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Ciudad de México Año VIII Número LXXXIX Marzo 2020

 

A cien años de “A este lado del paraíso” de Fitzgerald
Luciano Pérez

Hace cien años se inició la Era del Jazz, y el libro que inauguró esta deslumbrante época salió a la luz en marzo de 1920, la novela “A este lado del paraíso”, escrita por un joven autor estadounidense que a partir de entonces se haría famoso: Francis Scott Key Fitzgerald. Nació el 24 de septiembre de 1896 en Saint Paul, Minnesota. Al dársele a elegir entre estudiar en Harvard, Yale o Princeton, eligió esta última universidad, que le pareció más apropiada para sus afanes, más que de conocimientos, de belleza, riqueza y prestigio. Pero el que es bello y rico y prestigiado, está también maldito, y eso habría de descubrirlo Fitzgerald a medida que la década transcurría, en esa era que él mismo bautizó como la del jazz.

No fue un buen estudiante, pero esto a él no le importaba, sino la vida glamourosa que llevaban los privilegiados alumnos de las tres más famosas universidades de los Estados Unidos. Pero cuando en 1917 este país queda involucrado en la Primera Guerra Mundial, Fitzgerald se enrola en el ejército y es enviado a Europa a luchar contra el Kaiser. Fue entonces que a su mente le llegó la idea de describir lo vivido en el campus de Princeton, y se puso a escribir una novela al respecto, que entonces tenía el título de “El egoísta romántico”, que quizá definía mejor el tema a tratar, el de la vida del joven Amory Blaine, que era en realidad el propio Fitzgerald.

En 1918, siendo ya teniente en el ejército, envió desde Francia el manuscrito de la novela a la editorial Scribner, que la rechazó. A su regreso a los Estados Unidos trabajó en Nueva York en una agencia publicitaria, y en la primavera de 1919 escribió una gran cantidad de cuentos, y sólo le publicaron uno. Antes de irse a la guerra había conocido a una bella muchacha sureña, Zelda Sayre, nacida en Montgomery, Alabama, en 1900. De inmediato quiso casarse con ella, pero Zelda no le vio posibilidades de riqueza y no aceptó. Fitzgerald la incluiría en la novela que estaba preparando en el personaje de Rosalind, una chica bella, egoísta y echada a perder.

Fitzgerald no se desanimó ni por el rechazo de Scribner ni por el de Zelda. Por el contrario, estaba decidido a lograr lo que quería, así que primero se puso a rehacer la novela, y en septiembre de 1919 la volvió a enviar al mismo editor, y esta vez fue aceptada, pero ya con el nuevo título de “A este lado del paraíso”. Fue publicada, como ya señalamos, en marzo de 1920, y de inmediato se convirtió en un bestseller, lo cual le trajo a su autor, por fin, dinero y fama, con lo cual se resolvió el otro rechazo, porque Zelda, al ver por fin los dólares, quiso ahora sí casarse. Juntos harían la pareja de la década de los años veinte, para bien y para mal: bellos, ricos, famosos, malditos, borrachos y locos.
La novela causó el asombro de sus primeros lectores, la mayoría jóvenes, quienes pronto se sintieron identificados con Amory Blaine y su célebre código del egoísta:

“Físicamente, Amory pensaba que él era extraordinariamente hermoso. Lo era. Él se apreciaba a sí mismo como un atleta de grandes facultades y como un excelente bailarín.
Socialmente, su condición aquí era tal vez más peligrosa. Él se sabía a sí mismo poseedor de personalidad, encanto, magnetismo, porte, con el poder de dominar a todos los hombres que eran contemporáneos suyos, y el don de fascinar a todas las mujeres.
Mentalidad, de completa e incuestionable superioridad”.

Así es como nos percatamos de en qué consiste el egoísmo romántico del personaje central al que aludía el título original del libro. Tal era la meta de los jóvenes de la era del jazz, y no sólo de los hombres. Sino que también surgió un nuevo tipo de mujer, que aparece en la novela y cuyo nombre fue acuñado por el mismo Fitzgerald: la flapper. Eran jóvenes que se sabían pertenecientes a una nueva generación, “comprometida con el miedo a la pobreza y con la adoración del éxito”, según palabras del propio novelista.

No quieren tener que ver nada con los viejos de anteriores generaciones, ni tampoco están interesados en el mejoramiento de la humanidad. Pues lo único que vale para ellos es la diversión, acompañada ésta de glamour y de dinero. Y, por supuesto, de alcohol, mucho alcohol, que aun cuando éste llegó a ser prohibido, siempre estuvo disponible en gran cantidad gracias a los generosos esfuerzos de los gangsters italianos e irlandeses, maestros del contrabando.

En cuanto a las flappers, aparecen en la novela, donde vemos cómo de “belles” se van convirtiendo en “baby vamps”, y que hacen del flirteo su manera de ser y de entender la vida. La novia y luego esposa de Fitzgerald, Zelda, es la Rosalind del libro, y ella dice lo siguiente sobre los besos: “Antes había dos tipos de beso, uno cuando la chica es besada y luego abandonada, y otro cuando se compromete para casarse. Ahora hay un tercer tipo de beso, donde al hombre se le besa y se le abandona”. Con la expresión “beso” es obvio que se quiere decir algo más, ya que el sexo fue en la era del jazz un suceso de la máxima importancia. Alcohol, sexo y dinero fue la combinación perfecta para los jóvenes, tanto hombres como mujeres. Y por supuesto el baile, ya que la palabra jazz también era sinónimo de relación sexual, como décadas después sucedió con la palabra rock and roll.

Para sacar más provecho del éxito de “A este lado del paraíso”, los editores de Scribner quisieron publicar varios de los cuentos de Fitzgerald, bajo el sugerente título de “Flappers y filósofos”, también en 1920. Y dos años después apareció la segunda novela, “Bellos y malditos”, y también otra segunda colección de relatos “Cuentos de la era del jazz”.

En 1924 Fitzgerlad y Zelda decidieron irse a vivir a París, pues ya no se sentían a gusto con los Estados Unidos de la Ley Seca. Pasaron ellos a formar parte de la “Lost Generation” (Generación Perdida), un grupo de escritores estadounidenses en torno a Gertrude Stein, la matrona; ahí estaban Ernest Hemingway y John Dos Passos, y al agregarse Fitzgerald el pequeño grupo se deslizó en una delirante existencia de literatura y borracheras. En 1925 fue publicada “El gran Gatsby”, la novela más exitosa de Fitzgerald, que señala el punto más alto de esta loca época.

Después de eso ya viene la cuesta hacia abajo. Zelda comienza a presentar signos de locura, no sin antes también escribir su propia novela, “Resérvame el vals”, que apareció hasta 1932, y donde describe todo el frenesí que habían estado viviendo, inclusive una infidelidad de Zelda, quien se hizo de un amante francés. Fitzgerald estaba cada vez menos convencido de sus facultades literarias, y su siguiente novela, “Tierna es la noche”, no fue fácil de publicar porque él hacía numerosas correcciones que desesperaban al editor. Apareció hasta 1934, y esta vez no tuvo tanta repercusión, no obstante que es brillante. Sin embargo, la era del jazz ya había pasado, y ahora sólo quedaban el alcoholismo y la locura. Zelda se derrumbó y fue hospitalizada, lo cual implicó que su esposo tendría que esforzarse en conseguir dinero para pagar las cuentas médicas. Con sólo relatos y alguna novela no podría asumir el gasto, así que aceptó regresar a los Estados Unidos e ir a Hollywood a trabajar como guionista de películas, una ocupación que era muy bien pagada.

Pasó pues sus últimos años escribiendo guiones que nunca serían filmados. Fue una etapa muy frustrante para él: hacerse cargo de la hija, Frances, que tuvo con Zelda; preocupado por la locura de ésta y pagando la hospitalización; hundido él mismo en las nieblas de la ebriedad, y ya sin lograr ningún éxito como el que alcanzó con “A este lado del paraíso” y “El gran Gatsby”; sólo tuvo alguna compensación en su idilio con la periodista Sheila Graham, que le sirvió de escape.

Para escribir sus guiones a veces acudía a las casas de los actores y actrices hollywoodenses, para delinear mejor los personajes que éstos harían en pantalla.

Pero Joan Crawford no tenía buena opinión de Fitzgerald, y alguna vez se quejó de que “este señor, en vez de escribir, nada más se la pasa en mi cocina bebiéndose mis botellas”.

No obstante, silenciosamente trabajaba en lo que sería su última novela, aunque nunca pudo terminarla. Inspirado en todo lo que había visto en su malhadada incursión hollywoodense, escribió “El último magnate”, donde revela todos los ridículos y trapacerías que se vivían en el medio cinematográfico. Y fue en Hollywood donde murió el 21 de diciembre de 1940, mientras que Zelda, que ahora estaba dedicada a la pintura, falleció hasta el 10 de marzo de 1948, muerta en un incendio que hizo presa del hospital donde se encontraba, en Asheville, Carolina del Norte. “El último magnate” fue publicado en 1941.

A cien años del inicio de la Era del Jazz, no podemos por menos de reconocer el ímpetu que tuvo gracias a la obra de Fitzgerald, un autor que merece ser más leído, pues siempre supo entender lo que ocurría a su alrededor, para reflejarlo en sus cuentos y novelas, que están dotados de amenidad y brillantez.

En un insulso tiempo digital como el que vivimos, donde nadie quiere hacer nada si no cuenta con la “aplicación” pertinente, llama la atención el que autores como Fitzgerald decidieron romper con todo y decir algo diferente.

Y si Amory Blaine es un narcisista irremediable, es porque así fueron los jóvenes estadounidenses para quienes el sueño americano no significaban libertad y democracia, sino dinero y belleza, alcohol y baile. Alguien tenía que decirlo, y lo dijo. Las cosas son como son.

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