Reserva de Derechos
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Ciudad de México Año VIII Número LXXXVI Diciembre 2019

 

Seis minificciones
De Los turbios femeninos

Adán Echeverría

1.- Noche de brujas
El tipo gritó pegado al barandal, desde la parte más alta de la repleta discoteca: ¡Maldita bruja! Las mujeres que poblaban la pista giraron la cabeza para mirarlo, una a otra, como fichas de dominó, despacito y en cadena, sin desarmar la sonrisa ni dejar de bailar. En ese instante, la que fuera su novia, abordaba el carro de otro hombre, con los ojos llenos de paz.

2.- ¿Por qué las mujeres prefieren a los fodongos?
Margarita espera más de media hora a que pase la combi para llevar a su hija mayor a la primaria. Luego tendrá que caminar siete cuadras y dejar a la más pequeña en la guardería, aguardar a que dé la hora para que la acepten, desandar dos esquinas para tomar otro camión y llegar a su trabajo en la cocina económica.

Después de medio día de picar, trozar, cocer y preparar tres comidas diferentes, se quita el delantal para ir por sus dos hijas a casa de una vecina, quien le hace el favor de recogerlas de la escuela, y volver con ellas a la cocina económica. Darles de comer, cambiar el pañal de la pequeña, mientras termina el día de trabajo para hacer el derrotero a casa. Una vez en ella, ver tareas, preparar la comida del esposo que llegará antes del anochecer, borracho las más de las veces, lidiar con él, midiendo y escogiendo cada palabra, el tono con que tiene que ser dicha para tratar de conseguir algunos pesos que la ayuden con el gasto. Dormir temprano a las niñas para enfrentar mañana un día similar a éste, y si el tipo lo desea, bajarse los calzones, tirarse en la cama, hacerle una mamada que lo haga bufar como endemoniado, dejarse penetrar con salvajismo, soportar que le estrujen los senos, la muerdan, lastimen, y embarren de semen.

Cuando el tipo se duerma, levantarse y recoger el tiradero, lavar los trastos que quedaron de la cena, planchar la ropa de las niñas y del hombre, y como siempre, a media noche, besar a sus hijas, acurrucarse a un lado de su hombre, soportar el tufo de alcohol, eructos y gases con olor a botana podrida, esperando que el sueño la arrope y le brinde ese poco de paz que su cuerpo necesita, para recuperar las fuerzas y con el primer rayo del sol, sentirse de nuevo viva.

3.- Si todo cubano fuera como Niurka
¿Y qué es la verdad?, preguntó Pilatos al Nazareno. Los años se acumularon en bibliotecas y archivos. Se descubrieron mundos, nuevas rutas a la civilización fueron trazadas; la sangre corrió para que la manoseada verdad fuera dictada por los vencedores, quienes escribieron la historia. Hoy pervive retorcida.
Los avances tecnológicos dieron voz a los perdedores, para contar otras versiones de la verdad; al grado que una actriz de nombre Niurka sobre sus torneadas piernas, con ese trasero capaz de perder a los hombres y llevarlos a la locura, como las lamias, dijo, retadora y de frente, ¡Esa es Mi verdá!

La cultura cubana se sintió ridícula. Los pasos perdidos de Carpentier perdieron ritmo, Paradiso y las novelas soñadoras de Reynaldo fueron tiradas a la basura, porque, la verdad se había alcanzado. El revuelo de la actriz fue tal que no pasó ni un sólo mes para que saliera el libro titulado Mi verdá, que tuviera revirada en cine casero, para desmentir posibles verdades, apoyado en otras versiones del caso; en el papel de la actriz, otra joven cubana enamorada de la sencillez de la primera, se encargó de decir una y otra vez hasta formar el mito, Esta es mi verdá.
La isla abrió sus puertas a regañadientes, las torturas, el hambre, la persecución que se predica siempre contra uno de los últimos bastiones del fallido comunismo de América, que dejara ir a esta fenomenal actriz, en la adolescencia. La prófuga mártir del consumismo y el marketing, cuyos calendarios han brindado horas de felicidad a los mecánicos, sin olvidarnos que el mundo travesti, la ha elevado, en ocasiones, encima de figuras intelectuales como Gloria Trevi, ha hecho escuela internacional.

Por eso la estudiamos en clase de Historia, porque justo es que ustedes sean las Niurkas del mañana. Capaces de luchar y salir avanti siempre avanti, de todo escándalo que se suscite en la farándula, que tanto han hecho por nuestras libertades.

A partir de hoy, señoritas, justo es que practiquen la frase de Niurka. De pie, frente al espejo, mírense, y con mucha fuerza de voluntad piensen en todos los problemas que las aquejan, en los fallidos noviazgos, en todas las veces que las feministas sombrías se han burlado de ustedes, y con decisión griten: Y esta, esta es Mi Verdá.

4.- Todos somos yoguis
Luego de su divorcio, Mercedes acudió a varios psicólogos para controlar su rencor. Una mañana se puso los jeans y fue al parque más cercano. Estaba lleno de practicantes de yoga. Quiso ignorarlos y caminó alrededor, pero no podía quitarles la vista de encima. Decidió sentarse y admirar sus evoluciones.

Al terminar la clase un hombre que dijo ser el maestro, se le acercó: “Soy Humberto, veo que no tienes paz. Cuéntame”. La plática se prolongó en un café. Mercedes se sentía plena. Humberto la escuchaba y tenía la palabra justa para hacerla sentir mejor: Mañana empezaremos, había dicho, buscaremos tu paz interior, sanar tu espíritu. La meditación te dará tranquilidad. Mercedes le preguntó si no quería almorzar en su casa, y hacía ahí se dirigieron.

Horas más tarde, Mercedes no cabía en sí misma. Había alcanzado ocho veces el orgasmo y Humberto no había perdido la erección, ni derramado gota de semen. “¿No te gustó?”, preguntaba, pero él dijo: “He tenido multiorgasmos energéticos. La expulsión del semen es para los que buscan placer en el exterior; contenerse y guardar la energía, hace que uno obtenga sensaciones que no puedes imaginar, pero te enseñaré”. La noche llegó, Mercedes rebosaba felicidad. El día entero lo pasó con Humberto, y la dejó dormida.
A la mañana siguiente fue al parque deseosa de comenzar la instrucción. Preguntó por Humberto, pero nadie había escuchado de él. Al regresar a casa, vio que le habían robado la joyería.

5.- El Ying, el Yang y el Tang
En el Instituto de la Mujer los dos únicos hombres son el que limpia pisos y baños, y el chofer de la directora; todas las demás son mujeres, en cualquier escala de poder. Están la secretaria, la abogada, las sicólogas, las jefas de departamento, las coordinadoras de enlace, trabajadoras sociales, jefas de grupo, asesoras y la directora.

Cuando mi esposa me denunció por maltrato, tuve que verme las de Caín. Desde que ingresé al edificio, sentí que ya me metía el pie la chica de recepción, una veinteañera de prominentes tetas y labios mamadores. Luego me entrevisté con la trabajadora social, de pequeños, redondos y respingados pechos, pero nada de nalgas, con unos ojos que arrancaban el aliento.

Conversaba con la que fuera, hasta entonces, mi esposa, cuyo semblante se notaba demacrado y conservaba las costras de la batalla en el labio. El ojo izquierdo lo llevaba morado, y los raspones en frente y ambos brazos eran evidentes. Yo tampoco estaba limpio, mi esposa me había golpeado con una madera de dos pulgadas de ancho y medio metro de largo, tantas veces que perdí el sentido. La mano la tenía destrozada. La puse como escudo hasta que me dio en los genitales, y al doblarme, me pegó en la cabeza, quebrándola y haciendo que me desmayara. No supe cuánto tiempo me golpeó en el suelo ¿estuve inconsciente? pero la madera, junto con los huesos de mi mano, se hicieron añicos. Al ver que con nada lograba recobrar el sentido, se asustó y huyó de casa. Han pasado cinco días, llevo la mano enyesada y me cuesta trabajo limpiarme el culo.

Me encanta aquello de la equidad que pregonan todos de un lado a otro. Siempre tienen algo que decir al respecto. Esa tarde, en medio de las miradas, reprimendas y acusaciones de la directora, la sicóloga, la trabajadora social y la abogada, acabé firmando todo lo que quisieron. Cedí la casa, firmé el divorcio y lo único que obtuve fue el carro, al cual ella le rompió el panorámico y el medallón a pedradas. Hay que saber llevarse. Luego de firmarlo todo, invité a mi ex a comer para platicar con tranquilidad. La he dejado, en la que ahora es su casa, luego de unas pasionales horas de hotel.

Mañana veré a Rebeca, una de las trabajadoras sociales con quienes terminamos tomando asesoría por lo del divorcio. No es joven. Tiene una hija de ocho años y es divorciada desde hace tres. Me encanta verla usar tacones, las nalgas se le levantan de manera graciosa, y disfruto escucharla hablar.

6.- Con mejores ojos
Es que las piernas de La China, sus ojos, esa su boca que te remonta a la selva, como si fuera una laguna, y todos los animales quisiéramos bajar a abrevar en ella. No logro concebir tanta delicadeza en el andar, esa forma de poner cada pie en frente del otro, las caderas subiendo y bajando, el ademán de sus manos al hablar, su sonrisa de dientes intactos, perfectos, los hoyuelos que se marcan cuando usa la coquetería como arma.

El barrio se quedaba perplejo al ver a la vendedora de empanadas a quien apodaban La China, porque su bizquera la hacía entrecerrar los ojos al hablar, por lo que era difícil tenerla enfrente y no cargarse de la risa. Cuando Fabián habló tantas sandeces sobre ella, supieron que el amor dejaba a los individuos sin la capacidad de mirar la realidad, como si hubieran sido tocados por algún mago o una bruja que les arrebatara de este mundo, sumidos en el deseo. Fue por eso que la noche que Fabián la llevó, por fin, al altar, ellos contuvieron la furia en los puños. No podían entender que su amigo, el hombre que más triunfos había logrado para el equipo de futbol del poblado, fuera capaz de sentir tal arrebato por semejante esperpento.

La China tenía una pierna más corta, por lo que su caminar era como de un barco asediado por el oleaje, sus tics nerviosos la hacían manotear al entablar una conversación, y uno tenía que esquivar los braceos y manazos que acostumbraba dar. Fabián era un iluso el imaginar cómo lindos hoyuelos esas marcas que la varicela había dejado en sus mejillas.

Y cuando por fin, regresaron de la luna de miel, Fabián se miraba extraviado; se pasaba el tiempo hablando de su mujer, y no tenía tiempo para los entrenamientos, tanto, que jamás quiso volver a saber del futbol, por más ruegos que le hiciera incluso el alcalde, quien acabó ofreciéndole un incentivo generoso para que sólo se dedicara a lo que mejor sabía hacer, dejar el nombre del poblado en lo alto metiendo goles. En cambio Fabián, era feliz manipulando la masa, friendo las empanadas, mientras La China, holgaba sus carnes, junto a la freidora, acariciando cada determinado tiempo, la cabeza de un Fabián domesticado, y dispuesto a cumplir cualquiera de sus caprichos.

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