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Ciudad de México Año VIII Número LXXXVI Diciembre 2019

 

2019, el recuento
Y todo comenzó a ser distinto

José Luis Barrera

Cuando comencé a tener uso de razón, muchas cosas en el mundo ya existían, y en mi micromundo, que era mi casa, era exactamente igual. Sé por las pláticas y algunas películas familiares de 8 milímetros, que mi padre en su inicio no tuvo una situación económica boyante. Dos cuartos, una mesa de madera y un radio Telefunken (que junto con el piano Steinberg eran los objetos que llevaba mi madre), eran nuestra casa. Dicen que cuando nací “traje torta” y las cosas mejoraron, comenzó la bonanza.

Pero de esa época de mediana precariedad no tengo memoria. Para mis reminiscencias, mi casa era esa del gran ventanal que mandó instalar mi padre y una estancia suficientemente amplia con un comedor para ocho personas. Y por supuesto ya estaba esa gran consola Telefunken que compró mi padre y en ella ya había discos que fuimos escuchando y guardando en nuestros afectos musicales.

De entre los discos sencillos (de 45 rpm) estaba uno de Alberto Cortés cantando la favorita de mi padre: Camina siempre adelante. Pero también había dos de José José: uno con El triste y otro con La nave del olvido. Con esos y muchos otros discos fuimos creciendo y adoptándolos como nuestros. Mi hermano y yo jugábamos a ser cantantes y poníamos esos discos para imitarlos y en algunas ocasiones se sumaba mi hermana a acompañarnos en este juego. Muchos otros discos conformaban la colección familiar: muchas colecciones de discos de música clásica, de música popular, de boleros y baladas. Eso sí, lo primero que llegó de Rock and roll a la casa fue uno de tres discos L.P. (33 rpm) que ya más grande compró mi hermana con los “domingos” que le daba mi papá.

Con esos discos y esa consola Telefunken se fue desarrollando mi infancia y mi adolescencia. Como ya dije, no tengo recuerdos de mis primeros años y con ello puedo asegurar que desde que tengo memoria, mis gustos ya estaban conectados con los de mi padre y mi madre, y luego se extendieron con los de mis hermanos. Recuerdo estar escuchando la consola con mi padre mientras me enseñaba a reparar instalaciones eléctricas y alguno que otro objeto del hogar, así como otras reparaciones básicas. Y respecto a mi madre tengo vivo el recuerdo de escuchar el radio mientras limpiábamos los frijoles, o me enseñaba sus secretos culinarios.

No soy por supuesto el único que tiene la música ligada a los sentimientos más profundos y a los recuerdos que cada vez se alejan más en la secuencia del tiempo (decían en Radio centro: “La música ligada a tu recuerdo” y ahora comprendo el slogan). Esa música que en su momento fue compañía de infancia, pasó a acompañar los amores y desamores de juventud, y hoy a cincuenta y cuatro años de edad, está asociada a muchas entrañables ausencias.
Lo cierto es que el 2019 fue un parteaguas en el que un fragmento de mi infancia y juventud se comenzaron a ir.

Alberto Cortés quien hacía llorar a ese padre fuerte que tuve, con Camina siempre adelante; y a quien incluso fuimos a ver en familia en el Teatro de la Ciudad, fue el mismo que me hizo un nudo en la garganta con Parábola de uno mismo, siendo mi primera noción de que mis padres envejecían, y ahora lo comprendo desde mi propia existencia. Camilo Sesto, que no era mi favorito pero que por supuesto tuvo canciones que pasaron por mi vida y de quien escuché magníficas interpretaciones, incluyendo a ese Jesús de Andrew Lloyd Webber en la versión española de Jesucristo Superstar. Y por supuesto José José, a quien escuchaba desde pequeño, y que me impactó con su voz como a muchos en la interpretación de El triste, y al que incluso en el muy rockerísimo CCH Oriente, en donde estudié, lo cantaban en las excursiones o en los patios de la escuela. Ellos tres, cuyos discos se encontraban al interior de aquella vieja consola que ya no tengo murieron este año.

No es llanto por sus partidas, sino nostalgia porque me voy percatando que aquellos que eran jóvenes exitosos cuando yo era niño, ahora se están muriendo. No les he de escribir sentidas palabras a ellos sino a esa pequeña parte de la ilusión infantil y la entereza juvenil que se ven cada vez más distantes. No les haré fastuosos responsos porque se fueron, haré hondas cavilaciones por lo que se fue con ellos.

En este año también a mi lista de ausencias se sumó la de mi primo Manuel, un tipo noble al que nunca dejé de verlo en las reuniones navideñas desde que yo era niño, y en este caso sí fue llanto por su partida, y porque también fue parte de esa infancia y juventud a la que hoy comienzo a ver aún más en lontananza.

No es lo mismo un recuento de juventud, que está lleno de amores y desamores, a un recuento adulto que ya está repleto de ausencias; en uno es el vigor y en otro es la añoranza. Yo hoy hago un recuento desde aquella consola que estaba en casa desde que comencé a tener memoria.

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