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Ciudad de México Año VIII Número LXXXVI Diciembre 2019

 

Editorial

La época decembrina tiene una condición natural de reflexión y nostalgia por ser el mes con que se cierra un ciclo junto con todos sus avatares. Se le da una connotación de reencuentro con los seres queridos (los vivos, porque con los muertos la tuvimos en noviembre), y el clima frío que tenemos en este hemisferio para acompañar la época la hace agradable y a la vez melancólica. Es un mes que por si tiene que estar entre mis favoritos.

Lástima de la vorágine comercial que lo acompaña: todos tienen que estrenar en ese mes, comprar y consumir todo aquello que no se pudo durante el año. El aguinaldo hace florecer la economía, cierto, pero también genera un deseo incontrolable de gastar, gastar y gastar. Obvio esto es algo que ya no es natural, sino que viene condicionado por el golpeteo comercial que nos inoculan en el cerebro las grandes corporaciones. Todo aquello de la buena voluntad, los buenos deseos y las buenas acciones es un delgado confite para disfrazar las ansias humanas por consumir todo aquello que nos dijeron que nos hará más delgados, más apuestos o más importantes.

Junto con ello viene el amontonamiento en los centros comerciales y en las calles, con el consecuente estrés que generan las multitudes. El confite aquí se derrite y queda expuesto ese ser humano egocéntrico y malhumorado que recubre: todos gritan, empujan, exigen de manera altanera. No hay nada peor que un ser humano que siente que el dinero es poder, y como todos tienen más de lo que tuvieron en los otros meses, se vuelven tiranos exigentes de atención.

Diciembre es por antonomasia el mes más capitalista de todos, y por ello el marketing se ha encargado de exaltar “los buenos sentimientos” humanos a manera de encubrir su promoción del consumo. A Santa Claus, lo americanizaron y lo vistieron con uniforme corporativo para incitarnos al consumismo, su imagen está en todas las tiendas para que su gesto bonachón nos diga: ¡compren! Jojojo!!!. Esa risa entonces parece de burla.

Ya casi olvido mis felices navidades de infancia que eran sólo de muchas luces, muchos juegos y muchos familiares (que hoy ya no están) alrededor de una mesa festiva. De aquellas navidades hoy sólo queda rescatar el clima, el recuento y el reencuentro con aquellos que aún están aquí.

Tinta Rápida

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