Reserva de Derechos
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Ciudad de México Año VIII Número LXXXVIII Febrero 2020

 

Amor Inc.
José Luis Barrera

La mujer que me dio el mejor sexo de mi vida es a la que ni por asomo, ni por apariencia, le dije que la amaba. Cierto es que en mis primeros noviazgos yo sí creía estar enamorado, pero poco a poco comencé a desconfiar de este sentimiento al que todavía hay quienes se creen sus poetas y dedican su tiempo a hacerle elegías a la mujer. Tiempo después, de manera mañosa utilizaba este término para allegarme el favor de algunas féminas a las que llegué a pretender. Y es que si el enamoramiento es nefasto en cualquiera de las etapas de la vida, pero un viejo enamorado es de verdad patético. Esto no significa que por fuerza un viejo tenga que ser solitario (aunque yo lo sea), es tan sólo que un viejo no requiere de adosarles un adjetivo romántico a las mujeres que le hacen compañía.

Cuando un hombre pierde a una mujer, no sufre por desamor sino por orgullo, y se vuelve enfadoso cuando su obsesión la confunde con amor y se pasa aludiendo su pena por horas, semanas o años en el peor de los casos. El joven apesadumbrado que cuenta su triste historia es ya suficiente, como para que de viejos sigan creyendo que ahora si apareció “el amor de su vida”, representado con frecuencia en una dama mucho más joven que él. Un término coloquial que define a la perfección el estado en que se encuentran los hombres ante una mujer es “enculamiento”, término para definir un falso enamoramiento que sólo tiene tintes de posesión sexual.

En los años mozos se encula el caballero con la dama experimentada que le hace conocer los arcanos de la sexualidad, y de viejo sucede ahora con damas jóvenes que de apariencia representan la ternura y virginal belleza que requiere ser educada por un hombre maduro. Pero eso es sólo la apariencia por que las damas saben de las fantasías varoniles y muchas veces ocultan su poca o mucha experiencia en las artes amatorias, para hacerse pasar por la inocente dama que se sorprende de lo “mucho que sabe el caballero maduro” y así obtener lo que en verdad desean de su viejo amante.

Los viejos con dinero se sienten orgullosos de estar al lado de una joven hermosa, aunque en casa tal vez resulte un infierno la convivencia con una dama caprichosa e inmadura, cuando lo que se requiere a esa edad es la calma. Todo es culpa del concepto que nos han formado de la felicidad y la belleza que van enfilados hacia el mismo adoctrinamiento comercial que nos las prefabrica para que las consumamos tal y como ellos nos lo indican. Por supuesto que no todos pueden acceder a esos estándares impuestos, generando una sociedad frustrada que se vuelve más consumista. Y en lo que respecta a los que acceden a aquellas vidas “perfectas” que se construyen desde las grandes corporaciones tienen un grado extremo de insatisfacción y vacíos existenciales que los convierten en esclavos de sus propios juicios.

Desde el cine y la televisión venden un criterio de belleza con un arquetipo en el que una mujer guapa, como las que aparecen en pantalla, van acompañadas de nobleza y virtuosismo. Y volvemos al punto anterior: los que pueden acceder a ese prototipo pronto se dan cuenta del timo de que fueron objeto, y los que no accedieron siguen en el permanente sueño de poseer ese valioso tesoro al que le llaman belleza, como complemento perfecto de la felicidad. Y a todo esto se le agrega la palabra “amor”, para completar la presentación de la mercancía. Quien la compra, lo mismo que quien sueña tenerla se vuelve consumidor de ella. El “ganar - ganar” que pregonan los mercadólogos no existe ni existirá jamás.

La alienación comercial de que los seres humanos somos esclavos voluntarios, no sólo dirige las gustos de lo que se va a comer, a beber o qué objetos se van a comprar, también infieren la forma correcta de vivir y de qué manera se va conseguir la felicidad. Desde las producciones televisivas y cinematográficas se exponen estilos de vida que van a ser deseados con ansia por parte de los espectadores: Los hombres querrán estar rodeados de bellas mujeres como James Bond y las mujeres buscarán un amor en donde culmine el famoso “y vivieron felices para siempre”. Y es lógico que al ser este un falso paradigma de vida, ese “objeto de deseo” se convierte en frustración. Y a falta de mujeres rodeando al varón, siempre habrá algún artículo que resulte un placebo temporal de esa frustración. Algo costoso como un reloj, una corbata, un auto, y hoy en día un teléfono celular, harán las veces de remedio contra la profunda frustración de ver lejana la posibilidad de alcanzar el “status” impulsado desde los medios de comunicación por las grandes corporaciones.

Para aquellos que no tienen acceso a los artículos suntuosos, también les tienen una historia para que se sigan ilusionando: La de aquella dama hermosa que no obstante pertenecer a la clase alta, se enamora de un pobretón y deja todos sus lujos para irse con él. Para la industria del cine hollywoodense en específico este es el sinónimo del amor verdadero.

Es aquí donde el hombre frustrado y soñador se enamora de la protagonista y la ve tan cercana que sueña que esto puede ser real. Desde la pantalla se ve muy cercana la dama y se olvida que en verdad es una actriz tan inalcanzable, que lo más seguro es que nunca se la topará por la calle el don Juan fracasado, y en el caso extremo que llegase a coincidir con él en algún lugar, ni siquiera va a voltear a ver a quien se enamoró de ella en la pantalla.

Al igual que las casas lujosas, los autos deportivos y las joyas costosas, las actrices que interpretan a las damas llenas de virtudes, son lejanas a una gran mayoría de la sociedad, y quienes de verdad las pueden tener a su alcance se van a pasar presumiendo sus vidas perfectas (aunque de facto resulte una verdadera mascarada comercial) para que los demás sigan añorando ese estilo de vida, se sigan frustrando y sigan consumiendo. Esta es la táctica perfecta.

Una vez logrado el objetivo de hacer sentir fracasado al consumidor, se crea una opción asequible para que subsane su desengaño. Ahora tendrá el amor gracias a que existe el “Día del amor”, repleto de artículos (para todos los bolsillos) para demostrarle a la persona amada cuánto amor siente por ella. El consumidor va a sustituir su sueño con una dama y una vida lejana a la que le han inculcado la televisión y el cine, pero en el fondo siempre seguirá soñando con aquellas “vidas perfectas” de la farándula.

Pero celebrará el “Día de San Valentín”, gastando tal vez más de lo que debería, para acudir a un lujoso restaurante, regalando un ramo de flores -costosísimo para esas fechas-, una alhaja cara y un hotel que “dé el gatazo”. Es evidente que todo es un engranaje para que caigan los consumidores, puesto que la navidad y el día de las madres (las otras fechas perfectas para las grandes ventas) quedan muy lejos entre si y tenía que haber otra gran fecha que les llene los bolsillos a los empresarios. Primero les hacen creer que se puede acceder al “amor verdadero” y luego les inventan un día para que lo celebren.

Como sucede en muchos de los casos, en el día de San Valentín el consumidor se auto lava el cerebro diciendo que ama a la persona en turno, aunque a veces se apresura a buscar a quien sea con tal de no pasar solo el tan ansiado día. En estas condiciones, no celebrar el este día resulta un acto de resistencia y mayor rebeldía cuando alguien se pasea solo por esos restaurantes repletos de parejas “enamoradas” justo en ese día. Resulta reconfortante estar libre de ese compromiso de comprar rosas al doble de su precio e invitar una costosa cena romántica para ser “socialmente correcto”.

Qué liberador es aceptar que tal o cual relación es sólo una atracción sexual y que todo acabará cuando se sacien las ansias de posesión, para estas relaciones no hay “San Valentín” que valga.
Puedo con orgullo decir que con aquella dama a la que nunca le dije que amaba y con la que tuve el mejor sexo de mi vida, el 14 de febrero fue el único día de nuestra relación en el que no tuvimos sexo, y de hecho ni siquiera nos vimos. Y yo me anduve paseando solitario por todos los rincones amelcochados de la ciudad libre de ataduras comerciales.
Resultaría interesante romper con tu pareja el “Día de San Valentín”.

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