Reserva de Derechos
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Ciudad de México Año VIII Número LXXXVI Diciembre 2019

 

Prosas para inquietar
Luciano Pérez

1.- Mormonas
No quiero saber de Moroni, de ese libro de Salt Lake City, ahora en Ciudad de México. Mis primas se han ido con él, para no saber más de lo que hemos sido siempre. Lo mexicano no es bueno para ellas, porque Moroni es gringo, de ese lugar convertido en sal, tan dañina para el corazón. El mío.

Les he dicho a mis primas: “Ustedes y yo descendemos de brujas, de hechiceras, nada tenemos que ver con el lago salado”. Como decirles nada, porque el ángel Moroni se pone la trompeta en la boca y toca: VIVA UTAH!!!! VIVA UTAH!!!!, desde lo alto del templo de los mormones en San Juan de Aragón.

Y mis primas se fueron tras de él, para que las llevase a morir en el desierto, el cual crece y crece y sigue creciendo y no sólo allá sino también en Ciudad de México. La Virgen ya no tiene al ángel que la alimenta. El lago salado mata al corazón. Los cardiogramas lo señalan.

2.- Preñada
Que ella está preñada, dijeron, y como prueba han adjuntado una radiografía donde la pelvis, el útero, son nubes donde un anciano barbado se empeña en abrirse paso. Asimismo adjuntaron la palabra FELICIDAD, y la adornan moños y campañas, monos y campanas, para que se deduzca un estado que se llama preñez, que es de los que mayor miedo meten en el ánimo.

Preñada está ella, y uno huye horrorizado, y los gritos de DANAE!!! DANAE!!! se oyen mientras el oro va lloviendo, pero no es oro sino lodo, cieno del cielo. Y uno se hunde entre lo viscoso, DANAE!!! DANAE!!! Y al final PROSERPINA!!! Mas la preñada no escucha, ignora que los sonidos de lo ultra, de lo más allá, son huecos y opacos para quien ninguna felicidad siente.

¡Preñada, preñada! La radiografía aparece en todos los sitios del mundo, para que vislumbremos ahí al viejo que nada en aguas donde las palabras ya se borraron. Preñada como las leonas que se comen a sus hijos, o como las borregas que se resignan al hachazo que las parte en dos. Una radiografía marciana donde apenas atinamos a ver al anciano verde que se sofoca y al que llaman “alegría de sus padres”. Sólo que los viejos carecen de progenitores, el sueño los vence, y la mujer que se dice su madre debiera darle la extrema, muy extrema, unción.

3.- Al cráneo de Goethe
No me gustan los masones, pero tú eres la excepción, y medito ante tu excelso cráneo para hallar en él algunas formas queridas. Dentro de esos huesos hubo creaciones que prodigaron emoción y estilo. ¿Cómo es que brotan de algo tan estrecho mundos y trasmundos que no se acaban nunca? Tu cráneo me ilumina en mucha cosas. Lo veo y siento que la carne se va, que los huesos se quedan, y a veces ni siquiera éstos. Nada hemos sido en el mundo. Un mono nos ha creado, y en mono terminamos, dentro de una caja de huesos, o de polvo de huesos, que algunos creen enamorado pero tú te reirías de esto, socarrón pagano escéptico igual que yo. ¡Loor a tu cráneo, que no hay mejor ventura que de él haya surgido algo interesante que decir al mundo!

4.- Tres del día de San Lucas
Cumpleaños de tres mujeres. Una, que necesita comer mucho y mejor, por ser más grande que nadie; otra, que llega tarde por mucho que se afane, pues el pie de pato no da para tanto; y otra más, merece tener un gorro de bufón, y no por ingeniosa. “Mi estatura exige los alimentos más copiosos y selectos”, dice la primera; “porque me atropellaron no puedo ir hasta donde quiero”, se queja la segunda; y la tercera exclama: “¡mi amado es moreno pero hermoso!”

Tres del día de San Lucas. 18 de octubre. Celebran y bailan y las aplauden, y los regalos caen, y los pasteles dinamitan las vidas de tres que enloquecieron. Una se volvió loca por el oro, la plata, el incienso y la mirra: “¡ni siquiera el Niño Dios recibió tanto como yo!” Y la otra rememora una y otra vez el día de su accidente, sólo para machacarnos el ánimo. La tercera nos quiere poner celosos con la preferencia por su amado de oscuridad, el cual ya saca el arma para tirotearnos por mirones.

San Lucas no fue médico para curarlas, carecía del don de echar demonios fuera. Y estas tres de su día impiden la serenidad del mundo, porque una se dice bendecida por la riqueza, y la otra es dura y fría por causa del accidente, y la tercera ya pide que su amor la ahorque cuanto antes. ¿Qué fármaco las puede rehabilitar? No hay ninguno. Que San Lucas las acoja en su evangelio, y que la paz florezca entre nosotros los esqueletos.

5.- Adiós
El himen se fue, adiós, adiós. El fin de las eras llegó cuando Eros decidió partir, para quebrar el ánimo de los incautos que en él creyeron. Cuando himeneo se va y el fin ha llegado, ¿quién puede impedirlo? La diosa Circe es joven para siempre, sin embargo Ulises regresó anciano del Polo Sur. El rey David supo mucho de himeneos a lo largo de su vida, pero el que más le hubiera gustado, el de la Sunamita, no lo conoció. Fausto, ya viejo y ciego, ocupado en construcciones que son destrucciones, ya no podía saber de lo eterno femenino que atrae transfigurado.
Adiós, adiós. No hay más cármenes prestos para el mediodía de la fiesta. Ningún ditirambo que evoque borracheras fálicas y estridentes. Siempre el falo fue lo pertinente, cuando Pan y Priapo trajeron obsequios para la juventud que milita incondicionalmente con Venus. Que era impostergable unirse a alguien, y el himen himeneo fue la redención sin pecado. Que quien ama no peca nunca, pero quien ya no ama está muerto para los convites. Porque aquel que se alejó de amor porque su corazón se fatiga, merece emparedarse para que nadie lo vea.

Adiós, adiós. Ojos que ven por última vez, corazón que no puede más sentir. ¡El himen ha muerto, y nosotros lo hemos matado! Nadie podrá redimirnos de esta infamia, porque la noche avanza y ya el óbolo debe alistarse; el cruce es largo hacia no sabemos dónde. Decirle adiós al himen es decirle adiós a todas las cosas: las que se fueron para ya no ser, y las que ya no tienen por qué ser más.

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