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Ciudad de México Año VIII Número LXXXIX Marzo 2020

 

Editorial

En marzo tentativamente se marca el inicio de la primavera, pero el mundo ya no es como antes, y ahora se puede tener frío en primavera o morirse de calor en invierno, y por si fuera poco, y si a los genios de la mercadotecnia les parece bien que ya hayan pinos de navidad en pleno Halloween, tal vez deberían proponer celebrar Walpurgis ya desde enero.

De cualquier manera, con el cambio climático ya no se puede saber cuándo debemos llevar paraguas y cuándo tener listos los abrigos. Y haciendo juego con esta locura no sabemos si vienen “Las aguas de marzo” de Jobin o los “Idus de Marzo” de Julio César. Sólo se sabrá hasta que pase el mes.

Lo que cabe resaltar es que estamos en un año al que nadie le había dado un pronóstico ni nefasto, ni halagüeño, ni siquiera porque trajo consigo Capicúa: el 02 02 2020, que se conjugó con la tamaliza tan mexicana y el Super Bowl tan gringo. Nadie predijo otro fin del mundo, ni dijo; fuera de lisonjas optimistas, que fuera a ser un año superlativo.

Todo sigue igual: los jóvenes cada vez más idiotizados con la tecnología y los viejos cada vez con más achaques y más quejas. Siguen las violaciones y asesinatos auditivos por medio de los narcocorridos y el regetón, y aquellos tiempos de sobremesas familiares están cada vez más lejanos y en vías de extinción gracias a los celulares y tabletas.

Los jóvenes se sorprenden cuando les platicamos que acudíamos a la biblioteca pública para hacer nuestras tareas, y lo más cercano a Wikipedia eran las monografías de la papelería. No conciben que se tuviera que formar detrás de un novio meloso o una “vieja chimiscolera” en el teléfono público para avisar que llegaríamos tarde a casa.

Para la juventud, resulta tenebroso estar “desconectados” por una hora de las redes sociales, cuando nosotros sobrevivimos sin problema desconectados casi por completo. Hoy ya son obsoletos los correctores para máquina de escribir, los “limpiatipos”, las tarjetas de teléfono, los acetatos, los videos en VHS o Beta, las fichas bibliográficas, pero lo peor de todo es que ya está quedando obsoleta la imaginación.

Nosotros por supuesto fuimos alcanzados por la tecnología, pues pese a que aún recuerdo cuando me negaba a dejar la vieja Olivetti de mi madre, hoy mismo Ave Lamia no pasaría de ese pasquín de cien ejemplares entregados de mano en mano de no ser por los avances tecnológicos. De hecho, gracias a esta tecnología, la revista se puede hacer desde las tres sedes: Ciudad de México, Veracruz y Guadalajara.

Por lo pronto, queremos seguir con esta terca misión de promover la cultura (para que nunca llegue su obsolescencia), y con esta edición estamos en el número 89, y con ello mucho más cercanos al número noventa que es en realidad la próxima celebración. Pero estamos obstinados en llegar a la número cien, esperando que nos alcancen las fuerzas, los colaboradores y los lectores necesarios para alcanzarla.

José Luis Barrera

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