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Ciudad de México Año VIII Número LXXXVI Diciembre 2019

 

El bárbaro del ritmo: Beny Moré
(1919-1963)
Luciano Pérez

Cuba ha ejercido una honda influencia en la cultura popular mexicana, primordialmente en lo musical, de tal modo que la llamada música tropical, de origen afrocubano, nunca dejó de formar parte de nuestro entorno, y le ha dado un peculiar sabor y saber a nuestra educación sentimental, a nuestros años de aprendizaje y posterior peregrinaje. Esto es más evidente sobre todo en los barrios populares de la capital del país, donde a pesar del transcurso de tantas generaciones nunca se ha perdido el gusto por los ritmos venidos de Cuba, así como a los derivados de ellos (porque hay otra Cuba desde hace décadas, en Miami y en Nueva York, de donde vino la salsa).

Se ha dicho que las melodías de Barry White aumentaron el índice demográfico en los Estados Unidos de la década de los setenta del siglo pasado. Lo mismo cabe decir, y con mayor razón todavía, de las canciones de Beny Moré en el México de la década de los cincuenta. Por eso vale la pena conmemorar los cien años del nacimiento del antillano trovador, un excepcional cantante, sin el cual muchos de nosotros no habríamos nacido. Beny Moré logró emocionar y maravillar a muchos hombres y muchas mujeres, nuestros padres, con el encanto de sus inolvidables interpretaciones.

Bartolomé Maximiliano Moré Gutiérrez nació el 24 de agosto de 1919 en el pueblo de Santa Isabel de las Lajas (evocada después por él en alguna canción: “Santa Isabel de las Lajas querida, pueblo donde yo nací”), en la provincia de Cienfuegos. Descendía directamente de esclavos traídos de África, algo doloroso que llevaba muy dentro de sí y que recordó en la canción “Pensamiento”: “Soy lucumí cautivo, sin la libertad no vivo… Que lo’ negro’ libre’ algún día serán, que lo’ negro’ libre’ serán”. Y ya desde niño tomó contacto con la música de su gente, llenándose de ritmos y entonaciones que luego desplegaría con su prodigioso canto.

Se fue a Cienfuegos y luego a La Habana para buscar colocarse en algún grupo e incursionar en la radio, que era lo que más proyectaba artísticamente entonces, y cantar también en bares y otros sitios.

Después de varios intentos fallidos, un día Ciro Cueto, del Trío Matamoros, uno de los mejores grupos cubanos (sus éxitos “Lágrimas negras” y “Son de la loma” son todavía recordados) lo escuchó y sin dudarlo más se lo llevó al trío, pues hacía falta otro cantante. Fue en 1945 que Moré llegó a México, de gira con el Trío Matamoros.

Cuando concluyeron sus actuaciones, la agrupación regresó a Cuba, pero Moré decidió quedarse, pues percibió algo en el ambiente mexicano que le encantó. Ahora necesitaba cambiar de nombre. Con el trío vino como Bartolo Moré, y se dio cuenta que llamarse Bartolo no ayudaba mucho (eso lo recuerda Tony Camargo en la canción “Bárbaro del ritmo”: “que con el nombre de Bartolo llegó por gloria y fama”). Como admiraba mucho a Benny Goodman, decidió que Beny le quedaba bien, sólo quitando una ene. Y en efecto, el nombre quedó muy eufónico, muy de llamar la atención.

Pero más atractivo era su modo de cantar, por lo que en 1947 logró un contrato con la RCA Victor, y cantó para diversas orquestas: la de Arturo Núñez, la de Mariano Mercerón, la del “Chino Flores”, y por supuesto con la de otro inmortal como él, Dámaso Pérez Prado. Con todas ellas grabó discos que rápido se convirtieron en material para el corazón y para el baile. Algunas veces hizo dueto con otro buen cantante, Lalo Montané, en lo que fue llamado el Dueto Antillano, y juntos cantaron la ya mencionada “Pensamiento”, “A media noche”, “Esta noche corazón”, “Desdichado”, y otras.

Pero la RCA más bien lo quería solo. Cabe recordar algunas de aquellas magníficas canciones, que han permanecido en nuestra memoria y que llevamos muy dentro del ánimo, porque nunca dejaron de oírse, al menos, como ya hemos mencionado, en los barrios populares. Cito de memoria, no necesito acudir a alguna discografía. “Mucho corazón” es algo para ser cantado siempre, porque muchas veces nos preguntan cuál es la razón de que amemos; ninguna, no necesitamos una razón, con el puro corazón basta: “yo para no querer no necesito una razón, me sobra mucho pero mucho corazón”.

“Loca pasión” es una obra maestra de erotismo y sensualidad, nadie puede resistirse a su pegajosa melodía (“¡Ay, Mariano, no me martirices más!”, le dice en algún momento Moré a Mercerón, quien hacía unos arreglos estupendos). “Parece que va a llover”, de ritmo alegre, muy cubano. “Mata siguaraya”, sin duda de evocaciones relacionadas con la tradición de la santería. “Y hoy como ayer”, sobre el amor que persiste aun en la separación, una canción que conmueve, incluso a quienes no creemos más en ello. “Soy tan feliz”, otra emotiva, aunque aquí, a diferencia de la anterior, todavía hay cercanía total con la pareja que se tiene. “El bobo de la yuca”, alegre, ideal para el baile (“el bobo de la yuca se quiere casar… va a pasar su luna de miel comiendo trapo, comiendo papel”), Y hay quien no se resiste a “Como fue”, y está en lo cierto: “no sé explicarme qué pasó pero de ti me enamoré”. Y podríamos seguirnos con otras más: “Me voy pal pueblo”, “Tú sólo tú”, “Manzanillo, “Yiriyiribon”, “Las posadas”, “Rumberos de ayer”, y tantas, tantas más. Ahora bien, la canción más lograda de Moré y que nos une a cubanos y mexicanos es “Bonito y sabroso”, con su magnífica descripción del ritmo, del movimiento (“mueven la cintura y los hombros”), y la del goce mutuo de ambas urbes guapachosas (“pues no hay que olvidar que México y La Habana son dos ciudades que son como hermanas para reír y cantar”).

Por ello los cubanos les dieron a los mexicanos de entonces una nueva comprensión del verbo “gozar”, a que tantas veces se alude en la música del trópico, por ejemplo en las piezas de la Sonora Matancera, Es un verbo que hoy se ha olvidado, en aras de la obsesión tecnológica y del forcejeo político. Y cuando llegó el mambo, Beny Moré fue uno de sus principales promotores, junto con Pérez Prado (de quien hace años celebramos también el centenario de su nacimiento).

En “Locas por el mambo” Moré hace una magnífica descripción del creador del famoso baile: “¿Quién inventó el mambo que me provoca? ¿Quién inventó esa cosa loca? ¡Un chaparrito con cara de foca!” El mambo transformaba a las mujeres, a nuestras madres, en ménades evocadoras de los alegres tiempos dionisiacos. O en todo caso, el mambo era el Diablo mismo, que se les metía en el cuerpo a los hombres, a nuestros padres, a lo cual éstos no podían resistirse. La voz de Moré era fuerte, sonora, rica en matices y en entonaciones, que iba de arriba para abajo y de abajo para arriba; poseía un timbre que de inmediato se reconoce y resucita a los muertos.

Entonces la RCA quiso unirlo en dueto con otros notables y famosos cantantes, como Pedro Vargas, cuyo mejor resultado fue la canción “Obsesión”, otra inolvidable: “amor es un algo sin nombre que obsesiona al hombre por una mujer”. Pero en 1953 Moré decidió que ya era tiempo de volver a la isla, donde organizó su propia orquesta, con la cual también grabó éxitos, aunque quizá no tan impactantes como el material que había lanzado en México.

Uno de los más recordables es “Qué bueno baila usted”, una combinación de varios ritmos, y donde en algún momento se hace alusión a la nueva orquesta: “¡Beny Moré, qué banda tiene usted!”.

Cuando llega la Revolución castrista en 1959, Moré se niega a abandonar Cuba, a diferencia de otros de sus compañeros, y se queda a formar parte de ese heroico experimento político. Los males hepáticos que padecía de tiempo atrás, sin duda por años de intensa vida nocturna, se fueron agravando y el 19 de febrero de 1963 falleció, dejando un vacío en el ambiente musical tanto de Cuba como de México.

Es innegable el efecto afrodisiaco que la música afrocaribeña ejerce sobre quienes la oyen y la bailan, y la voz de Benny Moré contribuyó mucho a ello. Quienes hemos nacido por esa causa, no es que nos sintamos precisamente agradecidos, dado que la vida es dura y un desengaño constante. Pero si no tuviéramos esa vida tampoco habríamos disfrutado (gozado sería la palabra adecuada) de otras cosas mejores que el amor mismo, como los libros y la música (no precisamente la tropical).

Es un proceso donde somos procreados, nacemos, vivimos y morimos, y a lo bonito y sabroso le corresponde la procreación, primera etapa del penoso camino que nos regresa de nuevo hacia la nada.

El caso es que llegamos, todo porque “una tarde entre mis brazos te tenía, y pensando que eras mi único tesoro, confidencias al oído te decía”. Las confidencias del Diablo, pero inevitables. ¡Saludos, Beny Moré!

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