Reserva de Derechos
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Ciudad de México Año VIII Número LXXXVII Enero 2020

 

Algunas prosas
Luciano Pérez

1.- Hesiodus
¿Quién supo más acerca de los dioses? Un pastor. Por eso yo quiero llevar a mis ovejas al Río del Consulado, y ahí con mi zampoña evocar epopeyas de los titanes, que debieron vencer a los olímpicos, para que Tifón fuese nuestro dios y no Zeus. Pero nada de esto pudo ser, porque el Departamento del Distrito Federal abolió el río, para que miles de autos pasaran raudos donde mis ovejas, que tienen sed y quieren saber, escucharían mis cantos como si paciesen estrellas en Ascra.

2.- Heraclitus
El tiempo, que es niño, juega con las damas. Y éstas, que no pierden el tiempo, montan al niño y luego lo nombran caballero. El tiempo, alguna vez caballo para las damas, luego llegó al ajedrez como logos, para montar a la reina y lograr que le confirmase, camino arriba y camino abajo, su rango en la caballería o en el hipódromo, que son uno y lo mismo.

3.- Abeja Reina
Abeja Reina lectora de Ovidio, no del amor sino del destierro, que nos hemos ido lejos, con los bárbaros, con quienes estamos mejor, porque nadie nos ama. “¡Nadie me ama!”, exclama la reina, y el dístico cae, por obra y gracia de su mano de miel y de langosta. Ella, la que clama en el desierto, porque el hijo al que llevaron a Egipto fue hecho pedazos, no por Herodes, ni por Faraón, ni por Diablo. ¡El creador de Behemot y Leviatán lo hizo!
Por fortuna, estamos lejos de eso. Abeja Reina sigue leyendo las penalidades de Nasón junto al negro mar, ahí donde el petróleo de Ploesti desemboca para tirarse, para perderse; nada importa, porque nadie, NADIE nos ama. Abeja Reina piensa un rato en Ulises, y ahora peina hexámetros, larga cabellera en el exilio. Los bárbaros aquí dicen BARA, BARA como en Tepito, y quien entiende eso no aspira a la docencia, tan sólo sabe que ya no hay para qué pararse temprano e ir al trabajo, ni luchar a la grecorromana en el metro (la medida) de Ciudad de México.
No es tan malo el destierro, pero abeja quiere picar. ¿Acaso no fue Eros picado por una? Y Eros es Eris, lo sabemos todos, aunque nos quejemos de que no se nos ama, y de que la medida (el metro) de las cartas de “Las Tristes” tiene que ser ajustada a la pena que sienta uno, y a veces uno está contento con su tristeza. Y la reina, que es fan ovidiana, ha dejado de leer el Arte y los Remedios, para hundirse nada más que en el Ponto. Porque nadie ama…

4.- Las Torres
A la pisana torre quiero ir, como el mariscal alemán, y observar la luna, la vaca y el gato. Si las escaleras no me marean, por supuesto. Si mi corazón resiste subir hasta la terraza y ver el color de los astros. Pero ni siquiera puedo subir a la torre latina, en el centro de mi capital. Dos o tres veces fui, cuando podía, y vi hacia abajo el reino de Liliput, y en la esquina de San Juan y Madero los coreanos advertían contra el código de barras, ese mismo que el Diablo, según Luca Signorelli, le aconsejó al Anticristo imponer en todos los comercios del mundo. ¿Y la torre de Babel? Nemrod quiso alcanzar a Dios y destronarlo, hacerlo huir de Mesopotamia y del mundo. Pero no llegó, y tampoco yo, y sé que el ziggurat me marearía mucho, más que la torre del mariscal, más que la latina de la capital de Anáhuac…

5.- Cuando Sibila muera
De tan pequeña, de tan diminuta, tendrá que morirse Sibila. No sabemos si ya fue así. Los niños juegan, corren y preguntan, mas al parecer ella ya no responde. O ya no se le oye. Quizá más bien no tiene por qué hablar. ¿Y ahora quién dirá lo que ha de venir? Los oráculos lo mismo orientan que desorientan, dicen más de lo que no viene al caso y menos de lo pertinente. Tal vez por eso Sibila se hizo vieja y baldía, tal vez por eso empequeñeció. En la cueva de Cumas hay un vacío, porque ahora que el futuro ha llegado, ya no se necesita saber de lo que vendrá. Simplemente, porque ya vino. No hay más, y cuando muera Sibila, si no es que ya murió, las mariposas habrán de llevarla por un rústico camino hacia el Orco, por quien juramos.

6.- Asís
Lícito me es acudir a Asís para provecho de mis palabras. No para buscar compasión, pues dura es la muchacha y duro el destino; sino que los dísticos desgranen su metro según Alejandría entre los romanos. Que si el aroma es todo Calímaco, a Roma le pertenece el caudal de alusiones. ¡No hay cabida para lector perezoso, ese no es mi semejante! Mimesis de Propercio son las memorias que como de Cintia tenemos, de esas memorias a las que llamé alguna vez Yucatán y la Santa María. Amor fue la dureza, como mísero que soy y que he sido. ¡En Asís la riqueza es toda verso!

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