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Ciudad de México Año VIII Número LXXXVII Enero 2020

 

Chava Flores, a cien años de su nacimiento

José Luis Barrera

Hay cronistas que se saben las historias más añejas, obra de una gran labor de estudio e investigación. Nos cuentan las cosas de acuerdo a lo que han leído y visto en archivos documentales. Muchos de los hechos que narran, sólo podían ser relatados de esta manera, ya que nadie que hubiera vivido aquellas épocas, podría haber estado en la actualidad para contárnosla de propia voz. Esos a los que me refiero aprovechan los documentos dejados por los ancestros para saber los sucesos de antaño y cómo eran las calles, así como la vida cotidiana de los habitantes de otros tiempos. Hay otros que no se dedican a investigar, sino a narrar la vida de su tiempo, dejando los documentos para que las futuras generaciones puedan saber sobre los usos y costumbres, la fisonomía y la actividad de otra época.

Eso hicieron muchos de antaño, como por ejemplo Bernal Díaz del Castillo en la época de la Conquista, y desde ese aquellos años hasta la actualidad, ha habido muchos más que dan testimonio de los años que les toca vivir. Lo importante es que los segundos no tienen que presumir erudición para narrar la cotidianidad y así dar cuenta de lo que pasa y cómo pasa, ya que entre más popular se cuente es mejor, y don Salvador Flores Rivera, tenía la primera cualidad para hacer esa labor, luego de haber nacido y vivido en el barrio de la Merced, uno de los más añejos y emblemáticos de nuestra gran urbe.

Y por si fuera poco, durante su vida se la pasó cambiando de residencia de una a otra colonia de la Ciudad de México. Muy a su estilo, a ese respecto dijo en una entrevista para El universal: “…No puedo explicarme por qué era tan discriminatorio que en el Castillo de Chapultepec solamente dejaran vivir a los presidentes. Pero de una cosa estoy seguro. Si en ese Castillo hubieran dado oportunidad de que mi padre rentara un cuarto con baño y cocina, ¡ahí también hubiera vivido!".

De su vida trashumante recopilaba vivencias que luego plasmaba en canciones. Esa es la segunda de las virtudes: verlo de manera festiva y chocarrera, muy a la manera en que los mexicanos vivimos el día a día. Y no conforme con narrar la vida de modo ameno, aprovechaba para darle rienda a su amplio conocimiento de los albures para irlos intercalando (diría metiendo, pero corro el riesgo de que don Chava regrese de su tumba para revertírmela) entre sus crónicas musicales. Y esta es por supuesto una tercera y gran cualidad.

Otra gran cualidad de Chava Flores es que era un gran observador y contaba a detalle hasta los aspectos que pudieran pasar desapercibidos por obra de la costumbre, algo así como los abuelos que tenían el gusto de relatarnos sobre el tiempo que les tocó vivir.

Esos viejos memoriosos que tienen una necesidad de rememorar sus mejores años, se vuelven cronistas familiares en cuyas palabras podemos alimentar la imaginación para remontarnos a aquellos años que no nos tocaron vivir. Y vaya que él es sin duda el abuelito de una ciudad cuya fisonomía ha cambiado demasiado, a la par de sus costumbres y ritmo de vida.

Nos cuenta de cuando la Ciudad de México tenía ese entrañable ambiente provinciano, con sus bondades y sus vicios, pero estos últimos no vistos con desagrado, sino como una forma de ser del mexicano, en donde hay mucho desorden y mucha incultura, pero también mucha festividad y mucho ingenio.

Chava Flores me dejó claro que los mexicanos no somos ordenados como los japoneses, o los alemanes, pero tenemos siempre la broma a flor de labios, la parranda como motivación y la palabrota como arma discursiva elocuente.

Puedo decir que no hay canción de Chava Flores que no me guste, y las más me hacen reír aunque las haya escuchado con anterioridad; pero hay una en tono serio que me fascina y me hace retroceder en el tiempo y casi vivir aquellos años en que mi padre y mi madre vivieron su juventud. La canción Mi México de ayer, es una breve pero profunda crónica de esa Ciudad que comenzaba a crecer. De hecho Chava Flores en tono nostálgico nos habla respecto al desarrollo que ya asomaba en aquella época:

“Estas cosas hermosas, porque yo así las vi,
ya no están en mi tierra, ya no están más aquí.
Hoy mi México es bello
como nunca lo fue,
pero cuando era niño
tenía mi México un no sé qué.”

Chava Flores veía la cotidianidad de su entorno como algo digno de ser contado, y gracias a ello, podemos saber cómo era la vida de una barrio popular de la Ciudad de México en aquellos años. Por supuesto muchas de esas narraciones pueden ser muy actuales, pero otras, que ya no se volverán a ver, las sabemos, gracias en gran parte, a esta crónica burlona del autor de: Sábado Distrito Federal, La interesada, Pichicuas y Cupertino, La boda de la vecindad, Los frijoles de Anastasia, El chico temido, La esquina de mí barrio y muchas otras, tantas en las que se conjuga la broma, el albur y las vivencias del propio compositor.
Por ejemplo, utilizando una de las más famosas frases del albur, desarrolla una historia de un personaje respetado y temido en su barrio, no sin dejar por supuesto de lado el albur:

“Yo soy el chico temido de la vecindad
soy el pelón encajoso que te hace llorar
Me llamo José Boquitas de la Corona y del Real
yo soy del barrio el carita, las chicas,
los chicos, me dan mi lugar.
Siempre me verás vistiendo mi saco café
tiene sus ojales blancos y atrás de piqué
si tú me cuentas los pliegues verás que siempre uso tres
te echo de menos pelona
con tus medias rosas, tu falda ye-yé.
Mi novia ya no es Virginia, Quintina, ni Paz
ahora saco a Excrementina, la saco a pasear
Es muy robusta del pecho, a Prieto se la quité.
Es prima de Juan Derecho caifán de los nuevos
huevos La Merced. Te hacía un muchacho decente,
le dije al Caifán, pero eres meco
y me sacas de quicio rufián.
Eres el mismo Satán, eres como la tía Justa
que empuña la fusca mi pelafustán.
Yo soy el chico temido, ya llegó su tren
cuida a tu chico con vida, tu papá ya bien,
besitos a los pelones y besitos por allá
que te atropelle la dicha
y te saque pedazos de felicidad.”

Otra de las canciones en las que con ingenio va entretejiendo otra de sus historias, pero ahora recordando los nombres tan peculiares (y hoy tan poco conocidos) de la panadería tradicional mexicana:

Concha divina, preciosa chilindrina
de trenza pueblerina, me gustas al amar.
Ven dame un bísquet de siento en boca y lima
chamuco sin harina, pambazo de agua y sal.

La otra semana te vi muy campechana
pero hoy en la mañana panqué me ibas a dar.
Deja esos cuernos para otros polvorones,
Que sólo son picones de novia en un volcán

Si me haces pan de muerto,
te doy tu pan de caja,
te llevo de corbata,
de oreja hasta el panteón.
Allí están los gusanos
pa' tus preciosos huesos,
nomás no te hagas rosca
que te irá del cocol.

A mi chorreada la quiero ver polveada,
todita apastelada, aquí en mi corazón.
Concha querida, te ves entelerida,
pareces monja juida, tú que eras un cañón.

Te di tu anillo, tu casa de ladrillo
y ahora, puro bolillo, me sales con que no.
Quieres de un brinco tu pan de a dos por cinco,
ganancia en veinticinco y tus timbres de pilón.


Gracias a Chava Flores, conocimos cómo eran las bodas, los quince años y hasta los velorios en las vecindades de antaño. Y por supuesto hacía visible la vida cotidiana de los barrios que eran invisibilizados por las clases medias pretenciosas y las clases altas quisquillosas, que sólo tenían ojos para el desarrollo que estaba llegando. Pero Chava Flores tampoco tuvo empacho en narrar ese crecimiento de la Ciudad, le dedicó canciones al Metro:

“…Al bajar a los andenes
escuché esta cantaleta:
- al mirar llegar los trenes
no se aviente para entrar.
Si en diecisiete segundos
no ha podido, ni se meta,
ni se baje a la banqueta
que se puede rostizar…”

O cuando el Paseo de la Reforma fue ampliado:

“…Vino la reforma, vino la reforma,
Vino la reforma a Peralvillo.
ora si, las lomas, ya semos vecinos,
¡ya sabrás mamón lo que es bolillo!”

Ni los gorrones con su itacate, ni los antes puntuales aguaceros que se caían en mayo, ni las pulquerías con sus puestos de comida afuera, ni los sueños de grandeza del mexicano pasaron desapercibidos a la vista de don Chava, quien nació un 14 de enero de 1920, en el número 66 de la Calle de la Soledad, en pleno barrio de la Merced. Su vida fue precaria y se tuvo que desempeñar en diversos trabajos desde los doce años. En 1952 debutó como compositor con los temas: Dos horas de balazos (que retrata un enfrentamiento entre policías y ladrones) y La tertulia (en el que denota su gusto por la bohemia). También tuvo un breve paso por el cine en donde actuó en seis películas, escribió un libro llamado Relatos de mi barrio que apareció en 1988. En 1981 anunció su retiro -debido a que ya no podía cantar más- en el Teatro Ferrocarrilero donde se despidió del público entre lágrimas y ovaciones, cantando:

“…Pero del chorro de voz
sólo me quedó el chisguete…”

Falleció el 5 de agosto de 1987, sin ser nunca rico, cosa que decía tampoco le interesaba en demasía, lo que le ganó aún más el respeto del público. No obstante dejó un epitafio que aparece en su tumba del Panteón Jardín: “Si volviera a nacer quisiera ser el mismo, pero rico, nada más para ver qué se siente”.

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