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Ciudad de México Año VIII Número LXXXVII Enero 2020

 

A cien años de la era del jazz
Luciano Pérez

A propósito de que hemos llegado a la década de los veintes, bueno será recordar los verdaderos años veinte, los únicos que puede haber en la historia de la humanidad, que con acierto bautizó el escritor estadounidense Francis Scott Fitzgerald, él mismo un eminente representante de la época, como la Era del Jazz. En aquellos años dos países fueron el foco de atención universal: los Estados Unidos y Alemania. Y tres fueron las ciudades doradas y adoradas: Berlín, París y Nueva York.

Fitzgerald describió bien lo que fue aquel tiempo: “Fue una era de milagros, una era de arte, una era de excesos y una era de sátira”. Aquellos que fueron niños en la Primera Guerra Mundial, se hicieron jóvenes en los veintes, y fue la juventud, por primera vez en la historia, la que marcó el estilo, algo que sólo se repetiría en los años sesenta.

Los jóvenes bailaron charleston, tomaron todo tipo de bebidas, y las muchachas fueron vistas abiertamente por primera vez tomando y fumando en público. Fueron ellas las que le dieron su imagen a la época, y se les llamó flappers, y le metieron miedo a la sociedad conservadora. Una famosa flapper, quizá la más típica, fue la esposa de Fitzgerald, Zelda Sayre, una originaria de Alabama que decidió que la vida no era sufrir y trabajar, sino bailar y andar en todo tipo de escándalos, y también escribir.

¿Y qué hay del jazz mismo? En un principio la palabra, en el caló negro, significaba, como después la palabra rock and roll, el coito, la relación sexual. Luego fue baile, y terminó siendo un género musical. Fueron sólo negros (no le temamos a la expresión) los que en los inicios del jazz tocaron y gustaron éste, pero los blancos no tardaron en también hacerse devotos. Y pronto la juventud estadounidense urbana (los del campo siguieron con su folk country) se dejó poseer por el jazz como por un demonio. En algún otro número de Ave Lamia habrá que hablar más a fondo sobre el jazz.

También merece un artículo completo otro acontecimiento artístico de aquellos años: el cine. Todos iban a deleitarse con la gracia de Chaplin y otros cómicos, y a admirar a Rodolfo Valentino, Gloria Swanson y Clara Bow. Las películas eran mudas, y en ellas se forjaron muchas jóvenes que luego en los años treinta se convertirían en grandes estrellas: Bette Davis, Joan Crawford, Greta Garbo, Marlene Dietrich y otras. Y ya que mencionamos a esta última, asomémonos un poco a lo que sucedía en Alemania.

El fin del imperio alemán y la llegada de la República de Weimar desataron todos los instintos que la severidad prusiana había reprimido. Los alemanes se excedieron más que los estadounidenses, y pronto Berlín se convirtió en un paraíso de sexo, alcohol y drogas. Y también se incrementaron las luchas políticas. A principios de 1920 un antiguo soldado del Kaiser se unió en Munich al Partido Nacional Socialista de los Trabajadores Alemanes (NSDAP); él estaba dotado de una violenta y atractiva oratoria: Adolfo Hitler. Pronto se apoderó del partido, y en 1923 organizó un golpe contra el gobierno de Baviera, que el ejército logró aplastar. Hitler fue detenido, procesado y condenado a prisión. Aquí escribió su libro “Mi lucha”, aparecido un año después, mismo en que el futuro Führer fue liberado. Tomó la decisión de ya no buscar el poder mediante la violencia, sino de manera legal, lo que lograría en la siguiente década.

Pero Alemania vivió más que nada una intensa actividad cultural, desde la escuela del Bauhaus, donde las artes visuales eran enseñadas, hasta los estudios UFA de Berlín, donde la Garbo y la Dietrich harían sus primeras películas. En 1923 Arnold Schönberg dio a conocer la dodecafonía, poniendo a Alemania en la vanguardia de la música abstracta. El teatro de Bertoldt Brecht llenó los escenarios con crudas y alegres canciones políticas. Georg Grosz, Otto Dix y Max Beckmann, entre otros, le dieron lustre a la plástica germana con sus temas despiadados. Y la literatura tuvo un esplendor que logró calidad de universal, algo que no había ocurrido desde la época de oro de Goethe y Schiller. Tan sólo mencionar a Thomas Mann y a Franz Kafka da una idea de la calidad privilegiada de las letras alemanas. Fue en 1924 que apareció “La montaña mágica”, una novela del primero mencionado, una epopeya moderna donde los instintos desafían a las convenciones.

Kafka murió casi desconocido en 1924, y su obra corrió el riesgo de perderse, pero su amigo Max Brod la rescató para nosotros, y el mundo quedó asombrado cuando fueron apareciendo “El proceso” (1925), “El castillo” (1926) y “América” (1927), novelas donde la angustia, la compasión y el desamparo asedian, atormentan y a la vez deleitan al lector. Otros buenas obras literarias del periodo fueron: “Sin novedad en el frente” (1929) de Erich Maria Remarque; “Tormentas de acero” (1920) de Ernst Jünger; “El lobo estepario” (1927) de Hermann Hesse; “Los últimos días de la humanidad” (1920) de Karl Kraus; “Berlin Alexanderplatz” (1929) de Alfred Döblin…

Y ahora volvamos a los Estados Unidos, pues hubo ahí también un esplendor literario como el de Alemania. En 1920 aparece “A este lado del paraíso”, de Fitzgerald, quien por su modernidad superó pronto a otra novela de ese mismo año, “Calle principal”, de Sinclair Lewis, de factura más tradicional. En los dos años siguientes, Fitzgerald volvió a asombrar a todos, cada vez con más insistencia en la locura de la época: en 1921 los cuentos de “Flappers y filósofos” y en 1922 con la novela “Hermosos y malditos” (esta última, fue expresión de la vida demencial que llevaban el autor y Zelda). A mitad de la década los mejores escritores estadounidenses decidieron que no estaban a gusto en su país, y se fueron a Europa, principalmente a París. Ahí estaba, como matrona de ellos, Gertrude Stein, autora de una curiosa novela, “Ser norteamericanos”, de 1925, que algunos consideran ilegible. Y ahí surgió un grande, Ernest Hemingway, que en 1926 publicó “El sol también se levanta” y en 1929 “Adiós a las armas”, y ambas novelas causaron furor. Como también causó furor otro expatriado, el tantas veces mencionado Fitzgerald, cuando en 1926 apareció el que es considerado su mejor libro, “El gran Gatsby”. Años después Hemingway evocaría estos años locos parisienses en su memoria “París era un fiesta”. Y Woody Allen quiso evocar también este tiempo en su magnífica película “Medianoche en París”.

Una curiosa y extravagante figura que fue muy vista en París, y luego en Italia, fue la del poeta de Idaho Ezra Pound, quien en la década anterior ya había publicado en Londres buenos libros de poesía. Pero fue en los veintes cuando dio inicio a su titánica tarea de los “Cantos”, que continuaría a lo largo de décadas, pero cuyos primeros frutos se dieron entre 1925 y 1928, y sorprendió al mundo literario por la manera difícil de expresarse que proyecta Pound en esos Cantos; todos estaban de acuerdo en que eran hermosos, pero pocos atinaban a entender lo que querían decir.

Hubo otros buenos novelistas, pero en particular son de llamar la atención dos: John Dos Passos, quien con “Manhattan Transfer”, de 1925, quiso evocar a Nueva York, ya meta de todos los cosmopolitismos posibles, y una década después expresó lo que fueron los años veinte con su valiosa trilogía “USA”. El otro es William Fauilkner, un fuera de serie, quien en 1929 publicó una novela todavía más asombrosa que todo lo publicado por los que hemos mencionado: “El sonido y la furia”, donde varias personas narran los mismos hechos desde su punto de vista, de tal manera que parece que nadie está hablando de lo mismo, y de que ocultan algo. Salvo el loco, que es el único que dice la verdad de lo que pasó.

Los años veinte estuvieron llenos de acontecimientos, como en 1926 la fundación de la ciencia ficción por obra de Hugo Gernsback, un género nuevo que tendría un desarrollo mayor en las décadas por venir. Pero hubo algo que le dio un carácter especial a la década, y que es por lo que muchos hoy no dejan de recordarla: el auge del crimen. Fue a principios de los veintes que surgió esa figura conocida como gangster, y hubo de dos tipos, los irlandeses y los italianos.

Pero pronto estos últimos, mejor conocidos como la Mafia, fueron ganando el terreno a los primeros, en medio de amarga lucha por el manejo del narcotráfico, el juego, la prostitución y el alcohol, que había sido prohibido por la Ley Seca en 1920 y que propició un intenso contrabando y distribución de todo tipo de bebidas

Había dos grupos de mafiosos: los de Nueva York, encabezados por Vito Genovese y Frank Costello, sicilianos, que para 1925 dejaron a cargo de todo a otro paisano, que logró gran fama, Lucky Luciano. El otro grupo era el de Chicago, a cargo de Johny Torrio, el cual, también en 1925, le dio su lugar a un napolitano que pronto se haría célebre, Al Capone.

Y hubo otras cosas más, pero todo eso lo recordaremos a su tiempo. Por ahora tenemos que cerrar este artículo recordando dos libros cuya publicación señaló que la literatura ya no podía ser como antes, que algo había cambiado en definitiva.

En 1921 apareció la novela “Ulises”, de James Joyce, y en 1922 el poemario “La tierra baldía” de T.S. Eliot. Ambos siguen teniendo vigencia en la actualidad. La novela de Joyce fue un escándalo, no sólo por su desenfado, sino por las complicaciones de lenguaje que contiene, lo que dificulta la lectura para mucha gente. Un desafío para los que todo lo quieren fácil. Nunca se había escrito antes nada parecido.

Y el poema de Eliot demostró que la poesía no es sólo decir cosas bonitas y conmovedoras (muchos creen que esa es la función de tal género literario), sino la de reunir una serie de alusiones y asociaciones que no admiten un lector perezoso, porque se trata de que el mundo grecorromano, el medieval, el renacentista, continúen vivos en la época moderna, como si el tiempo nunca hubiera transcurrido. Que de hecho, así es. ¡Felices años veintes! Los de antes, no los de ahora…

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