Reserva de Derechos
04-2013-030514223300-203

Ciudad de México Año VIII Número LXXXIX Marzo 2020

 

Cinco minificciones
De Violencias permitidas
Adán Echeverría


1. Desde la azotea las hormigas miran enfurecidas

Habían estado trabajando durante días en la construcción de un ala extra para el edificio de oficinas donde trabajo. Subían por las rampas sus herramientas junto con maderas, cables, alambres y sogas para acomodar los andamios. Toda la semana los vi subir en fila india, como infatigables hormigas, uno tras otro, y me parecieron idénticos. Como si los albañiles de la ciudad, o del mundo, estuvieran cortados con la misma tijera. Pechos y brazos poderosos, espalda amplia.

Mi novia me había llamado a medio día; fue cortés y directa, no quería que volviera a buscarla. No tuve que preguntar. Los amigos sabían que ella no deseaba seguir a mi lado. Sus quejas y su falta de interés en los aspectos más importantes de mi vida eran señales directas de que, en la relación, yo caía por el caño.
Por eso subí a la azotea. Me paré en el barandal, y quise convencerme de saltar. Era tan fácil, apenas un paso, un pequeño movimiento y caería los 25 pisos rumbo al pavimento. Pero los albañiles, esas hormigas rojas, me enfurecían. Primero lancé escupitajos sobre ellos. Luego algunas piedritas, para acabar aventándoles todo lo que había en la azotea: pedazos de bloc, cubetas. Arranqué las láminas que recubrían las salidas de emergencia, y las aventé junto con letreros rotos, focos, lámparas; todo cuanto pude. Hasta que me detuvieron los que subieron corriendo por las escaleras de emergencia.
Desde esta cama de hospital, estoy seguro que la golpiza sirvió para arrancarme el sentimiento de abandono en que me ahogaba.

2. ¿Quién se ha inhalado mi línea?

Luis era servicial con sus invitados. Pero descubrir, al sentarse junto a ellos en el sofá de la sala, que en el espejo de la mesita de centro no quedaba ni una línea de coca, le inundó de sangre la mirada. Se levantó enfurecido, caminó hacia el cuarto. Cogió de su clóset un bate de béisbol y al regresar, sin previo aviso, golpeó a todo aquel que se topó en su camino. Tenía los ojos desorbitados con los párpados ennegrecidos por una sombra de odio. Mientras golpeaba espaldas, brazos, rostros, los dientes salían volando, y pringas de sangre alcanzaban los muebles, la ropa, y los vestidos de algunas mujeres. Los que pudieron se empujaron hacia la puerta para escapar. Luis no era un enclenque al que se pudiera enfrentar así como así, menos si blandía un bate de béisbol.

Julia, quien hasta hace dos noches había sido su novia, tuvo la mala suerte de presentarse al departamento en ese instante. Regresaba por el resto de sus cosas cuando el bate de Luis le alcanzó perfecto en el rostro. El golpe seco, sobre boca y nariz, la empujó hacia atrás, y cayó de espaldas sin meter las manos. En el suelo su cara era una gran mancha de sangre con los dientes quebrados, la nariz despedazada. Astillas de hueso brillaban en el malva que chorreaba por su rostro. No podía gritar, ni tuvo tiempo para entender... Los invitados se habían detenido en la puerta del apartamento y miraban sin asombro. Luis colocó las piernas a uno y otro lado del torso de Julia, levantó el bate y golpeó el cráneo de la mujer más de una vez. Nadie cerró los ojos. Sólo hubo algunos grititos ahogados de sorpresa y asco, que no impedían el morbo.

Cansado, Luis se dejó caer en el sofá, tenía los bajos del pantalón y las mangas de su camisa rociadas con sangre. El bate guardaba la marca del cuero cabelludo y pedazos de hueso resplandecían ante la luz de las lámparas. Los invitados que vieron el asesinato entraron poco a poco y se sentaron en el piso, alrededor de la mesa de centro, sin hacer caso del cadáver. Uno de los invitados sacó de sus bolsillos algunas grapas de cocaína. Las abrió, vertió el contenido en el vidrio de la mesa y comenzó a formar las líneas. Nadie hablaba. Luis fue el primero en meterse de inmediato dos. Echó la cabeza para atrás, tragó saliva para limpiarse la garganta, se pasó los dedos de las manos entre el cabello y, recostado en el sofá, se quedó mirando el techo. Los demás se turnaron para inhalar su dosis, y poco a poco retomaron la plática.

3. Horizonte de cruces

Ella despertó con el uniforme de la escuela desbaratado.

Le dolía terriblemente el cuerpo, había dormido más de 13 horas en aquel paraje sombrío.

Se incorporó como pudo, subió la cuesta arrastrándose, su boca retenía las manchas de sangre ya secas; llegó hasta arriba, y su visión se perdió entre las miles de tumbas que poblaban el desierto, miró hacia atrás, y sus captores venían hacia ella, cargaban una cruz de madera, y uno de ellos se abría los pantalones mientras sonreía.

4. Esa espada en el corazón

No son tan altas las escaleras. En la habitación de arriba la puerta abierta le permite mirar a su padre en la hamaca, meciendo la borrachera. En la televisión el canal del clima reporta chubascos. La tarde se ha nublado; de la ventana filtran ventiscas heladas. El joven sube lento pero decidido; un escalón y la pausa reflexiva; el siguiente escalón tensa sus músculos. Mientras cortaba naranjas en la cocina llegó la idea: mataría a su padre.

¿Qué ha sido de aquel antiguo comunista? Tan vendido. Siente desprecio por su hijo. Y al encontrarlo por la casa, le grita y lo aparta como se apartan las moscas de la comida.

Desde los dieciséis uno aprende que al jugar las cartas se tiene que ganar sin importar los parentescos. El tufo de la borrachera del padre se extiende por el techo y las paredes; se enreda a las piernas del joven que sube el siguiente escalón. El canal del clima habla de las temperaturas que descenderán para el fin de semana. Como descendió el rojo ideal de su padre con los años: Un vendido.

Su padre baja de la hamaca el pie derecho para tocar el suelo y lograr que la habitación deje de girar. Se acomoda sin levantarse. Con el antebrazo se limpia la saliva que escurre por la barba. Percibe un tenue: Me tienes harto…, y mirando por la ventana hacia la lluvia, en la modorra, escucha pasos que suben con pausada lentitud.

5. Los pequeños cambios

Un día, un político cuyo nombre no debe ser pronunciado, se dio cuenta de que era estúpido combatir a los narcos ?si a todos nos gusta drogarnos? y acabó reconociendo en la tranquilidad de su jacuzzi: "El negocio está en quitarlos del camino, apoderarse de sus fortunas y del mercado que han abierto".

Al día siguiente organizó a grupo de jóvenes militantes de su partido, deseosos siempre de ser útiles, y les encargó revisar en cada una de las cárceles, en las noticias, en los libros, en las calles, en el mayor número de barrios, para saber quién era considerado como el más grande y atrevido narcotraficante del país.

Los informes fueron llegando, cada vez más abultados, a su escritorio, tesis venían, fotografías, estudios biográficos, pormenores de todo tipo, y todo apuntaba a un sólo nombre. El político intelectual de esta historia, armó una presentación y se la expuso a sus compañeros de bancada. Así, diputados, senadores, altos jerarcas del partido se reunieron en una fiesta para conocer los resultados de tan interesante investigación. Los datos y las conclusiones saltaban a la vista, el rostro brillante del auditorio hizo reconocer al político que había dado en el clavo. Era necesario trazar el plan a seguir, todo basado en una sola premisa: Se harían, tan sólo, pequeños cambios. Seguiremos dictando la política nacional en contra de…, mientras se firman convenios, se hacen las alianzas, se escoge las personas adecuadas que permitan liderar estas operaciones.

-¿Ya hubo acercamiento con alguno de ellos?

- Las pláticas más adelantadas las tenemos con uno, uno solo. En estos días se anunciará su fuga de la prisión, detendremos a algunos custodios; y él nos ha prometido, retomar su negocio, quitando gente de en medio. Acá entramos nosotros, o bien, los grupos de seguridad. Nos haremos millonarios, con tan poquitos cambios de personajes.
Cuenta la leyenda que después de aquella fiesta, la violencia fue creciendo como una bola de nieve, y se perdió el liderazgo único. Es decir, nadie supo de dónde venían los golpes bajos y las traiciones. Bien, niños, así es como se perdió el país; los que logramos sobrevivir, en estos refugios intentamos día a día, encontrar algún indicio de esperanza.

Regresar