Reserva de Derechos
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Ciudad de México Año VIII Número LXXXVIII Febrero 2020

 

Cinco minificciones
Adán Echeverría


1. Los marcianos se fueron ya

Nada pudimos contra la invasión de los marcianos, que ocurrió la navidad pasada. Ellos vinieron, nos llenaron de terror, hubo suicidios colectivos, se llevaron a las mujeres más hermosas de que tenían noticia, gracias a las cadenas de la televisión satelital, todas modelos, cantantes o actrices, y se fueron como llegaron.
En cuestión de segundos habían llenado el cielo de puntos negros que hacían contraste con el azul profundo que, paradójicamente, esa mañana a todos tenía encantados.

Contrario a las historias de ciencia ficción, los tipos a bordo de aquellas naves, eran similares a nosotros, más blancos y un poco más chaparritos. La idea que se nos quedó, después que con su superior tecnología amagaron a los ejércitos terrestres, es la de mejorar su raza con las miles de hembras que secuestraron.
Todo pasa y vuelve a su nivel. Así que las compañías de espectáculos ya tenían al día siguiente, larguísimas filas de interesadas en suplir a las desaparecidas. No importó que regresaran y se llevaran más mujeres, siempre habría otras dispuestas a ocupar sus lugares, y uno se pregunta, en qué momento nos acostumbraremos a una cualidad de belleza menor en la mujer actual.


2. Siento no agradarte...

Tía Magda siempre creyó ser una mujer libre, locuaz y divertida, capaz de alegrar la fiesta, y tener la última palabra en toda discusión de la familia. Tomaba sus decisiones con firmeza, y uno tiene que reconocerle la confianza en sí misma, aunque la realidad sea que todos, yo incluida, la detestamos.

Desde niños, cuando nos quedábamos a su cuidado, tía Magda nos gritaba para beneficiar a sus hijos; y eso que sus hijos nunca fueron un problema para mí; mis primos y yo nos queríamos lo suficiente como para saber que todo pleito de niños se olvida minutos después de iniciar otro juego. Pero ella lo hacía todo insoportable, a mí, a sus hijos, a todos.
Nos reíamos de sus ocurrencias, pero no bastaba; continuaba molestando y chingando hasta que algún familiar se sentía humillado, y la fiesta terminaba en llanto. Cuando hizo abortar a su hija su mundo se cerró. Se fue quedando sola. Se jactaba de que su hija era un ejemplo de alumna, jovencita pura, de buenas maneras, y me restregaba lo mejor chica que era respecto de nosotras, las tontas mujeres de la familia.

Mi prima sufrió la decisión que su madre había tomado, pero sus 16 años no le dieron el valor para enfrentarla. Sin dignidad, sobajada como una rapazuela inocua, terminó haciendo lo que su madre quiso. Aún hoy noto la tristeza en sus ojos.

Era sobre todo en cuestiones de fe y amor que la tía Magda manipulaba a sus hermanas, sobrinos y sobrinas. Presumía su sagrado matrimonio, su perfectísima familia. Pero ese castillo de ideales terminó por caer. Su esposo la dejó por una mujer veinte años más joven. Días después mi prima se largó de casa con el señor que les arreglaba el jardín, y su hermanito confesó ser homosexual. Abandonada por sus hijos, desesperada, busco refugio en sus hermanas, pero éstas, liberado el yugo, le cerraron la puerta en las narices.

Uno tiene que ser firme en sus convicciones, sin embargo, la vida nos permite ir para atrás y para adelante las veces necesarias, con el fin de entendernos a nosotros mismos y recomponer la ruta si lo deseamos. Odio a la tía Magda, la odio hasta el cinismo, y me causa alegría llevarle de comer a su casa, donde vive recluida en el abandono. Lo disfruto.
Su semblante desorbitado es una delicia para mi pequeña venganza. Al verme, sonríe tierna. Carcajea y carraspeando grita: Pasa hija, pasa, la tarde es espantosa para que te quedes en la calle con este sol. Bebamos refresco de jamaica para que te refresques… y bien… cuéntame cómo va todo.

Yo le platico, con prestancia, hasta los detalles más insignificantes de sus hijos y de la familia. Ella es un cuervo detenido en el tiempo, al que es fácil arrancarle las plumas.


3. Negarlo todo como principio

No estoy de acuerdo con la resurrección, después de la muerte seremos comida de gusanos, abono para las plantas de alrededor. No estoy conforme con el amor, es una ilusión pasajera en busca del poder y la dominación del otro basado en las capacidades o en el abuso. No creo en las revoluciones, la gente no merece que nadie luche por ellos, demasiado es luchar por sobrevivir el día, cada quien en sus posibilidades. No creo en la paz, es una subjetividad que indica la persecución de ideales obsoletos, la paz no es la antítesis de la guerra sino una calma chicha. No creo en la familia como núcleo de ninguna sociedad, somos individuos y por tanto debemos pensar solo en nosotros mismos. No creo en la educación formal, la observación y el vivir a diario nos llenará de experiencias.

Julio César terminó sus apuntes y caminó hacia el mar. He acá mi pensamiento, dijo, mirando el sol hundirse en el firmamento cubierto por el oleaje. Los granos de arena golpeaban su piel, hiriéndolo. Fue arrancando las hojas de su libreta de apuntes e introduciendo cada una de ellas a su boca. Todo fue cosa de unos minutos, su dieta había sido consumida y se tendió en la arena. Cerró los ojos cuando la noche lo alcanzó, y se soltó a llorar.
Lejos quedaba la imagen de la mujer que lo había abandonado la tarde anterior.


4. Estas mis fronteras de púas

Casi nunca pierdo la calma. He vivido ensimismado por más de veinte años. Escribo y leo en mi cuarto y las publicaciones me permiten el dinero que paga la comida y los servicios necesarios. Por Internet envío mis columnas. Los periódicos y las revistas me depositan el pago por mi trabajo. Compro en línea y me traen a la puerta de la casa las cosas que requiero. Dejo pasar días sin que me bañe. A veces no me rasuro uno o dos años. Me quedo en pijamas si se me ocurre, y en muy contadas ocasiones recibo visitas, no tengo amistades porque no me gusta la compañía. Mis conversaciones, entrevistas y conferencias las dicto en línea, y he sido galardonado en innumerables ocasiones. Las únicas personas que entran a mi hogar son prostitutas. Es triste en lo que se han convertido. No hablo con ellas. El dinero por su servicio lo pago a su agencia vía depósitos en línea.

Por ello, la noche que aquel niño golpeó a la puerta, mi ser huraño tuvo una sacudida innoble para alguien de mi talante. No sé si fueron sus rizos, sus ojos de caracol, su voz aflautada y llena de confianza, o quizá su olor, los que me hicieron jalarlo hacia dentro. Me percaté que no hubiera alguien cuidándolo. Cuando comenzaron a buscarlo y tocaron a mi puerta, llamé a la policía, me puse en contacto con mi editor, y vinieron para proteger mi soledad, mi estilo de vida. Les permití revisar la casa. No hallaron indicio de que el niño hubiera pasado por acá. Lo había escondido tan bien.
Después me divertí experimentando con el pequeño. Cerré su boca con hule espuma y cinta canela. Pude observar y redactar páginas enteras al dejarlo morir de hambre durante semanas. Se llenaba de valor y corría por los cuartos e intentaba esconderse. Pero con las manos atadas a la espalda y la boca clausurada, desistía. Suplicaba lloroso y se aporreaba en el suelo pidiéndome de la comida que consumía frente a él. Sus ojos iban del terror a la locura de manera intermitente y desencajada. Fue maravilloso, no podía creerlo.
Han pasado más de cinco años. Jamás volvió a tocar otro niño la puerta, pero aún conservo la esperanza. El blanco luminoso de su osamenta sigue en mi memoria, y al recordar vuelven los olores de su cuerpo del que me deshice en aquellos bidones con ácido, que luego fui lanzando al excusado. Tuve que quemar incienso y rociar desodorante por los rincones para abatir los aromas. Quizá por eso comencé a fumar de nuevo. Espantoso hábito.


5. Cazadores de rubios

Nadie se va a enterar. Pasarán días para que los padres reporten su desaparición; créeme, mis padres son iguales. Escuché a Mario con atención. Pasan semanas sin que yo vea a mis padres o ellos a mí, y vivimos en la misma casa. ¿Y la servidumbre, los choferes, los jardineros?, quise saber. Ellos te ven más seguido pero no tienen autorizado hablar con sus patrones. Sólo lo hacen si se les cuestiona o autoriza. Mi madre ha corrido muchachas porque se les ocurre decirle “Buenos días”, al verla pasar por la sala. Y nos decidimos.

Las primeras fueron dos rubias de preparatoria. Las levantamos una noche cuando salían del cine. Nos divertimos rapándolas. Les tomamos fotos que hicimos circular por Internet, "Putitas skin?heads', porque se lamían la una a la otra. Nos deshicimos de los cadáveres, hundiéndolos en el drenaje.
El siguiente golpe fue a un grupo de bañistas, siete niños ricos, todos rubios, que vimos en Playa Norte, tres mujeres y cuatro hombres. Fuimos muy violentos desde el inicio. Mario había tomado prestada, de la constructora de su padre, una camioneta, y al caer la noche, los encontramos junto a una fogata. Caminamos hacia ellos, agitando los bates como jugando béisbol golpeando algunas conchas. Al acercarnos las chicas fueron coquetas, y nos llamaron. Corrimos y golpeamos a los hombres con los bates. A ellas las cogimos de los cabellos, y las tiramos sobre las llamas de la fogata. Era delicioso el olor a carne quemada, a vellos púbicos que se incendian. Intentaban salir, pero con los bates y patadas no lo permitimos. ¡Oh, sus gritos y el olor! Subimos los cadáveres a la camioneta para llevarlos hasta una picadora que Mario había conseguido, todo fue muy fácil.
En total matamos juntos a unos cincuenta chicos y chicas rubios. En varias ciudades de la península. Algunos conocidos nuestros siguen como desaparecidos. Luego utilizamos turistas, que sacábamos de hoteles. La policía está tras de nosotros. Mario fue un imbécil al usar la misma camioneta para más de un ataque.
Tuve que deshacerme de él. Él también es niño rubio. Me fui ganado poco a poco la confianza de sus padres, y hasta me ofrecieron trabajo en la compañía. Para qué seguir jugando. La diversión tiene que parar alguna vez, para volvernos responsables.

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