Reserva de Derechos
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Ciudad de México Año VIII Número LXXXV Noviembre 2019

 

Cazador
Pedro Hernández

Lo que estoy por contar en este documento ocurrió hace tres semanas. No he dejado de soñar con lo que ha visto y hecho este joven. Llegó en una noche donde se nos había advertido no salir, porque los asesinatos en las calles de Lützen —hasta en casa de nobles y de baja clase— habían aumentado. Los asesinatos llegaban a ser tan crueles a tal punto que solo quedaba un despojo de miembros y huesos triturados. Esa noche, como de costumbre en Lützen, el frío infernal inundaba las calles; invadía los interiores de las casas. Estaba escribiendo unos informes cuando fui interrumpido por rasguños y quejidos.

—Un estúpido gato atorado en el techo—, pensé.
Los sonidos se escuchaban más y más, y llegué a creer que estaban en la segunda planta de la casa; más bien, encima de mi oficina, ya que podía escuchar cómo esas uñas rasgaban el suelo del segundo piso. Subí con sigilo, al baño, nada; al cuarto de huéspedes, nada tampoco. Faltaba mi habitación; y provenían de ahí los extraños sonidos. Había pensado lo peor por culpa de mi imaginación. Al abrir la puerta, la luz de la luna me permitió ver una silueta posada en la entrada del balcón, escuchaba sus quejidos como de un perro herido. No tenía idea cómo demonios subió a mi balcón, me acerqué con cuidado y le escuché decir.

—Detrás de ti —me apartó hacia mi cama y una criatura extraña de altura inhumana se abalanzó contra él. Habían caído del balcón dejando sólo un camino de sangre negro y escarlata. Un aleteo titánico se escuchó, seguido de un crujido violento, quedando todo en silencio. Busqué mi escopeta, para convencerme de que esa vil arma pudiera acabar con esa criatura de dientes de hierro. Mis manos temblaban pues esa cosa pudo haberme mutilado.

Decidí no salir de mi habitación hasta el día siguiente, escuchaba pasos afuera de mi casa, pasos arrastrados seguidos del sonido de cómo se abría la puerta principal de golpe. Mi primera reacción fue apuntar hacia la entrada, luego al balcón, y así sucesivamente mientras me carcomía el miedo. La cosa venía por mí.

Antes de que los pasos débiles y arrastrados se aproximaran a la puerta de mi habitación, escuché cómo se desplomaba justo enfrente. La cosa estaba herida, y a pesar de que aquel hombre había muerto, había dado pelea contra aquel ser. Abrí la puerta con curiosidad y miedo, vi al mismo hombre de gabardina oscura destrozada, estaba desangrando, las vísceras por fuera, deshecho, tuve que curarlo lo mejor que pude.

Una vez que despertó le expliqué lo ocurrido. No decía ninguna palabra, estaba inmóvil en el sofá, se incorporó sentándose. El silencio era tenso, salí rápidamente de la casa a ver lo que había quedado de esa criatura —nada—. Ni un rastro o miembro minúsculo en la entrada principal, a pesar de que los dos habían caído enfrente de mi puerta. Volví a entrar cuestionando lo que había pasado.

—¿Qué rayos era esa cosa y por qué entro a mi casa?
El hombre revisaba las suturas y heridas, quedó inmersa su mirada en su gabardina y objetos raros en la mesa del fondo.

—Demonios, monstruos, un ser sobrenatural. Sea como sea que le llamen ustedes aquí —dijo con acento inglés —. No te buscaba a ti. Es raro que alguien tenga conocimiento de cuál es la motivación de esas cosas —, dijo mientras trataba de alcanzar su gabardina. Con terquedad quiso levantarse del sofá, algo que logró impresionantemente. El hombre se levantaba como si nada, después de que tuve en mis manos sus órganos saliéndose de su cuerpo y sin necesidad de anestesia. Salió por la puerta principal y mientras le acompañé presencié cómo simuló agarrar algo en el suelo seguido de un crujido horrible de articulaciones y huesos. Como si tuviera una capa que hacía que el ojo humano no lo pudiera ver, apareció solo la mitad de un ala que fue arrancada.

—Éste usó camuflaje, era un depredador por obvias razones.
—¿Y usted un cazador? —. Estúpidamente lo había dicho yo en voz alta, y el hombre me miró fríamente, quien ignoró lo que le pregunté y luego prosiguió,.
—Habrá escuchado usted noticias sobre asesinatos violentos hace tres semanas aquí —, a lo cual asentí. Habíamos vuelto a mi sala. Hasta ahora me sigue impresionando la fuerza que tuvo para arrancar el ala; a lo que pude examinar visualmente, las articulaciones y músculos eran gruesos que hasta presumo que sería imposible de masticar por algún animal doméstico o salvaje.
—Por tu acento, veo que no eres de por aquí. ¿Viajaste hasta aquí solo para exterminar esa cosa? —, pregunté sin siquiera pensarlo.
—Así es—. Se dirigió hacia su gabardina y dispuso a ponérsela mientras enfundaba su arma en su cintura.
—A veces— mencionó el hombre— siento que soy como ellos—. Soltó un suspiro mientras acomodaba su cinturón que estaba un tanto desgastado.
—Solo que... al menos tengo un propósito—. No lo negaré, que sentí pena por él en ese momento, un ser humano habiéndose encomendado esa tarea, de ser algún tipo de cazador. No por deporte, ni por alimento, sólo como propósito personal.
—¿Sientes que lo único que te divide de ellos, es tu propósito? —, le pregunté.
Asintió, y avanzó hacia la puerta, hasta que lo detuve nuevamente. Mi curiosidad fue peligrosa a tal grado de que quería acompañarlo en su odisea.
—¿Lo haces por ti, o por un bien común?

Se dio la vuelta mirándome mientras se retiraba un guante negro, me mostró su mano y cuello, llenos de innumerables cicatrices, sumadas a las que vi en su torso. Tenía sus venas dilatadas con un color oscuro. Quedé sin palabras.
—Para que nadie tenga que hacer lo mismo que yo. Para que nadie tenga que desperdiciar años en la oscuridad, un lugar que es imposible salir una vez que la ves a los ojos. Señor…
—Geiser —respondí, y añadí después de que él abriera a la puerta principal:
— No escuché su nombre…
—Mis disculpas, mi nombre es Jonathan. Jonathan Baker.
Salió de mi casa como si nada hubiera pasado, sus heridas parecían un adorno, ya que no se tropezaba al caminar. Su gabardina elegante desvelaba la apariencia de un hombre inglés, frio pero con modales.
—Mis disculpas por el inconveniente, señor Geiser. Que tenga una tranquila noche. Y gracias por su hospitalidad.
Había hecho un ademán antes de seguir su camino hacia las afueras del jardín de mi casa. Pasadas las primeras horas de la mañana, las palabras que dijo, “...de un lugar que es imposible salir una vez que la ves a los ojos”, y su motivación con la que se convencía a él mismo, lo hacía diferente a las cosas que ha enfrentado. Una oscuridad, más bien, un abismo que no hemos conocido aún. Eso me ha dado qué pensar, quiero concluir este documento con este pensamiento o más bien, una filosofía que puede ser aplicada en nuestras vidas y el propósito que cada quien se asigna de acuerdo con un colega. Y cito: “Quien con monstruos lucha, cuide de convertirse a su vez en monstruo. Cuando miras un largo tiempo a un abismo, el abismo también mira dentro de ti”. Friedrich Wilhelm Nietzsche.
Firmado por Joseph Adler Geiser, buenas noches.

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