Reserva de Derechos
04-2013-030514223300-203

Ciudad de México Año VIII Número LXXXVII Enero 2020

 

Más minificciones
De Los turbios femeninos

Adán Echeverría

1.- Pensar causa fiebre
Todas las noches Alejandra salía de su cuarto para meterse a bañar y pasaba cargando su ropa interior, con la toalla al hombro, frente a mi novia y yo que estábamos sentados en la sala. Cerraba la puerta del baño y tras unos minutos de espera la casa se llenaba del rumor de agua corriendo. Entonces yo perdía la cordura.

Veía a mi novia sin escucharla. Mi mente se había colgado de la toalla, o de las pantorrillas de mi cuñada, y se había introducido al baño con ella. Mi novia intentaba besarme aprovechando que estábamos solos, y una enorme erección se dibujaba al pensar en cada gota que se deshacía sobre el cuerpo desnudo de Alejandra.

- Estás hirviendo.
- Hace mucho calor.
- ¿Te sientes mal?, parece que tienes fiebre, ¿quieres que te traiga algo?
- Agua, solo agua, por favor.

Pero ningún líquido hubiera sido suficiente para la sed que me mordía. La tortura duraba apenas veinte minutos. Al abrirse de nuevo la puerta del baño, yo sacaba con rapidez mis dedos de la vagina de mi novia, ella se acomodaba la falda, y Alejandra salía vestida siempre con ropa ligera, y la toalla alrededor de la cabeza. Algunas gotas aun se apreciaban detenidas en su cuerpo, perlándole el cuello y el escote. Yo quería, con la mirada, acariciar su fresca vagina limpia y olorosa a mango.

Así pasaron los años. Mi novia se volvió mi esposa y Alejandra se embarazó de un tipo que nadie conoció jamás; pero ni el hecho de volverse madre, han logrado quitarme de la mente la imagen diaria de ella cruzando frente a mí para meterse a bañar. Quién quita si algún día… ahh, quién quita.


2.- Una mujer de enormes ovarios
La convención nacional de pueblos originarios se anunció con bombo y platillo. Los carteles cubrían las capitales del país, y las comunidades así como las asociaciones indigenistas ajustaban sus agendas, redactaban manifiestos y hurgaban en sus cajas de ahorro para obtener los patrocinios necesarios que les permitiera enviar a los jóvenes más sobresalientes de sus comunidades.

Nunca se les ocurrió que la escena sería la de un mundo globalizado. El listado de oradores para la inauguración incluía a varias figuras juveniles del mercado de la música y del arte que nada tenían que ver con los pueblos originarios.

De esta forma la convención parecía la asistencia a un concierto patrocinado por alguna firma comercial y los jóvenes interesados en dejar escuchar su voz, siempre trazada desde las minorías, apenas eran el colofón folklorista que el gobierno pensaba presumir al mundo.

Noemí Tuz, de raza maya, tuvo el uso de la palabra. Se había ganado esta oportunidad al ser galardonada el año anterior con el premio nacional de poesía indígena. Al subir al estrado obvió el discurso preparado, y rechazó tajantemente que los hayan invitado a un evento disfrazado de convención de pueblos originarios, para ser testigo de la presentación de programas que en nada apoyaban la vida de las comunidades a las que representaba.
Al terminar el discurso, las caras largas de las autoridades, representadas por el secretario de gobernación y cortesanos, en representación del presidente de la república, no se hicieron esperar. Noemí bajó del estrado, caminó con firmeza hacia la salida, se despidió tirando las hojas de su discurso al aire, y abandonó el recinto.

La reprimenda de parte del gobierno no se hizo esperar. La prensa obvió el acto y días después la persecución contra las comunidades y agencias indigenistas comenzó. Los apoyos para el campo se vieron reducidos, las becas a los jóvenes se congelaron, las escuelas en lenguas originarias fueron cerradas, reportándose como en “reestructuración”.
Noemí Tuz fue detenida, acusada de infanticidio, la prensa documentó la historia de un antiguo amante, usado para testificar que ella había recurrido al aborto, cuando el producto contaba 14 semanas de gestación.
Los ríos continúan su derrotero de luz, agua y música. Los pájaros no cesan su trinar y las flores del campo asombran con su belleza. Pasos adelante, la ciudad se come las sociedades humanas, haciéndoles olvidar la naturaleza.


3.- En el río Agua te apedreé
El Agua había crecido como cada año. El poblado, la comarca toda, sufrió la inundación.
Beto y Paula subieron al techo para sobrevivir la crecida, llevando consigo algunas de sus pertenencias, lo que pudieron encontrar de comida y, como todos los demás vecinos, "la roca final" que por décadas, consciente de las incontables inundaciones, fue adoptada por los lugareños debido al abandono en que las autoridades siempre los tenían.

Los días pasaron y el imparable llanto de los niños que también permanecían a resguardo en otros techos, así como los moscos, la humedad agobiante, los rayos del sol que aparecía tímido, así como el tufo de los cadáveres se hizo insoportable.
Beto y Paula siempre supieron que hacer. Embarazada le era difícil moverse con rapidez. El alimento al fin se agotó junto con la esperanza de ser rescatados.

Paula y Beto se pusieron en pie decididos. Abrazados se dieron un largo beso y ella se acostó en el techo, extendió las manos todo lo que pudo, tensando los músculos presa de terror, para que Beto dejara caer “la roca” sobre su cráneo.

Luego Beto cogió la soga, amarró la misma piedra a sus dos piernas, sentado cerca de la orilla, se cercioró que los nudos no pudieran desatarse, y tiró la piedra al río. Vio la soga correr aprisa hasta hundirse y él mismo se arrojó a la crecida lodosa del Agua.

Regresar