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Ciudad de México Año VIII Número LXXXIX Marzo 2020

 

Gaya Ciencia
Luciano Pérez

“…las saturnales de un espíritu que soportó estoicamente una larga y tremenda presión” (Nietzsche)

Que la Gaya Ciencia nos impida morir, que saludos fálicos nuestros sean enviados a cuantas queremos gimnastas a nuestro lado, y que ellas, a su vez, envíen su saludo ovárico desde la interioridad misma. Que si yo canto como el príncipe de las aves, libre y dionisiaco, nada habrá en adelante de dolerme; que ya mis gimnastas realizan sus habilidades ante mis ojos, que ya se regocijan con los giros y los tropos del ballet emeritense y paleolítico.

Gaya Ciencia, haz que, como en los tiempos de los cátaros trovadores, las esposas de otros permitan hoy ser amadas por cantores y zapateros. En las fondas del barrio está el bocado presto y la bebida ante la vista. Que si hay comida, la muerte de momento no impera. Comen los grifos y los pigmeos, los lémures y las grullas, sin cuidarse de la necesidad y de la miseria, aunque luego éstas regresen.

Gaya Ciencia, muéstrame tu métrica. Al oírla, sabré que es posible evocar cuanto uno quiera y traer del pasado, por gracia de las Madres, a quienes ya no son más, a las tan queridas amigas de los remotos y venturosos días tepiteños. Y a su vez, la bruja roja, venida de Amecameca, en un ámbito de oscuridad y prestidigitación, logrará sacar de su olla los cuervos de Odín que son augurios para los mejores años que ya vienen otra vez desde el eterno retorno. Aquí nosotros, los nietos de Zaratustra, anunciamos la aurora que no tolera ser estropeada nunca, nunca más, por las duras labores de un salario escaso.

Que si la revolución no llegó, aún nos quedan la poesía y la verdad; y también Tepito nos trae obsequios para repartir entre los poemas: unos lucíferos abrojos que son pozos para la profanación, una cruz isaúrica como emblema de mil planetas errabundos y siempre extrañados, y el toque eleusino de las gladias formas para que la diosa se alegre…

¡Principia la Gaya Ciencia cuando también termina! Hay soles para ser loados por las Aldaras y las Gopares. ¡En playas níveas os hallaré naturales y sibilinas! Y si en las piedras hay panes, ahí estarán las piérides y las fórnices para repartir el sol, la luna y los gatos a manos llenas. ¡Hagamos del cordero divino una mística barbacoa! Que si bien es cierto que existen bestias, también es verdad que hay bellas que las montan con escarlata prestancia, y entonces las enfermedades que nos afean habrán de ceder el paso. ¡No más penalidades! Que si el pescado es fe, también es alimento para los nautas que naufragan por causa de la herida. Y que el pez se multiplique en los estómagos bienaventurados.

Y que, por tanto, “bienaventurados sean los que escriben cuentos de hadas”, como dijo Goethe.
Gaya Ciencia que retornas, otra vez, en mis Baladas Cuneiformes y en mi Rey de Octubre, y que me invitas a repasar los viejos acordes, para que haga rimas imposibles y rimas secretas, como las que contienen los antiguos Cancioneros Asgardianos que escribí cual juglar que soportó los sismos de Poseidón el alegórico. Entonces fue el momento para llevar el agua a las alturas que, secas, rogaban por un baño en piletas todavía sin pudrición.

Y entonces pude tocar bien, porque mis manos eran pródigas en imágenes. Y mis manos dejaron huellas en la bauxita del sicomoro híbrido. Y entonces pude llevar una vida tunante, así que me hice iniciar, para que Baubó me tuviese confianza primigenia. Y si después ya no hubo vulvas, hubo luego bulbos que me encendieron por dentro para que ubicase mejor los bucólicos parajes donde al fin Polifemo llega a ser, en el espumoso mar de Sicilia, el yerno emérito del dios Nereo.

Gaya Ciencia, sabes que en las soledades todos bailan y se chancean. Que la música es de las musas encomio y parabién. Bailen las morsas con los carpinteros y los petreles con las marsopas. Bailen las báquides de la Vera Cruz y las de Emérita. ¡Y que haya mucho hielo en el agua para las hermanas Salazar! Y no sólo el hielo refresca recuerdos de Coacalco, sino también de Nonoalco, e incluso del Olivar. Edificios bajos en el primero, muy altos e inseguros en el segundo, y estatuas que eran relojes en el tercero. Y cuando tuve que subir hasta Tultepec, otra vez hubo ofrendas para Príapo y para Pales, como en los viejos días de Tibulo y sus elegías bienhechoras. Por ti, Gaya Ciencia, por ti llegué hasta allá, y también por esperar a la Dama todas las mañanas, llena ella de asma y epifanías.

Gaya Ciencia, no he olvidado ser cual Pico, el príncipe pájaro cuya latinidad se desposó con Circe, y ambos procreamos monstruos que hicieron historia en las fábulas de otros mundos. Que también he sido padre de sirenas, y éstas vuelan alto, hacia donde los querubines barbudos enceguecen a los pacatos. Que el poeta es loco y anida entre los árboles, y desde aquí contempla a su esposa bruja dando clases náuticas a los puercos. Y amamos a Escila, y amamos a Caribdis, y amamos a las sirenas… Que muchos han querido asesinarme por decir que las sirenas son aves y no peces, anatema para los que se incomodan con lo originario. En todo caso, el ave nada y es ser en lo profundo, y el pez vuela y rasura a los querubines dementes. Tal es, Gaya Ciencia, mi bitácora de lo monstruoso. ¡Gracias, poesía, gracias!

Gaya Ciencia, haz que mis prosas sean versos que sólo atinen a escuchar y escudriñar aquellos que estén iniciados en el festín de Bacchus. Que quien delira en prosa es porque hace poesía, y bien que lo sabe, por muy embriagado que esté. Quiero componer una prosa que cante, y que logre alejar de mí todo temor y compasión, todo temor y temblor, para que predomine siempre lo bien dicho en tanto que bien hecho, gracias a la pócima de las ménades.

Y recuerda que no quiero al amor, aun si en otra época lo amé como pocos. Soy de edad y ya no me es posible militar en el arte ovidiano. Entonces, quiero desconcertar a las musas cuando digo en prosa algo que es canto.

Gaya Ciencia, no quiero seguir enfermo, que la enfermedad lo hace a uno malo y lo obliga a uno a ser difícil con todos. Pero si he de seguirlo estando, por alguna nebulosa ambigüedad de la Moira o de la suerte, entonces permite que siga yo en el canto, y que éste sea un grito que se expresa en el mármol de la palabra. Que si uno grita todos huyen, y de eso se trata.

Pero a veces el dolor, que es padre y maestro, cesa; y ese instante es de provecho para que aflore lo escrito, cuanto antes. El eterno retorno se lleva el dolor, y luego lo traerá de regreso. Tiene que ser así, para que siempre tengamos que seguir siendo lo que somos.

¡Y oh, Gaya Ciencia, no te olvides de la muerta, que por ella conocimos al Diablo! Y con ella vimos espectros verdes y cuerpos amarillos; y supimos de las viñas reales de Ajab y de Nabot, en alguna habitación cercana a la catedral, ahí donde las misas negras les hacen muecas al Eclesiástico y al Eclesiastés. ¡Que el sonar de las campanas no nos aflija como a Fausto, sino que se oiga como risa de centavos que son siempre sonámbulos! Pero, Gaya Ciencia, no tienes por qué ser sólo evocación, que aun ahora hay fetiches agujereados y de colores chillantes que se solazan al aire gracias a Hiperión. El viejo titán del sol, anterior a Zaratustra, no nos abandona jamás, aunque la Virgen se haya ido y ella sola nos impregne de pavor el ánimo; ya no sé si sus estrellas son doce lágrimas de reproche, y todo por adherirme a la apostasía del emperador Juliano, quien dijo que el logos de San Juan era sólo interpolación.

María se fue, pero yo no me fui de ella, aunque me asuste su rostro enojado. Sin embargo, su vestuario, que es sol, es ahora Hiperión para mí, y por lo tanto acudo a Grecia para liberarla de los turcos doctores y fariseos, que se empeñan en hacerla materia escolar en vez de parte íntima de nuestra vida. ¡Hemos de salvar a Cecilia de la docta teología! Que su San Agustín ame más a Dido que a Cristo, y que cuando lleguemos a Cartago todo sea un festín de Salambó, para perturbar a los entendidos. Porque las tentaciones en el desierto no tienen por qué ser tales, sino un regalo para los ojos, una visión donde las divas del añejo Hollywood devuelven la salud que tanto ahora nos falla. Que San Antonio baile con Baby Jane y su hermana Blanche, con Scarlett O’Hara y con Lola-Lola. Y que nada sea “Yo, Yo, Yo”, sino un sempiterno “Yeah, Yeah, Yeah”. Porque “gozo ya ahora del supremo momento”, las últimas palabras de Fausto en la transfiguración. Ahora y en la hora de nuestra muerte. No amen y amén.

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