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Ciudad de México Año VIII Número LXXXIX Marzo 2020

 

Entrevista a Penélope Casillas, heredera de la tradición de librero
José Luis Barrera

La pasión por los libros ha sido acompañada siempre por una buena “librería de viejo”, llena de historias y conocimiento, pero no sólo escritas sino platicadas, porque quien ha tenido la curiosidad de charlar con los encargados de estas mismas se encuentra con una pasión acrecentada por una labor que les ha dado gusto y sustento. El olor de los libros añejos es la entrada a un mundo de letras, en que siempre se encuentra apostado un gato para darnos la bienvenida. Más que las grandes cadenas de libros, las “librerías de viejo”, para muchos son una presencia invaluable en nuestra vida de lectores.

El mejor material se consigue en estos locales con aroma a papel y queratol madurados por los años como un buen vino o un buen queso. Quien entra en una de estos lugares queda atrapado tal vez hasta por horas, dando vueltas y deseando llevarse más de lo que su bolsillo le permite. Y por supuesto regresará tarde o temprano por ese “objeto del deseo” que dejó en su anterior visita, esperando no haya sido vendido. En uno de estos locales, ubicado al oriente de la ciudad me recibe Penélope Ivette Guadalupe Casillas, heredera de una tradición de ya casi cien años, en la compra venta de libros usados:

Ella me recibe en el local de “El bibliófilo”; aún ubicado en Oriente 158 esquina con Norte 9, en la colonia Moctezuma, y que por desgracia está a punto de desaparecer a causa de las bajas ventas que de tiempo atrás se han dado. Nos cuenta su experiencia de vivir entre libros y pláticas llenas de conocimiento y pasión. Con tanto por contar, esta dejó de ser entrevista para convertirse en una plática llena de libros y recuerdos familiares.

Comenzó por comentarme sobre Francisco Javier Casillas Montes (QEPD), su padre, gran conocedor de autores y libros antiguos, apasionado de la historia de México y por supuesto un gran lector. Dice que don Francisco tenía una voz gruesa y sonora que se intensificaba cuando la plática con su hermano se volvía más apasionada.

- Cuando en casa, mi padre y mi tío se apasionaban con la plática, parecía una casa de locos, pero si ponía un poco de atención, se encontraba con cosas increíbles, hablaban de Calleja, de Casasola, de la conquista, en fin de historia de México - me cuenta.

El tío al que refiere aún tiene su librería en Donceles, y ella acudía a ayudarlo aunque tiene tiempo que no le ve, pero sigue teniendo contacto vía telefónica. Dice que su tío es muy inquieto, así como es toda su familia, ya que su abuela y su mamá también atendían una librería. De hecho nos cuenta que su abuela tenía una librería muy vasta, y le decía: “Si este libro ya se pasó más de un año en el librero ¡sácalo! que se venda porque se está salando”.

A este respecto, recuerda ella que al enterarse que en Argentina había un programa llamado “Pierde un libro”, en donde alguien que ya hubiera leído un libro, lo dejaba en alguna parte de la calle para que otra persona más pudiera leerlo, ellos tuvieron la idea de hacer algo similar, pero con el nombre de “Rola un libro”, en donde se propicia la circulación del ese material para que más gente le dé un uso adecuado y atender la recomendación de la abuela.
Por desgracia, de entre toda la plática amena y llena, como ya antes lo dije, de pasión, aparece la parte triste de la historia.

Su negocio, como muchos de los que dedican de igual manera a los libros usados, está en serios problemas financieros que la están orillando a cerrar sus puertas. En lo que respecta a “El bibliófilo”, ya tiene muchos meses de retrasos en rentas y por eso está rematando los libros para poder sacar esa deuda. Pero ella tiene la firme intención de sacar ese pendiente para poder irse a otro lugar y continuar con esta tradición y celebrar los cien años de esta tradición familiar. Esta celebración se llevaría al cabo el 9 de septiembre, y de verdad esperamos que pueda ser efectuada.

Su abuelo, don Delfino Casillas Gómez, fue pionero en la venta de libro usado, y este modus vivendi se lo fue heredando a sus hijos y ahora a sus nietos y bisnientos, quienes tal vez tendrían que dejar de lado la tradición si no les resulta un negocio redituable.

Penélope Casillas me revela que de los libreros de viejo que se encuentran esparcidos por la ciudad, casi todos pertenecen a la tradición de los Casillas. Y sigue emitiendo recuerdos sobre su padre, a quien no le gustaba estar atrás del mostrador, ya que disfrutaba visitar a sus clientes y platicar con ellos. Me dice que antes de acudir con el cliente, solía ponerse a estudiar sobre los temas favoritos de éste, para poder dar opiniones e incluso recomendaciones. Gracias a esa pasión y profesionalismo con que hacía su trabajo tuvo entre sus clientes a José Vasconcelos, Carlos Monsiváis, Guillermo Tovar y de Teresa, Juan José Arreola y a muchos otros escritores y gente del medio cultural que acudían a él con mucha frecuencia.

En este punto aprovecha para contarme una anécdota sobre otro de sus clientes: “Don Andrés Henestrosa citaba a mi papá en el Gran Hotel Ciudad de México para solicitarle algún libro, y me llamó la atención que mencionara que quería que le llevara libros intonsos (libros cuyos filos no han pasado por la guillotina y tienen aún las páginas pegadas) y al preguntarle a mi padre la razón de esta petición, él me explicó que don Andrés tenía un fetiche, ya que al tener este tipo de libros en sus manos tenía un sentimiento como cuando se «desvirga» a una mujer”.

Al igual que su padre, en el bibliófilo hacen clientes, pero muchos más amigos, y en muchas ocasiones terminan en alguna tertulia literaria ya a cortina cerrada, en donde comparten conocimientos e historias acompañados con una copa de vino, porque además dice que dicta una leyenda urbana que: “librería que no tiene su rincón alcohólico no es librería”.

Además nos confiesa que siendo más joven trabajó lejos de la librería, con el licenciado Julio Téllez en Canal Once, o con Antulio Jiménez Pons en Televisa, pero con el correr de los años terminó cautivada por los libros y dedicada a la noble tradición librera, que ahora desea rescatar.

El tiempo corría y Penélope Casillas seguía emitiendo sus recuerdos entre libros, me dijo que ella nunca tuvo que comprar un libro nuevo para estudiar y que por supuesto nunca sufrió para pasar una materia en la escuela por falta de un libro. Dice que el primer libro nuevo que compró fue hace diez años, y fue La taza del diablo de Allen Stewart Lee, que lo adquirió cuando abrió un café literario y le picaron la curiosidad para leerlo. Dice que le encantó porque como buena librera tiene una fuerte afición por el café y en este libro (del cual está esperando una segunda parte que nunca ha salido) narra la historia de un sujeto que tiene prometido ir a probar una taza de café en cada parte del mundo en donde se encuentre, y con esa tarea cuenta sobre la cultura de muchos países.

Ella se fue apasionando por la historia de la Segunda Guerra Mundial desde todos los puntos de vista que ha podido encontrar: desde la visión esotérica, masona, sólo por mencionar algunas. Su otra pasión es por la muerte y sus ritos, ha leído por ejemplo El Bardo Thodol, o El libro egipcio de los muertos, así como muchos otros sobre las tradiciones y leyenda ancestrales de nuestra cultura sobre el tema.

Al hacerle la pregunta sobre ¿cómo ve su vida sin libros?, ella responde que está por saberlo, pero que le da mucha tristeza saber que tarde o temprano terminará por cerrar el negocio que le ha dado tantas vivencias y anécdotas. Me percato del notable romance que tiene con los libros y las historias que guarda, no sólo las escritas en sus páginas, sino las que dejan los lectores al paso por sus manos cuando hace mención de los recuerdos que dejan dentro del libro los antiguos dueños del libro:

A veces cartas de amor, recibos, servilletas con anotaciones del libro o personales, alguna flor seca y muchas otras cosas que pueden revelar secretos de las personas por cuyas manos han pasado esos libros. Y en efecto cuando se compra un libro de viejo, la posibilidad de encontrar anotaciones o recuerdos de alguien que en otro tiempo dejó ahí algo que habla de una parte de su historia personal.

Ya casi para terminar la conversación con Penélope Casillas, le pregunté sobre el gato que estuvo presente casi todo el tiempo, y me dijo que siempre debe haber uno para ayudarles al control de ratas o cualquier otro bicho que pueda convertirse en plaga, pero su hijo; que casi todo el tiempo se pasó atendiendo a unos clientes que pasaron, me dijo que era un gato con abolengo librero, ya que es descendiente de “gatos libreros”.

Antes de terminar la conversación tuvo a bien mostrarme y permitirme admirar las páginas de un “libro incunable” sobre minería, de cubierta de piel y letras presumiblemente de polvo de oro, que tiene en su colección y cuyo valor es incuantificable. Una experiencia formidable para alguien que tiene una gran relación con los libros.

Al retirarme, me quedé con la sensación de tristeza de dejar a un buen amigo al que no se sabe si lo volveré a ver, y es que el local de “El bibliófilo” me despidió con sus libreros y su olor a libro viejo que por desgracia está desapareciendo. Terminar una conversación tan interesante y dejar el local de una librería sobreviviente, es un proceso que sonó a despedida, porque además yo regresaba a la ciudad en la que ahora radico, y cuando vuelva de nueva cuenta a la Ciudad de México quien sabe si aún los encuentre.

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