.

Lo que siguió a continuación fue una de las mayores infamias de la historia. Cerca de Tlaxcala había otra república autónoma, pero que estaba en mejores términos con Moctezuma: Cholula. Una urbe llena de pirámides, de la que desconfiaban los tlaxcaltecas, pero no pudieron seguir a Cortés cuando éste entró a la ciudad a principios de octubre, porque los cholultecas no querían ver a gente de Tlaxcala dentro. Los tlaxcaltecas le advirtieron a Cortés que algo les parecía mal, que se tramaba alguna traición. Les dijo él que estuvieran ellos listos en las afueras de Cholula por si los necesitaba, y entonces mandó reunir en son de paz a seis mil cholultecas. Éstos lo hicieron así, y acudieron desarmados a encontrarse con el conquistador español. Y entonces éste dio la orden, y se inició la matanza.

Los tlaxcaltecas entraron para apoyar en la masacre. Y no sólo eso, los españoles se dieron a la destrucción de templos e ídolos para colocar en su lugar altares dedicados a lo que llamaban el “verdadero Dios”.

No se sabe si los de Cholula tramaban alguna traición, pero el hecho de haberse presentado desarmados ante Cortés pone eso en duda. Fray Bartolomé de las Casas se sintió horrorizado, y reprobó totalmente la matanza de Cholula.

Sin embargo, Motolinía estuvo de acuerdo con ella, porque acabó con los mentirosos demonios que obstruían el despliegue de la religión católica en estos territorios tan alejados de Dios. Como se ve, era un enfrentamiento entre ídolos: se trataba de quitar unos, los originales, y de poner otros, los cristianos, que nada tenían que hacer por acá.

Ante la mirada de Cortés se desplegaba la imponente vista de los volcanes Popocatépetl e Iztaccíhuatl, Mandó a Diego de Ordaz a explorarlos, y éste no sólo subió a ellos, sino que también descubrió un camino para entrar al Valle de Anáhuac. Ese camino fue conocido en adelante como el Paso de Cortés, y por ahí cruzaron los conquistadores cuando el primero de noviembre reanudaron la marcha, esta vez para llegar a la meta anhelada: la ciudad de Tenochtitlan. Algunos emisarios de Moctezuma le aconsejaron a Cortés que tomase el camino de Tlalmanalco, pero temiendo alguna celada en represalia por lo ocurrido en Cholula, prefirió pasar por Amecameca, en el gran Valle de Chalco, de tanta evocación sorjuanina, y de ahí tomar por Tláhuac hacia Iztapalapa. Aquí otro enviado del tlatoani, esta vez de mayor rango, Cacamatzin, señor de Texcoco, conduciría a los españoles a través de la calzada de Iztapalapa, que llevaba directamente a la capital mexica.

Y ya desde que iban por la calzada les fue visible a los conquistadores la magnificencia de Tenochtitlan. Bernal Díaz del Castillo manifestó su asombro y el de sus compañeros en su inmortal crónica: “Y desde que vimos tantas ciudades y villas pobladas en el agua… nos quedamos admirados y decíamos que parecía a las cosas del libro de Amadís, por las grandes torres y templos y edificios que tenían dentro en el agua y todos de calicanto, y aun algunos de nuestros soldados decían que si aquello que veían, si era entre sueños”. Es decir, un mundo de fantasía, equiparable a los que solían visitar los caballeros de lejanos tiempos, como Amadís de Gaula en busca de la misteriosa Urganda. Y lo más increíble fue que toda esa belleza sería destruida por estos mismos que tanto asombro mostraron al verla.

En su segunda carta de relación al rey y emperador Carlos V, Cortés narra cómo fue el célebre encuentro: una vez cruzado el puente de la calzada de Iztapalapa hacia la urbe mexica, “nos salió a recibir aquel señor Moctezuma con hasta doscientos señores, todos descalzos y vestidos de otra librea o manera de ropa asimismo bien rica a su uso, y más que la de los otros, y venían en dos procesiones muy arrimadas a las paredes de la calle, que es muy ancha, y muy hermosa y derecha, que de un cabo se parece el otro y tiene dos tercios de legua, y de una parte y de la otra muy buenas y grandes casas, así de aposentamientos como de mezquitas, y el dicho Moctezuma venía por medio de la calle con dos señores, el uno a la mano derecha y el otro a la izquierda, de los cuales el uno era aquel señor grande que me había salido a hablar en las andas (Cacamatzin) y el otro era su hermano del dicho Moctezuma, señor de aquella ciudad de Iztapalapa de donde yo había partido”.

Y continúa: “Yo me bajé del caballo y le fui a abrazar solo (a Moctezuma), y aquellos dos señores que con él iban me detuvieron con las manos para que no le tocase, y ellos y él hicieron asimismo ceremonia de besar la tierra”. Luego Cortés se quitó un collar de perlas y diamantes de vidrio y se lo puso al tlatoani, y éste a su vez mandó que le pusieran al conquistador dos collares de camarones de oro. Caminaron hacia donde serían alojados los españoles y donde se les alimentaría.

Tal fue el encuentro. Pero ya afloraba la desconfianza, pues los recién llegados se habían percatado que en los templos se hacían sacrificios humanos. Cortés quería hacer algo al respecto, pero el propio capellán Olmedo le recomendó prudencia, pues podría ser peligroso. Sin embargo, cabría hablar con el tlatoani y hacerle ver que lo que hacía no era bueno. Al día siguiente volvieron a encontrarse Moctezuma y el extremeño, y el primero de plano inquirió si Cortés era Quetzalcóatl, que había prometido volver. Cortés no dijo ni sí ni no, pero le dijo que estaba sometido a otros señor más grande, al emperador Carlos V. Moctezuma entendió esto, pues también los dioses nahuas estaban sometidos a otro dios más grande, el Tloque Nahuaque. Cortés a su vez le habló de la religión católica, y que sería bueno que los mexicas dejasen de hacer sacrificios, pero Moctezuma respondió que ello era necesario para tener contentas a las deidades. Como se ve, no sólo hablaban lenguas distintas, sino que tenían cosmovisiones diferentes.

Lo que siguió a continuación lo dejaremos para otro artículo, y aquí concluimos este recordatorio de un encuentro en el que no había entendimiento posible, y que al ser así dio paso a que los españoles se impusieran a la fuerza, destruyendo la cultura mexica, y arrasando su hermosa capital. Buen motivo para que reflexionemos sobre estos ambiguos orígenes nuestros.

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