Reserva de Derechos
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Ciudad de México Año VIII Número XCI Mayo 2020

 

¿Ser…mujer?
Macarena Huicochea

Yo no quiero que se me considere mujer por mis órganos sexuales, por mi ropa o maquillaje, ni porque alguien diga que soy de Venus.

No me gusta creer que es un asunto simplemente de género, pues me parece semejante a ese afán de diferenciarse por raza, cultura o religión… y siempre he pensado que estas prácticas causan separación, conflicto y exacerbación de los contrastes por encima de las similitudes y coincidencias.

Tampoco quiero ser mujer para reclamarme “víctima” del dominio y sometimiento masculino; menos aún para reivindicar mi derecho a la igualdad: no quiero ser igual, sólo quiero ser yo y liberarme de cualquier etiqueta que nos estereotipe y nos diga cómo debemos actuar, o cuáles son nuestros derechos y obligaciones. Para mí los derechos fundamentales son los humanos y no importa si somos hombres, mujeres, niños, ancianos, bisexuales, homosexuales, judíos, cristianos o musulmanes.

No me convence que ser mujer sea una cuestión de democracia, ni siquiera de leyes nacionales o usos y costumbres… creo que ser mujer es una convicción, una decisión y un proceso que, llevado a su máxima expresión, puede diluir los límites y las diferencias que no hacen sino enfrentarnos a una lucha estéril dónde todos perdemos. Y creo que las mujeres no debemos enfrentarnos a nadie, sino a nosotras mismas: madres, cuñadas, hermanas, hijas que no sean cómplices de lo que hacen sus hijos, hermanos o padres, que no condenen a “otras” mujeres a aceptar y enceguecerse ante el maltrato, la irresponsabilidad y la baja autoestima de ellos o ellas.

Es más, ni siquiera me parece adecuado restringir a dos “géneros” la condición humana… creo que hay múltiples posibilidades y combinaciones de una sola realidad cuyos matices e intensidades sólo puede definir cada individuo desde su libertad.

Si pudiera describir mi condición ¿femenina?, tampoco recurriría a la maternidad ni a mi derecho a decidir sobre mi cuerpo (derecho que no depende, creo yo, sólo del género)…

Y aunque sin duda una visión superficial podría distinguir claramente las diferencias entre noche y día; luz y oscuridad; fuego y agua; vida y muerte; alma y cuerpo; hombre y mujer…no me cabe la menor duda de que no son realidades distintas, sino simplemente procesos y aspectos de una realidad que danza, se mueve, se transforma y existe gracias a los contrastes y complementariedades de un universo donde los opuestos son resultado de nuestras deficiencias de percepción: apariencias más que verdades absolutas.

No creo que una mujer necesite o deba depender de un hombre, como tampoco creo que suceda al revés. Creo que, como sugería en su mito Platón, hombre y mujer (tanto externa como internamente) contienen ambos principios que se buscan y complementan en sí mismos y a veces, con suerte, con otros.

Así que si pudiera definir mi condición de mujer sería a través de una danza, una pintura de arena, tal vez también tejiendo palabras o sembrando ideas... O, por qué no, de la mano de otras mujeres y hombres que pusieran más atención en la condición de humanos y especie que… en señalar genitales o roles impuestos socialmente.
No creo que las mujeres seamos iguales a los hombres, pero tampoco creo que seamos diferentes; me niego a definirme por contraste y prefiero pensar que hombre-mujer, mujer-mujer, hombre-hombre, y todas sus posibles combinaciones son solamente como el espectro de luz: un solo rayo que, de acuerdo a su manera de manifestar su existencia define su color, temperatura y movimiento.

Aprovechando la imagen del arco iris (que tanto agrada a la comunidad lésbico-gay, apostaría mejor por concebir así nuestra libertad, representando nuestras diversas expresiones y posibilidades de elección (incluida la sexual) como potencialmente absolutas, de tal modo que siempre seamos libres de cambiar de color y, como un teclado luminoso, tocar las notas que mejor expresen nuestra danza en determinados momentos de nuestras vidas, pudiendo permanecer en un solo matiz, o mezclarnos y recorrer una autodefinida y amplia gama de coloridas notas que toquen múltiples melodías de vida o sólo aquella que, por nuestra decisión (libre de prejuicios, esquemas o del “deber ser”) nos permitan reconocernos, sin distinción alguna, como parte de una polifacética, respetuosa y plena expresión de la humanidad.

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