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Ciudad de México Año VIII Número LXXXVIII Febrero 2020

 

El fiasco de “Da Vinci Experience”
José Luis Barrera

Ante el aniversario de la muerte de Leonardo DaVinci, desde el año pasado ha habido un sinnúmero de exposiciones que en apariencia pretenden homenajear el genio de este pintor, escultor, anatomista, arquitecto e inventor.

Sin embargo, muchas de ellas se quedaron cortas y fue mayor la expectativa que la calidad de la exhibición. Yo hablaré en específico de la que se llevó al cabo en el Palacio de la Autonomía de la UNAM, bajo el nombre de DaVinci Experience.

La exposición presume la curaduría de Roberta Barsanti, directora del museo dedicado al genio toscano, que se encuentra justo en la pequeña ciudad de Vinci, lugar en que nació el homenajeado.

El primer motivo de queja era la gran fila que se hace para acceder a la exposición; no para comprar los boletos o para acceder al recinto, sino para pasar a la primera sala. Obvio que al esperar por poco más de una hora se antoja encontrarse con una exposición de primer nivel.

Era sabido que no había obras originales, pero los asistentes esperábamos que a falta de ello hubiera algo de verdad impactante. Sin embargo, después de pasar por esa larga espera entramos a una pequeña sala con unas cuantas réplicas de sus obras más emblemáticas con sus respectivas fichas (por cierto con errores en cuanto a las reglas ortográficas básicas).

Adjunta a esta sala, otra igual de pequeña exhibía algunos de los inventos adjudicados a Da Vinci, construidos para dar una idea de cómo serían. Esta sala no la pude ver con detenimiento ya que avisaban que si no nos apurábamos a entrar a una proyección que darían, tendríamos que esperar media hora más.

En este punto, se accede a un sitio con pantalla en los cinco puntos que conforman la pared, e incómodamente sentados en el piso se proyecta en esos flancos un video que resulta interesante a secas, pero que no se puede disfrutar ya que llega un punto en que se está más preocupado en desentumir las piernas que atender al video de veinticinco minutos.

Por otro lado, la proyección en cinco pantallas no le da una sensación distinta o superlativa a la presentación, y de hecho te pierdes lo que sucede a tu espalda (en este caso, cabe mencionar que los textos en español e inglés se encuentran en las pantallas contrarias, de tal forma que si el visitante sólo domina un idioma y por desgracia le queda a sus espaldas, tendrá que torcerse el cuello o quedarse sin entender algo de lo que se explica).

Bien podía ser en una pantalla (inclusive IMAX) o varias simultáneas para atender a más público en menos tiempo, además de estar más cómodos en algunas sillas o butacas. Es evidente que la tardanza inicial se debe a esta proyección, ya que como dije las dos salas anteriores se pueden recorrer en quince minutos o media hora, dependiendo del detalle con que se vaya viendo.

Saliendo de esta, hay otra fila, que significó cerca de media hora más para acceder al punto tal vez más interesante y en el cual creo que se centró el sobrenombre de “Experience” en la exposición. En otra pequeña sala hay varios visores de realidad virtual, en los cuales se puede ver el estudio de DaVinci, y unos cuantos de sus inventos en movimiento y en tercera dimensión, estando inclusive dentro de uno de ellos.

Siendo esta parte de la exposición lo más sobresaliente, se antoja que fuera más extensa, pero tiene una duración de entre cinco y diez minutos, y de ahí se dirige el público hacia la cafetería y tienda de souvenirs para así salir de la exposición. Es decir, una espera de más de dos horas para entrar a una pequeña e intrascendental exposición de menos de una hora.

Por el costo del boleto para dicha exposición, se espera algo muy por encima de lo que ofrece desde la organización y el contenido. Aquí no se puede evitar la comparación de la exposición de En casa con mis monstruos, en la que el contenido es mucho mayor y entrabas con un horario determinado para no hacer esta clase de filas, además de que costó tan sólo un poco más que esta fallida exposición a la que refiero en el texto.

Lo lamentable es que estas ofertas museísticas se están extendiendo en nuestro país, y ya inclusive están llegando al que debería de ser el máximo recinto cultural de nuestro país: El Palacio de las Bellas Artes, en donde se han montado exposiciones mínimas que a lo mucho ameritan las rejas de Chapultepec o algún parque público y que con “bombo y platillo” se anuncian como algo fuera de serie.

Artistas sin el mérito o exposiciones con un criterio cultural poco trascendente se ofertan como una opción artística dentro de una ciudad repleta de museos con mucha mayor importancia.

El marketing se está apoderando de la cultura de nuestro país para alimento del snob que siempre ha estado presente en los museos. Lo más deleznable del asunto es que es segunda vez que una exposición me deja este sabor de boca en este recinto perteneciente a la UNAM.

Es evidente que sólo rentan el espacio, pero en una institución seria no se le renta “al mejor postor” sino a quien tiene la mejor propuesta artística, y eso ya se ve que no está sucediendo.

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